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«Tesoros de la Fe» Nº 115 > Tema “Deberes y obligaciones del cristiano”

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¿La moral es cosa del pasado?

PREGUNTA

Soy católico, apostólico y romano. En los colegios hay carteles incentivando el uso del preservativo, pero en la misa los sacerdotes no manifiestan la misma indignación que los fieles cristianos sentimos al respecto. Voy a añadir un hecho que sucedió en mi casa, recientemente, en Año Nuevo.

Me informaron que mi sobrina y su enamorado vendrían a quedarse aquí en casa aquella noche, y yo dije: “Será un inmenso placer recibirlos, pero está claro que ellos van a dormir en camas separadas, ¿no es así?” Respondieron: “No, ellos van a dormir juntos, ¿qué tiene de malo?”

Yo expliqué: “Ellos aún no están casados, y bajo mi techo no permitiré eso. Avíseles para que no vengan”. Mi mujer se puso furiosa conmigo, y dijo: “¡Ahora tú te haces el santo!… Eso era cosa de antes, hoy en día no tiene nada que ver”.

Respondí: “No soy santo, pero que eso es pecado, lo es, y debemos evitar cometerlos. ¡Principalmente tenemos la obligación de dejar eso bien en claro a los más jóvenes!” Resultado: Ellos no vinieron, y tuve que aguardar unos días hasta que mi mujer dejara de estar enfadada conmigo… (¡pero no durmieron juntos en mi casa!).

Los sacerdotes deberían hablar, hablar y hablar de esto en las misas. Yo sé que no hablan, porque voy a misa todos los domingos, raramente falto, y sé que no dicen nada. Entonces es necesario gritar. ¿Por qué la Iglesia se calla? ¿De qué tiene miedo? ¿Tiene miedo de perder fieles?


PREGUNTA

“Eso era cosa de antes…”. Aquí tienen una censura que infunde pánico a un gran número de nuestros contemporáneos. Con base en ese slogan, que sacude las resistencias debilitadas, las costumbres de “antes” van siendo combatidas, abandonadas y sustituidas por otras, más “modernas”.

El slogan está expresado de un modo curiosamente incompleto: “Eso era cosa de antes, hoy en día no tiene nada que ver”. Falta decir: No tiene nada que ver, ¿con qué? ¡Con las costumbres y la moral de “hoy en día”, ciertamente! Por lo tanto, “nada que ver” con el ordenamiento social vigente en nuestros días. Por supuesto, que este nuevo “ordenamiento” no constituye un verdadero orden, y sí un desorden total.

Muchos de nuestros contemporáneos reciben la gracia de percibir que el desconcierto del mundo moderno es de tal significación, que no se resolverá sin una intervención extraordinaria de la Providencia. Felizmente la Santísima Virgen vino a anunciar en Fátima, en 1917, que tal intervención de la Providencia se dará en nuestra época: será el triunfo del su Inmacu­lado Corazón. Y el verdadero­ orden, basado en la ley natural, en la ley divina y en las leyes de la Iglesia, será resta­blecido en todo el mundo.­

En la lógica del Mensaje de Fátima, esta intervención extraordinaria de la Providencia comporta no sólo castigos nunca vistos —quizá de orden cósmico, como por ejemplo fuego cayendo del cielo— pero también un entrechoque de los hombres entre sí: unos malos lanzándose contra otros, pero uniéndose en la persecución a los buenos. Y la sangre de los mártires será una vez más semilla de nuevos cristianos, de acuerdo con la frase de Tertuliano. Con esto la civilización cristiana será restaurada en toda la tierra, según el lema que San Pío X tomó como directriz para su pontificado: Omnia instaurare in Christo.

¿Viviremos lo suficiente para presenciar el triunfo de la Santa Iglesia anunciado por Nuestra Señora en Fátima, nosotros que estamos avanzados en edad? Pregunta análoga le fue formulada a Santa Catalina Labouré, vidente de la Medalla Milagrosa. Su confesor se mostraba preocupado con su destino personal, y ella aclaró: “¡Otros allí estarán, si nosotros no estuviéramos!” El día y la hora, sólo Dios lo conoce. Cumplamos cada uno con su propio deber —como lo hizo el autor de la pregunta que estamos respondiendo— y abandonémonos confiadamente a la misericordia de Dios.

Familia tradicional versus amor libre

El abandono de las sabias normas y costumbres que regulaban la constitución de una familia tradicional lleva a la infelicidad, al tormento y a la desesperación.


El hecho personal relatado por el consultante es, por lo tanto, más amplio y profundo de lo que parece. Configura un cambio total de la institución de la familia tradicional rumbo al amor libre, preconizado hace siglos por los revolucionarios de diversas escuelas. Marx y Freud, dos prominentes “profetas” del mundo moderno, defendieron el amor libre en sus doctrinas presentadas autónomamente, pero que se desencadenaron amalgamadas en la revolución de la Sorbona, de mayo de 1968. Aparentemente derrotada, en verdad esa revolución contaminó a todo el mundo, de la misma forma que el humo de los cigarrillos impregna el salón donde hubo una fiesta, permaneciendo hasta después que los convidados salieron.

Esto explica que una madre de familia, que probablemente no abandonó del todo la práctica de sus deberes religiosos, considere natural en su propia casa —como lo relató el lector que me escribe— un comportamiento que constituye una manifestación inequívoca de amor libre. ¿Qué es el amor libre sino una vida conyugal sin compromisos, que se inicia en el período del enamoramiento y evolucionó hacia una convivencia permanente en casa de los padres o en una vivienda separada? A veces se formaliza mediante un matrimonio civil, o hasta religioso, pero destinado a durar pocos años o hasta pocos meses. ¿Dónde fue a parar el “hasta que la muerte nos separe”?

La mayor ilusión es creer que el amor libre genera la felicidad de los pseudo-cónyuges. La infelicidad despunta en cualquier perspectiva que se vislumbre a partir del amor libre. El abandono de las sabias normas y costumbres que regulaban la constitución de una familia tradicional lleva a la infelicidad, al tormento y a la desesperación. Los mayores perjudicados son los hijos que nazcan en esas circunstancias.

Quien se regocija con esto es el demonio, que desea la perdición de las almas, y sobre todo injuriar a Dios que lo expulsó del cielo en castigo de su non serviam (“no serviré”), grito sacrílego con que se levantó contra Dios. Por lo tanto, los que se dedican a predicar o practicar el amor libre están, consciente o inconscientemente, haciendo el juego del demonio y participando de su rebelión contra Dios.

¡Cómo sería bueno que los sacerdotes recordasen estas verdades en los sermones dominicales!

¿Qué pierde la Iglesia con ello?

Mons. Stringhini, reconoció en el 2003, siendo obispo auxiliar de la Arquidiócesis de São Paulo, Brasil: “Hicimos la opción por los pobres, y ellos hicieron la opción por los pentecostales”.


Omitiendo puntos fundamentales de la doctrina y moral católicas, los predicadores pierden las almas. En el Brasil, quien reconoció esto fue Mons. Pedro Luis Stringhini, entonces obispo auxiliar de São Paulo: “Hicimos la opción por los pobres, y ellos hicieron la opción por los pentecostales”. El obispo pondera que la Iglesia tal vez haya sido muy politizada y sofisticada: “El pueblo no entendía expresiones como ‘compromiso social de la fe’, ‘compromiso pastoral’. Las personas no gustaron de nuestro gesto. Reconoce que la Iglesia Católica dejó, de esa manera, de atender las aspiraciones transcendentales del rebaño (cf. “Folha de S. Paulo”, 13-12-2003).

El rebaño esperaba que sus obispos y sacerdotes predicaran las verdades transcendentales de la Fe, enseñaran la moral tradicional, pero ellos estaban empeñados en el compromiso político y social de los fieles. El resultado es que muchos católicos poco esclarecidos hicieron la “opción preferencial por los protestantes”…

Así, la Iglesia perdió a los que tenía y no atrajo a aquellos para los cuales fuera hecha la “apertura al mundo”, preconizada —según la voz corriente— por la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II. El propio Pontífice reinante, S.S. Benedicto XVI, afirma: En los decenios sucesivos al Concilio Vaticano II, algunos han interpretado la apertura al mundo no como una exigencia del ardor misionero del Corazón de Cristo, sino como un paso a la secularización, vislumbrando en ella algunos valores de gran densidad cristiana, como la igualdad, la libertad y la solidaridad, y mostrándose disponibles a hacer concesiones y a descubrir campos de cooperación. Así se ha asistido a intervenciones de algunos responsables eclesiales en debates éticos, respondiendo a las expectativas de la opinión pública, pero se ha dejado de hablar de ciertas verdades fundamentales de la fe, como el pecado, la gracia, la vida teologal y los novísimos. Sin darse cuenta, se ha caído en la auto-secularización de muchas comunidades eclesiales;éstas, esperando agradar a los que no venían, han visto cómo se marchaban, defraudados y desilusionados, muchos de los que estaban: nuestros contemporáneos, cuando se encuentran con nosotros, quieren ver lo que no ven en ninguna otra parte, o sea, la alegría y la esperanza que brotan del hecho de estar con el Señor resucitado” (Discurso a los obispos del Brasil de lasregiones oeste 1 y 2 en visita Ad Limina Apostolorum, 7-09-2009).

Nuestro consultante está en lo cierto, por lo tanto, al demandar que los sacerdotes prediquen en las misas dominicales la moral tradicional. Pues, como dice Benedicto XVI, “nuestros contemporáneos, cuando se encuentran con nosotros, quieren ver [y oír] lo que no ven [ni oyen] en ninguna otra parte”.

Actuando así, la Iglesia nada tiene que perder. Por el contrario, gana aquello que debe ganar, es decir, las almas. 




  




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