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«Tesoros de la Fe» Nº 115 > Tema “Títulos con que Nuestra Señora es venerada en el resto del mundo”

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La Patrona de Roma

Nuestra Señora del Divino Amor, la celestial protectora de la capital de la Cristiandad


Valdis Grinsteins


Al pasear por las calles de Roma, muy pocos visitantes están al tanto de que todas aquellas maravillosas iglesias, suntuosas edificaciones, fuentes, calles y plazas corrieron el riesgo de ser barridas del mapa, debido a los bombardeos y combates propios de la Segunda Guerra Mundial. Se afirma que se debe a una promesa hecha por el Papa Pío XII a Nuestra Señora del Divino Amor el hecho de que la Ciudad Eterna haya sido preservada de aquel desastre.

En efecto, el referido Pontífice, nacido en una familia de la nobleza romana, prometió que si la ciudad fuese librada de las destrucciones y horrores de la guerra, promovería su renovación moral, haría una obra de beneficencia y construiría un santuario a la imagen de Nuestra Señora del Divino Amor.

Las tropas americanas se encontraban a las puertas de Roma. Siguiendo órdenes locas de Hitler, el ejército alemán debía resistir sin ceder un metro de terreno, lo que significaría un combate casa por casa y la destrucción de la ciudad, así como un matanza inimaginable.

La imagen había sido trasladada a la iglesia de San Ignacio de Loyola, en el centro de la ciudad. Miles de romanos fueron a rezar y comulgar a ese templo, implorando la protección a la Madre de Dios. El Papa Pío XII ordenó la lectura de la promesa hecha, y, para sorpresa general, menos de dos horas después de haber hecho la promesa, las tropas alemanas se retiraban sin combate.

Tal hecho, considerado inusitado, fue noticiado por “L’Osservatore Romano” del 12 y 13 de junio de 1944, en los siguientes términos: “Clarísimo el prodigio, y tanto más sorprendente cuanto las circunstancias humanas parecían opuestas; parecía imposible”.

Nuestra Señora del Divino Amor, es presumible, usó de su misericordia y libró a la Ciudad Eterna, verdadera joya-símbolo de la civilización católica.

La «Madonna» de los peregrinos

Volvamos atrás en el tiempo. Corría el año de 1740.

Uno de los numerosos peregrinos que se dirigían a la tumba de San Pedro se encontraba perdido en medio del campo, a unos doce kilómetros de su objetivo, cuando divisó un castillo y unas pocas casas. Se dirigió a esas edificaciones, con la esperanza de obtener informaciones seguras. Pero, al aproximarse de ellas, fue atacado por una jauría de perros. En tan inminente peligro, vio en lo alto de la torre del castillo una imagen de Nuestra Señora con el Niño Jesús en sus brazos, y gritó: “¡Señora mía, salvadme!” En el mismo instante los sabuesos, como que obedeciendo a una orden, pararon y se volvieron mansos como corderos.

Tal imagen era conocida como del Divino Amor. La noticia del hecho corrió por toda la región, y las personas comenzaron a visitar el lugar del prodigio. Así nacieron las peregrinaciones, que se mantienen hasta hoy. Pero, a diferencia de otras peregrinaciones que son realizadas una vez al año, ésta tiene lugar todos los sábados, desde Pentecostés hasta el otoño. Los peregrinos parten a la medianoche de la plaza de Porta Capena (cerca del Circo Máximo, lugar donde pereció la mayoría de los primeros mártires).

Los sábados durante aquella época del año se reúnen muchos peregrinos, llegando a veces a los tres mil, para realizar esta caminata penitencial, recorriendo 14,5 kilómetros en cerca de cinco horas. Un porcentaje significativo de ellos está compuesto por jóvenes, aunque personas mayores hagan también el recorrido.

Fachada del Antiguo Santuario de la Virgen del Divino Amor, en Roma


Una peregrinación al modo tradicional

Se equivoca quien piense que, hoy en día, para atraer a los jóvenes a una peregrinación se debe tocar música rock o promover la disipación. No. La ca­minata se realiza según los moldes acostumbrados. Es dirigida por un sacerdote que entona cánticos religiosos tra­dicionales, reza el rosario y diversas ­letanías.

Desde un comienzo, el sacerdote advierte: “Quien quiera conversar, que vaya al final de la peregrinación. Hay aquí personas con cáncer, otros tienen parientes enfermos, por los cuales ofrecen esta penitencia. ¡Esto no es, por lo tanto, un paseo! ¡Si alguien no tiene ninguna intención que ofrecer a la Santí­sima Virgen, que se acuerde de las ­abominaciones morales que aparecen en la televisión y que ni los animales practican!”

La peregrinación se dirige entonces rumbo a la Vía Apia Antigua, donde el sacerdote avisa: “Caminamos por las mismas vías en las cuales antiguamente pueden haber caminado los apóstoles San Pedro y San Pablo”. De hecho, leemos en los Hechos de los Apóstoles (28, 14-15) que los católicos de Roma, oyendo hablar de la llegada de San Pablo, salieron hasta el Foro de Apio para recibirlo.

Comentarios piadosos son hechos también cuando los peregrinos pasan por la catacumba de San Calixto o por la capillita del Quo Vadis. Registra la tradición que, al desencadenarse la persecución en Roma, el apóstol San Pedro huyó de la ciudad, pero se deparó con Nuestro Señor que caminaba en dirección a Roma. Le preguntó entonces el apóstol: Domine, quo vadis? (“¿A dónde vas, Señor?”). “Voy a ser crucificado en Roma por segunda vez”, respondió Nuestro Señor.

Entendió San Pedro que debía regresar a la ciudad. Y de hecho, él mismo fue crucificado cabeza abajo, en la colina Vaticana, donde se yergue hoy la imponente Basílica de San Pedro.

Continúa nuestra peregrinación

La Torre del Primer Milagro, junto al muro del Castillo de Leva


Al pasar frente a un hospital, el sacerdote recuerda: “Recemos por aquellos que aquí están sufriendo”.

Más adelante, dice: “No tiren las velas al suelo. Que los otros vean que los católicos somos limpios y ordenados”. Y así, en medio de oraciones y exhortaciones, va avanzando la peregrinación. Impresiona ver a personas que hacen todo el camino descalzas. Para algunos, parece que esto no les pesa, pero para otros se ve que es un gran sacrificio.

Se llega al santuario alrededor de las cinco de la madrugada, siendo que éste abre sus puertas a las seis. Muchos peregrinos se aproximan a los vitrales, a través de los cuales se puede ver a la Patrona de Roma; allí se quedan contemplando y rezando. Cuánta diferencia entre ésta y ciertas “peregrinaciones” o “romerías”, que la izquierda católica lastimosamente transformó en ciertos lugares en marchas políticas reivin­dicatorias.

Las peregrinaciones pasaron por altibajos. Después de un siglo ellas comenzaron a decaer, debido a que vendedores de todo tipo tomaron cuenta del lugar y le dieron un ambiente de fiesta. Hasta 1930, aproximadamente, el santuario estaba hecho una verdadera ruina, una zona invadida por ladrones y ratones. Pero la Providencia Divina velaba por el sagrado lugar, y suscitó un celoso rector, en la persona del Siervo de Dios don Umberto Terenzi, que lo irguió nuevamente. Hoy es visitado anualmente por casi dos millones de peregrinos.

Esperamos que, con las bendiciones y los auxilios de Nuestra Señora del Divino Amor, se mantenga el auténtico espíritu católico en tales peregrina­ciones. Y que ese espíritu vivifique también­ las peregrinaciones en nuestro país, muchas de las cuales, lamentablemente, no son realizadas del modo tradicional.­


Bibliografía.-

* Fabrizio Contessa, Madonna del Divino Amore, Ed. Paulinas, Milán, 1998.




  




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