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«Tesoros de la Fe» Nº 100 > Tema “Reflexiones de Plinio Corrêa de Oliveira”

Plinio Corrêa de Oliveira  [+]  Versión Imprimible
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Pasado espléndido, futuro aún más bello


La Iglesia Católica constituye un inmenso firmamento espiritual, todo un riquísimo y diferenciadísimo universo de almas, en que las variedades más profundas se combinan armoniosamente para componer una unidad pujante y majestuosa.


Plinio Corrêa de Oliveira


Quien quisiese ver a la Iglesia compendiada o reflejada cabalmente en el corazón de cualquiera de sus santos, doctores o pontífices, erraría. Ella no se deja contener en ninguna de las múltiples manifestaciones de su fecundidad sobrenatural. Su espíritu no sólo está en el recogimiento de los anacoretas, en la sabiduría de los doctores, en la paciencia de los mártires, en la pureza de las vírgenes, en la intrepidez de los cruzados, en el ardor de los misioneros, o en la suavidad de los que se dedican a los enfermos. Es todo esto al mismo tiempo. Sólo con estas y otras yuxtaposiciones, es que se puede tener una noción de la admirable perfección de la Religión Católica.

Una sociedad temporal: la Cristiandad

Hubo un tiempo en que, al par de la sociedad espiritual que es la Iglesia de Dios, había una sociedad temporal de príncipes y pueblos cristianos —consecuencia política lógica y admirable de una realidad sobrenatural que es el Cuerpo Místico de Cristo— a la cual se llamó Cristiandad.

De esta vasta y gloriosa familia de naciones marcadas en la frente por la Cruz del Salvador, también no se puede tener una visión completa considerando apenas uno de los pueblos que la integraron. De las márgenes risueñas del Tajo hasta los últimos confines de la gran planicie polaca, de la bella Nápoles inundada de luz hasta las provincias septentrionales de la gélida Escandinavia o de la noble y brumosa Escocia, se extendían naciones profundamente diversas entre sí, ufanas de esas diversidades, pero al mismo tiempo fuertemente imbuidas de la superior unidad con que todas se encontraban en Jesucristo.

Una unidad que era por encima de todo religiosa y mística, y resultaba de la convivencia de todas ellas en el gremio de la Iglesia. Pero una unidad, también, cultural y psicológica, una unidad humana —en el sentido de una humanidad bautizada— que hacía con que Europa no fuese enteramente lo que era, si le faltase cualquiera de los elementos que la integraban: el francés, centelleante de gracia y de coraje, lúcido, gentil y vivo; el alemán, de cuerpo hercúleo y alma noble, robusto en el pensar y en el actuar, terrible en la guerra y cándido y afectivo en la convivencia de la paz; el inglés, síntesis original, atrayente y algún tanto enigmática de las cualidades del pueblo francés y del alemán, predestinado a poblar de santos el Cielo y extender su gloria por los rincones más lejanos de la tierra; el italiano, cuyo genio como que excesivamente fecundo se multiplicaba en incontables variantes que hacían de cada pequeño Estado un sol de inteligencia y cultura con características propias; la gente ibérica, caballeresca y supremamente grandiosa, apasionada en su fe, despreciando constantemente las riquezas de la tierra, con los ojos puestos tan sólo en el heroísmo, en la muerte y en el reino de gloria con Cristo.

En fin, podríamos multiplicar los ejemplos. Pero estos bastan para que se comprenda que la Cristiandad, en todo semejante a la Iglesia, su Madre, tenía una gloria que le venía toda ella “ab intus” (Sal. 44, 14), es decir, del espíritu nacional de los pueblos que la componían, espléndidamente iluminado por la fe. Y que ella se adornaba con una cultura y una civilización que eran como un magnífico “manto de colores variados” (Sal. 44, 10).

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Hemos mencionado juntos a Portugal y España, en esta enumeración. Fue a propósito. No se debe hablar de estas dos naciones en los mismos términos con que se habla de Alemania y de Francia, por ejemplo. Sino más bien como se hablaría de Alemania y de Austria, o de Suecia y de Noruega.

Monumento a El Cid, en España

Fuerza, denuedo, inteligencia y realismo

Los rasgos fundamentales de ambas son comunes. Se diferencian en pormenores numerosos, interesantes, fecundos, pero al fin y al cabo pormenores. ¿Cuáles son estos rasgos comunes? Los vemos principalmente en el idealismo. Ambos pueblos mostraron al mundo asombrado —ya sea en las guerras contra el moro, en la expansión marítima, en la colonización de tres continentes, o aún en el florecimiento literario y artístico de sus siglos de apogeo— que saben y pueden vencer con extraordinario brillo en las luchas y en las tareas de la vida terrena.

Para eso les sobra fuerza, denuedo, inteligencia y realismo. Insistimos en el realismo, porque ésta fue una cualidad que con frecuencia se les ha querido negar. Sostener contra los moros una guerra victoriosa de ocho siglos no es cosa que se consiga cuando se tiene el alma soñadora y pusilánime de un idealista hueco. Pues el tiempo, las adversidades, el cansancio desgastan todos los sueños. Las guerras no se ganan mirando las nubes, ni combatiendo apenas en campo raso, sino también haciendo emboscadas y descubriendo las del adversario, y manteniendo en el tablero incierto de la política una acción continua, muchas veces tan importante cuanto la del momento de la batalla. Ahora bien, todo esto supone un sentido de la realidad fuera de lo común.

Lo mismo se podría decir de la epopeya de las navegaciones, de las luchas ásperas y terribles de la colonización, y de las dificultades extenuantes y tantas veces prosaicas, inseparables de toda producción intelectual. Pero a despecho de todo esto, la gente ibérica posee un marcado desprecio por todo lo que es terreno. O, en términos más exactos, tiene un sentido admirable de la autenticidad y de la preeminencia de todo cuanto es extraterreno, espiritual, inmortal.

Indolencia ante el declive de las riquezas y las glorias

Una prueba excelente de ello es la actitud de portugueses y españoles ante las riquezas que les pasaron por las manos en los tiempos de prosperidad. Con ellas construyeron viviendas espléndidas, palacios suntuosos; pero, sobre todo, iglesias y conventos. Con ellas desarrollaron admirablemente el arte y todo cuanto dice al decoro y a la nobleza de la vida. Pero adornaron más magníficamente las imágenes de sus santos que a sí mismos.

Al contrario de lo que tantas veces ha ocurrido a otras naciones en la historia, a las cuales las riquezas debilitan y las glorias vuelven fatuas, Portugal y España no conocieron los excesos degradantes a que se entregan tan fácilmente los ricos y los poderosos. Y por esto, cuando la gloria del poder político y la abundancia los abandonaron, la actitud profunda de esos pueblos frente a los acontecimientos, si tuvo un tanto de indolencia, también expresó bien claro la convicción de que Dios no hizo al hombre para estas cosas y que no consisten en ella la dignidad y la alegría de la vida.

Después de asombrar al mundo, extenuación de fuerzas

Hablamos de indolencia. Tocamos así en un punto delicado. Es la cuestión de los siglos de decadencia. ¿En qué medida esa decadencia refleja un declinar en el temple de los hombres, de su piedad, de sus costumbres? ¿En qué medida expresa, por otro lado, la extenuación de pueblos que se habían excedido a sí mismos en la realización de obras que asombraron al universo, y después rehacían sus fuerzas en un suave letargo, a la espera de otras oportunidades para otros grandes hechos?

La Torre de Belén, en Portugal

¿En qué medida, por fin, esa decadencia fue de los equipos dirigentes, y en qué medida fue de los pueblos? Sería necesario todo un artículo para exponer nuestras impresiones sobre el asunto. Y, para comenzar, habría que distinguir entre decadencia y decadencia, pues pocos vocablos son más traicioneros y llenos de ángulos de mira que éste. Muy resumidamente, podemos decir que el paso de la monarquía orgánica medieval hacia el absolutismo fue, a nuestro modo de ver, un fenómeno de decadencia del flujo vital de todos los pueblos europeos, fenómeno éste provocado en último análisis por causas religiosas y morales profundísimas.

Francia e Inglaterra tuvieron en ese período, como también Prusia, equipos dirigentes de gran valor. De donde aquellos Estados continuaron desarrollándose. España y Portugal, como también de algún modo Austria, no tuvieron esos equipos, y el Estado en esos países comenzó a fenecer. Así, a fines del siglo XVIII la desproporción entre las dos monarquías ibéricas e Inglaterra y Prusia ya era flagrante. Sin embargo, ¿se trataba de una decadencia de pueblos? Si decadencia había, era menor de la de casi todo el resto de Europa. Pues no se puede decir que está en decadencia quien recibe a Napoleón como él fue recibido en la Península a pesar de la pavorosa defección de tantos elementos dirigentes.

Fuerzas latentes que no se deben subestimar

Así, en la complejidad de los hechos espirituales, morales, sociales, políticos y económicos que caracterizan los siglos dichos de decadencia, se constata un real declive. Este declive se expresa por síntomas excesivos en apariencia que fácilmente nos llevarían a subestimar las fuerzas latentes, admirablemente vivas, que quedaron durmiendo en los corazones ibéricos, despertadas apenas de vez en cuando por algún sobresalto magnífico, y reservadas por la Providencia para alguna nueva misión histórica que cumplir.

En líneas muy rápidas, llegamos casi hasta nuestros días. Ese trazo de elevación de espíritu, de justa estima al que es realmente superior, y de rechazo de toda concepción exclusiva o preponderantemente utilitaria de la vida, Portugal y España lo transmitieron a las naciones que plasmaron en América. También nosotros progresamos, también nosotros organizamos decorosamente nuestra existencia. Pero como no pusimos en las riquezas todo nuestro corazón, nuestro progreso fue menos rápido que el de otros pueblos y nada tuvo de embriagador, sensacional, vertiginoso. ¿Somos decadentes? Nadie lo afirma. ¿Somos atrasados? Todos lo dicen. Pero este atraso —más adelante lo mostraremos— es para nosotros una bendición, y nos abre de par en par las puertas del futuro.

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Don Francisco Pizarro, conquistador del Perú y fundador de Lima

Esa justa jerarquía de valores, por la cual lo espiritual se antepone a lo material, lo eterno a lo pasajero, lo absoluto a lo relativo, lo celestial a lo terrenal, conduce ante todo al heroísmo. Enseguida, a una disposición de espíritu en que la teología es más que la filosofía, y ésta a su vez dirige todas las ciencias. Esta forma mental genera una forma de vida en que se busca más la nobleza que el lujo, los placeres sobrios del comercio de los espíritus y de la vida de familia, de que los regalos de un confort puramente físico.

En el modo de ver las vicisitudes de la vida, hay una atracción para considerar de frente el dolor, la lucha, la propia muerte, como valores de los más grandiosos que Dios nos haya dado para hacer fructificar en este valle de lágrimas para la eternidad. De ahí una naturalidad frente al peligro, una fuerza en la adversidad, una serenidad en el sufrimiento, que desconcierta a otros pueblos. Existe, por ejemplo, cierto optimismo nórdico falso, que intenta cerrar los ojos al dolor y a la muerte, haciendo silencio sobre ellas, y llega a pintar los cadáveres como si estuviesen vivos, para dar hasta a las exequias la idea de que la muerte no vino... De una tal trivialidad está lejos, bien lejos, cualquier corazón ibérico o iberoamericano.

Ahí está la razón secreta de la fundamental nobleza de alma y del heroísmo profundo de la gente ibérica de uno y de otro lado del Océano. Pero ¿qué tonalidades especiales toman esos predicados en suelo portugués?

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La historia española se asemeja a uno de esos ríos que corren cristalinos y burbujeantes, sobre un lecho accidentado, donde las aguas discurren por despeñaderos y abismos trágicos, brillando a la luz del sol con toda la albura de las grandes cataratas. Por el contrario, la historia lusitana parece un curso de aguas profundo, impetuoso, pero siempre sereno, que va en línea recta delante de sí mismo, destruyendo los obstáculos, con una fuerza invencible, pero conservando una placidez, una dulzura, una noble simplicidad, incluso cuando en su superficie se reflejan los más bellos aspectos del cielo y de la tierra.

El español está siempre heroicamente movilizado para la lucha. El portugués no da esta impresión. Él es risueño, sencillo, dulce. El español está siempre listo para enfrentar la tragedia. Se diría que los lados sublimes de la existencia no impresionan al portugués, todo afecto a la consideración de las dulzuras de la vida de familia, en la suavidad de sus campos, en el encanto de sus villas, en la hermosura de sus ciudades. Pero si un gran ideal solicita la dedicación del alma portuguesa, si una grave ofensa pone en efervescencia su sentido de la dignidad, el luso se levanta como un héroe. Y lucha con todo el rigor indomable de la fibra ibérica, enfrenta el peligro, aplasta el riesgo, y acepta la muerte con una altivez que a nadie le fue dado exceder.

Melancolía y dulzura portuguesa

Este habitual estado de alma del portugués, afectivo, sereno, sin pretensiones, se matiza de una ligera tinta de melancolía. Una melancolía muy suave, que tiene todas las luces de la resignación cristiana, pero una melancolía que es a nuestro modo de ver, el cuño propio de Portugal. Es la melancolía que le viene de saber que en la tierra la alegría perfecta es imposible y estamos en las agruras del exilio. La melancolía de la cual nace la poesía, la compasión y la bondad. La melancolía que hace de él algo de inconmensurablemente superior al play-boy contemporáneo.

Melancolía, dulzura, encanto lusitano... tanto daría decir melancolía brasileña, dulzura brasileña, encanto brasileño. Pues son precisamente estos rasgos, heredados de nuestros mayores portugueses, que constituyen, con variantes importantes en nuestro suelo patrio, los elementos típicos del alma brasileña.

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No es éste el momento de hablar del brasileño, ni que lo describamos con pormenores. En este país, sobre el cual se despejaron, muchas veces sin discernimiento ni criterio, las riquezas étnicas y culturales de corrientes inmigratorias provenientes del mundo entero, es sin embargo preciso recordar en alto y con resonancia que la nota dominante, ampliamente dominante, fue, es y habrá de ser siempre la tradición lusitana.

Más que nadie Catolicismo ha acentuado el papel de Francia en la vida del alma de las naciones cristianas. Más que nadie, hemos elogiado en estas columnas las grandezas de otros pueblos. No somos exclusivistas, y comprendemos bien que hemos de conservar el espíritu abierto hacia todas las buenas influencias culturales. Por eso mismo, creemos que la contribución del italiano, del español, del alemán, del africano o del asiático es susceptible de ser asimilada con ventajas en la vida cultural brasileña. Pero esa asimilación tiene que ser hecha en base de la lusitanidad. Pues un Brasil que renunciase a lo que tiene de herencia lusitana dejaría de ser Brasil.

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Palacio del Marqués de Torre Tagle, Lima, 1767. Sede de la Cancillería.

Después de este largo itinerario de pensamientos y de evocaciones históricas, llegamos a los tiempos actuales. Ábranse las páginas de los periódicos. Poco se habla en ellas del mundo iberoamericano. El centro de la escena está ocupada por otros pueblos. ¿Pero qué hacen? Se preparan para la mayor masacre de la historia. Pasan por las contorsiones de las crisis más horripilantes. Y para evitar la matanza y la crisis, en cada uno de ellos importantes partidos políticos nos ponen frente a una socialización total de la vida, que sería peor que los estragos de la bomba de hidrógeno.

Los engaños y seducciones de la Babel moderna

Todo edificio que se construye con base en la codicia de los placeres y de los bienes de la tierra tiene que arruinarse de esta forma. ¡El sentido del ideal, de lo espiritual, de lo celestial, se borró en tantos y tantos pueblos casi completamente! Su torre de Babel, que se irguiera orgullosamente al lado de la vieja mansión paterna del mundo ibérico, arroja llamas por todas sus ventanas, estremece todos sus cimientos, y de dentro de ella parten voces de discordia y gritos de dolor.

No tenemos esa riqueza, pero tampoco tenemos esa maldición. Construimos menos, y por eso acumulamos menos errores en las áreas de cultura y de tierra que nos pertenecen. Y, en toda esta tragedia universal, el mundo ibérico conserva para el día de mañana riquezas inmensas, de alma, de cultura, de bienes materiales, que aún están intactos. En una palabra, nuestro es el futuro.

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Después del oro y del incienso, la mirra. ¿Quiere todo esto decir que no cometemos, también nosotros, graves pecados?

Lamentablemente, no podemos pretender que hayamos conservado intacto nuestro patrimonio espiritual, y que sea perfecto todo cuanto hicimos en el campo material.

Imperfecciones de las que nos debemos purificar

Muchas veces, deslumbrados por el crecimiento de la Babel moderna, le abrimos nuestras ventanas, dejando que nuestras almas se envenenasen con las armonías y con los perfumes que de allá nos venían. Adaptamos nuestra vieja mansión, en muchos y muchos puntos, según las modas de Babel. Vestimos los trajes de sus habitantes, y nos nutrimos de sus manjares. Aquellos que entre nosotros eran los admiradores de esa Babel, con demasiada frecuencia empuñaron el timón e indolentemente los dejamos hacer. Hay en nosotros mismos todo un trabajo de restauración que cumplir.

Pero ese trabajo, la Providencia lo desea y lo bendecirá. No tiene otro sentido el hecho de que la Madre de Dios haya querido hablar de Fátima al mundo entero. Su mensaje se dirige a todos los hombres. Mas es preciso ver que su objeto inmediato es el pueblo portugués, y los que a Portugal le son más próximos por la sangre y por la historia.

Necesidad de un profundo fortalecimiento religioso

Nosotros, pueblos ibéricos e iberoamericanos, sufrimos, en no pequeña medida, del mal de toda la humanidad moderna. Ésta es una verdad que precisa ser proclamada por entero, y con toda valentía. No nos libertaremos de ese mal, ni recuperaremos las virtudes ancestrales, sin un profundo fortalecimiento religioso. En efecto, así como ningún hombre se puede llamar virtuoso en el sentido real de la palabra sin la gracia de Dios, ningún pueblo se puede llamar verdaderamente virtuoso ni verdaderamente grande sin la gracia. No es nuestra naturaleza la fuente de nuestra grandeza moral, sino en la medida en que la gracia eleva y santifica nuestra alma.

En consecuencia, para que la misión histórica que nos aguarda sea realmente cumplida, es menester una urgente y completa reacción religiosa. La grandeza de Portugal, del Brasil, de España, y de Hispanoamérica es una grandeza cristiana. Y para que la alcancemos, es necesario que atendamos plenamente el mensaje de Fátima.     






  




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