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«Tesoros de la Fe» Nº 70 > Tema “Las más célebres apariciones de la Madre de Dios”

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El mensaje de Fátima y las persecuciones a la Iglesia




Por ocasión del 90º aniversario de las apariciones de la Santísima Virgen en la Cova de Iría, su mensaje constituye un poderoso escudo para los católicos actuales, víctimas de una insidiosa persecución religiosa.


José Antonio Ureta


Para incentivar la enseñanza de Religión a los niños, el Papa San Pío X dictaba personalmente clases de catecismo los domingos a los niños de Roma. Fiel al sistema tradicional de exigir que los alumnos aprendiesen de memoria las respuestas, el santo Pontífice los interrogaba para verificar si habían aprendido la lección.

En una de esas clases, preguntó a sus alumnos sobre las notas distintivas de la Iglesia Católica, que comprueban su origen divino. Con la vivacidad de los italianos meridionales, varios alumnos levantaron la mano para responder. A medida que iban siendo indicados por el Pontífice, daban la respuesta que constaba en el catecismo: “¡Una!”; “¡Santa!”; “¡Católica!”; “¡Apostólica!”

El Papa, con tono de aprobación, dijo: “Está bien. ¿Pero quién es capaz de presentar aún una nota distintiva más de la Iglesia?” Los niños se miraron perplejos, porque en el catecismo sólo figuraban aquellas cuatro. Después de una pausa, con la voz embargada, el santo susurró: “¡Mártir!”

De hecho, en aquellos días, la Santa Sede estaba enfrentando la furia anticlerical del gobierno francés, el cual, bajo pretexto de establecer la separación entre la Iglesia y el Estado, había expoliado a la Iglesia en Francia de todos sus bienes, desterrado a los religiosos de clausura, expulsado a los sacerdotes y religiosas de las escuelas públicas y retirado de los edificios públicos toda y cualquier señal religiosa.

Con la lucidez de los santos, el Sumo Pontífice percibía bien que aquellas iniciativas no eran sino el comienzo de la exclusión de la Religión Católica de la vida pública, no solamente en Francia, sino también en los demás países de Europa. En la propia Italia, la Santa Sede había sido expoliada de los Estados Pontificios, y el Papa se había vuelto como que prisionero en su palacio del Vaticano. Frente a esta perspectiva de persecución —abierta o velada, dependiendo de la ferocidad anticlerical de los gobiernos de los diversos países— San Pío X decidió convocar a los católicos para la defensa de los derechos de la Iglesia y el combate a las leyes anticlericales. El precio eventualmente a pagar sería el recrudecimiento de la persecución... y el martirio de muchos. De ahí su desahogo ante los niños del catecismo.

El conflicto religioso que despuntaba fue, no obstante, interrumpido por el estruendo de los cañones y el estrépito de las ametralladoras durante la I Guerra Mundial. Con la vuelta de la paz, el ejemplo de heroísmo dado por los católicos en las trincheras, y especialmente por el clero, hizo imposible la retomada de las hostilidades contra la Iglesia por parte de los gobiernos.

En Italia, se firmó el Tratado de Letrán, que reconoció la Ciudad del Vaticano como Estado soberano gobernado por el Papa. En Francia, se llegó a un acuerdo diplomático concediendo a la Iglesia el uso de las catedrales y de las iglesias robadas por el Estado, que se obligaba a mantenerlas por cuenta suya. En los otros países la separación entre la Iglesia y el poder civil se dio de modo menos conflictivo, abriéndose en Occidente un período de relativa tranquilidad en los asuntos religiosos.

San Pío X


En ese período de calma, hubo no obstante dos excepciones de consideración: a) en México, la persecución abierta contra la Iglesia del gobierno de Elías Calles resultó en la llamada “guerra de los cristeros” —nombre de los combatientes católicos que se levantaron al grito de “¡Viva Cristo Rey!”—, la cual terminó con la masacre de los líderes cristeros después un acuerdo de paz entre el gobierno y el episcopado; b) en España, el gobierno republicano-comunista dio rienda suelta a su ateísmo, y durante la guerra civil de 1936-39 causó decenas de miles de víctimas, particularmente en las filas del clero y de las ordenes religiosas.

Mientras tanto, en Europa Oriental, la saña antireligiosa de Stalin condujo a la muerte o a los campos de concentración en Siberia a millones de rusos, ucranianos, lituanos y ciudadanos de otros países anexados por la URSS, y que se oponían al programa ateo del comunismo bolchevique.

La falsa reacción al comunismo, representada por el neopaganismo nazista de Hitler, abrió paso a una persecución religiosa, que llevó a los campos de concentración y de exterminio no solamente a los ciudadanos de raza judía, sino también a miles de católicos, el más conocido de los cuales es San Maximiliano Kolbe.

Acuerdo de la Iglesia con la modernidad: ilusión

El fin de la Segunda Guerra Mundial y los acuerdos de Yalta trajeron una relativa paz a Occidente y relaciones de buenos oficios entre los gobiernos laicos y la Jerarquía de la Iglesia. Pero sobre ese horizonte sonriente se proyectaba la sombra de las persecuciones que sufría aún la Iglesia del Silencio, no solamente en la URSS, sino también en los países que después del conflicto mundial habían quedado bajo el yugo comunista, como Polonia, Hungría y Checoslovaquia. Las figuras de los cardenales Slipyj y Mindszenty —uno prisionero en las mazmorras soviéticas, y el otro refugiado en la embajada norteamericana de Budapest después de varios años de cárcel— impedían que el silencio de la Iglesia bajase por completo sobre la Iglesia del Silencio.

Sin embargo, fue en un contexto de “Alegría y Esperanza” que se abrió, en 1962, el Concilio Vaticano II, destinado a sellar una nueva era de colaboración entre la Iglesia y el mundo moderno, representado por las corrientes progresistas de izquierda que iban asumiendo los gobiernos. El Papa Paulo VI, no sin optimismo, llegó a afirmar en la última sesión de la asamblea conciliar: “La religión del Dios que se ha hecho hombre se encontró con la religión (porque lo es) del hombre que se ha hecho Dios. ¿Qué sucedió? ¿Un combate, una lucha, un anatema? Todo esto podría haberse dado, pero de hecho no se dio”.1

No obstante, la coexistencia pacífica de la Iglesia con la “modernidad” duró poco tiempo. La razón de este fiasco fue enunciada por el Papa Benedicto XVI en el discurso a la Curia Romana, por ocasión de la presentación de los votos navideños, el 22 de diciembre de 2005:

“Quienes esperaban que con este «sí» fundamental a la edad moderna todas las tensiones desaparecerían y la «apertura al mundo» así realizada lo transformaría todo en pura armonía, habían subestimado las tensiones interiores y también las contradicciones de la propia edad moderna; habían subestimado la peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que en todos los períodos de la historia y en toda situación histórica es una amenaza para el camino del hombre”.2

Peor aún, dicha coexistencia favoreció la penetración del relativismo liberal en amplios sectores de los medios católicos actuales, llevando a un debilitamiento de las fuerzas internas de la Iglesia, que deberían presentarse cohesionadas contra el mal. En ese contexto se comprenden las conocidas afirmaciones de Paulo VI sobre un proceso de “autodemolición” existente en la Iglesia, y sobre la penetración de la “humareda de Satanás” 3 en el Templo de Dios. También Juan Pablo II tuvo palabras duras a ese respecto, cuando dijo que “sumergidos en el «relativismo» intelectual y moral, y por consiguiente en el permisivismo, los cristianos son tentados por el ateísmo, por el agnosticismo, por el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico”.4 Y el Papa Benedicto XVI, pocos meses antes de ascender al Sumo Pontificado, aún como cardenal Ratzinger, escribió en el 2005 un Vía Crucis que fue rezado en el Coliseo, en el cual afirma: “¿No deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él!” 5

A pesar de esa penetración del espíritu del mundo en los ambientes católicos, el choque con la modernidad, que Paulo VI quiso evitar por medio de una actitud de “mano extendida” adoptada por la Jerarquía católica después del Vaticano II, está recomenzando 40 años después.

La primera capilla de Fátima fue objeto de un violento atentado, en 1921


Y ese conflicto no puede sino recrudecer, una vez que el hombre moderno, precisamente porque se cree Dios, se juzga en el derecho de inventar sus propios valores y de darse a sí mismo una ley moral que atienda a sus peores pasiones. Así, no más acepta que la Iglesia Católica quiera influenciar en el debate de cuestiones de las más importantes de la actualidad, tales como el aborto, la eutanasia, los experimentos con embriones, el divorcio, las uniones conyugales libres, el pseudo-casamiento homosexual, etc.

La Iglesia Católica no puede cambiar las enseñanzas que recibió de su divino Maestro como depósito de la fe, y tampoco puede dejar de evangelizar al mundo sin traicionar su misión. Ella no puede, por lo tanto, evitar ese choque con las estructuras del poder político y social, ni con los conglomerados de los medios que dictan el “credo” ateo, individualista y hedonista imperante en la sociedad contemporánea.

En el pasado, ese choque llevó a las persecuciones y al martirio a millones de cristianos, de los cuales la Iglesia Católica resurgió aún más reluciente y poderosa que antes de la prueba que se abatiera sobre Ella.

¿Sucederá lo mismo en este umbral del tercer milenio? ¿Discernimos algún indicio de la Divina Providencia en ese sentido, a fin de prepararnos para una prueba semejante?

Creemos que sí. Tales indicios existen y son muy claros. Ellos nos fueron presentados en las advertencias de Nuestra Señora en Fátima, de las cuales se desprende inequívocamente lo siguiente: o los hombres atendían su llamado y se convertían, o entonces vendría un gran castigo, parte del cual sería una inmensa persecución religiosa.

El mensaje de Fátima y la previsión de los castigos

Como es sabido, el mensaje de Fátima fue comunicado a los tres pastorcitos videntes —Lucía, Jacinta y Francisco— propiamente en la tercera aparición, el 13 de julio de 1917, que tuvo lugar en la Cova de Iría, en Fátima, Portugal.

Dicho mensaje de Nuestra Señora al mundo constituye el llamado “secreto de Fátima”, el cual consta de tres partes.

Primero una visión del Infierno, “a donde van las almas de los pobres pecadores”.

En segundo lugar, un mensaje propiamente dicho, en la cual Nuestra Señora anunció el fin de la Primera Guerra Mundial, pero alertó: si los hombres “no dejan de ofender a Dios”, comenzaría otra peor (la Segunda Guerra Mundial), por la cual Dios iría a “castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. En caso de que la humanidad, a pesar de ese castigo, no se convirtiera, la Santísima Virgen profetizó aún que Rusia esparciría “sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia; los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas”.

En tercer lugar, una visión simbólica del cumplimiento de los castigos anunciados en la segunda parte del secreto. En ella los pastorcitos de Fátima vieron “a un obispo vestido de blanco” (que ellos presintieron que era el Papa), seguido de “varios otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, subir una montaña escabrosa, en cuya cima había una gran cruz”. Después de atravesar una ciudad en ruinas, el Santo Padre, “llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de una gran cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros y flechas, y así mismo fueron muriendo unos tras otros los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y varias personas seglares, caballeros y damas de varias clases y posiciones.

O sea, la persecución religiosa sería de tal magnitud, que no solamente el Papa, los obispos, sacerdotes y religiosos podrán ser muertos unos después de otros, ¡sino hasta laicos de condición modesta! Lo que indica una saña persecutoria particularmente virulenta. El número indeterminado de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos martirizados lleva a suponer una persecución de carácter universal y sistemática, como las peores que ya hubo en el pasado.

La Beata Jacinta Marto


Una posterior visión particular de Jacinta confirma el carácter violento de esos ataques a la Iglesia y al Papa, que habrían de venir. Estando junto al pozo de la casa de los padres de Lucía, Jacinta preguntó a su prima:

— “¿No viste al Santo Padre?”

— “¡No!”

— “No sé cómo fue. Yo vi al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas delante de una mesa, con las manos en la cara llorando. Fuera de la casa había mucha gente y unos le tiraban piedras, otros lo maldecían y le decían muchas palabras feas. ¡Pobrecito del Santo Padre! Tenemos que pedir mucho por él”.

Otro día, en casa de Jacinta, Lucía la encontró muy pensativa y la interrogó:

— “Jacinta, ¿en qué piensas?”

— “En la guerra que va a venir. Va a morir tanta gente. ¡Y casi toda va a ir al infierno! Serán arrasadas muchas casas y matarán a muchos sacerdotes. Mira, yo voy al cielo, y tú, cuando veas de noche esa luz que aquella Señora dijo que vendría antes, huye hacia allí también”.

Tal como lo había anunciado Nuestra Señora en las apariciones, Jacinta enfermó gravemente poco después. Transportada a Lisboa, fue llevada a un hospital y quedó bajo los cuidados de la Madre María de la Purificación Godinho, que tomó nota —aunque no siempre literalmente— de sus últimas palabras. Entre ellas, hay una referencia explícita a la persecución religiosa que vendría:

¡Ay de los que persiguen a la Religión de Nuestro Señor! Si el gobierno dejase en paz a la Iglesia y diese libertad a la Santa Religión, sería bendecido por Dios.

A su vez, la hermana Lucia tuvo también “varias comunicaciones íntimas” con Nuestro Señor, en las cuales Él insistió en el pedido de consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María, con especial mención de Rusia. En carta fechada el 2 de diciembre de 1940, ella le dice a Pío XII que tal consagración era indispensable pues “abreviará los días de tribulación con que ha determinado castigar a las naciones por sus crímenes con la guerra, el hambre y varias persecuciones a la Santa Iglesia y a Su Santidad.

Y en el año 1943, mientras residía en Tuy, ciudad fronteriza del lado español, la misma hermana Lucía relató en una carta a su confesor, el padre Gonçalves, que había enviado al arzobispo de Valladolid “un recado de Nuestro Señor para los obispos de España”, en el cual Él decía que “Si los señores obispos de España no atienden sus deseos, ella [Rusia] será una vez más, el azote con que Dios los castigue”.

Si los obispos serían los castigados, se entiende que Lucía indicaba una nueva persecución religiosa en España, como la que había cesado apenas cinco años antes.

Persecuciones anticatólicas en los siglos XX y XXI

En lo que concierne al siglo XX, es innegable que las persecuciones anunciadas en Fátima ocurrieron exactamente como Nuestra Señora lo había anunciado. El escritor norteamericano Robert Royal, autor de un libro que hace referencia a la materia, titulado Los mártires católicos del siglo XX 6, afirma que llevará décadas hasta que se pueda determinar con exactitud el número de esos mártires; pero que, de cualquier manera, la cifra debe rondar por lo menos en varios cientos de miles de víctimas. El crecimiento exponencial del número de víctimas, afirma Royal, no se debe primordialmente al crecimiento de la población, sino al carácter ideológico-político de las persecuciones religiosas emprendidas por el laicismo (México), por el comunismo (España, Rusia, China, Vietnam, Cuba, etc.) y por el nazismo en los campos de concentración.

¿Cuál es la perspectiva para el siglo XXI? Al no haberse realizado la conversión de los corazones ni la penitencia solicitada por Nuestra Señora como medio de aplacar la cólera de Dios y de evitar las catástrofes anunciadas en Fátima, ese aspecto del castigo —la persecución religiosa— no puede sino aumentar. De hecho, a las persecuciones nazistas y comunistas se sumaron, al fin de la segunda mitad del siglo pasado, las persecuciones emprendidas por el fanatismo musulmán en las regiones en que domina. Tales persecuciones han sido particularmente virulentas en Sudán, y tienden a crecer, en la medida en que las provincias musulmanas de aquellos países religiosamente mixtos comiencen a aplicar la “sharia” —o sea, la tiranía religiosa islámica— como ley del Estado.

La guerra en Irak y los ataques contra los palestinos, efectuados por el Estado de Israel, están aumentando el odio de las poblaciones musulmanas contra los Estados Unidos y contra Occidente en general. Con ello, las persecuciones contra los cristianos en tierras musulmanas tienden a aumentar.

No obstante, la perspectiva de persecución religiosa que se presenta como la potencialmente más feroz es aquella que está incubada en los propios países ex-cristianos, que apostataron de la fe de sus mayores y adoptaron una filosofía de vida enteramente materialista y relativista, según la cual no existe ninguna verdad absoluta, y a fortiori ninguna verdad religiosa. Motivo por el cual el hombre puede manipular la realidad como le dé la gana, sin tener que rendir cuentas a nadie. Así, se volvería realidad la promesa de la serpiente a Adán y Eva en el Paraíso: “Seréis como dioses”; eco de la propia rebelión de Lucifer: “Non serviam”.

Es necesario no dejarse engañar por las apariencias “liberales” de la sociedad contemporánea. Voltaire enunció, en una famosa carta, lo siguiente: “No estoy de acuerdo con tus ideas, pero daría la vida por defender tu derecho a expresarlas”. Pero sólo algunos años después un discípulo suyo, Antoine de Saint-Just, lanzó la consigna que desencadenaría las persecuciones políticas y religiosas de la Revolución Francesa: “No hay libertad para los enemigos de la libertad”. A justo título Saint-Just pasó a la historia como “el arcángel del terror”.

El Beato P. Miguel Pro, mártir cristero


La explicación para esa garrafal contradicción entre las promesas de libertad sin límites y la privación de ella en la realidad, es presentada, con su habitual profundidad, por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira: A causa del pecado original, la sensualidad consentida produce al interior del hombre una subversión análoga a la que el orgullo produce en el orden social: la tiranía de los inferiores sobre los superiores, la tiranía de las pasiones desenfrenadas sobre la razón y la voluntad, la tendencia a sobrepasar todas las barreras y a rebelarse contra toda autoridad y toda ley. Concluye entonces: “Cuando la Revolución proclama la libertad absoluta como un principio metafísico, lo hace únicamente para justificar el libre curso de las peores pasiones y de los errores más funestos”, o sea, “el derecho a pensar, sentir y hacer todo cuanto las pasiones desenfrenadas exigen”.7

El liberalismo es la libertad para el mal y para los malos, lo que implica en cercenar la libertad de los hombres de bien cuando, en la vida social y en el orden legal, quieren denunciar el mal y oponer dificultades a su difusión. De donde la conclusión de Plinio Corrêa de Oliveira: “Se percibe que al liberalismo poco le importa la libertad para el bien. Sólo le interesa la libertad para el mal”; de modo que, cuando alcanza el poder, tal liberalismo “protege, favorece, prestigia, de muchas maneras, la libertad para el mal”; y “fácilmente, y hasta alegremente, le cohíbe al bien la libertad, en toda la medida de lo posible.8

Siendo la Iglesia Católica el baluarte de la verdad y del bien, la ideología liberal no acepta la tutela que Ella ejerce sobre las sociedades cristianas y, bajo pretexto de que la religión no debe interferir en la política, intenta silenciarla. Cuando ve que la Iglesia continúa interpelando las conciencias, el liberal se arranca la máscara y comienza la persecución, primero velada, después abiertamente. Es lo que está sucediendo actualmente, en mayor o menor grado, en los diferentes países de Occidente. Lamentablemente, quien abre la marcha de este proceso de apostasía, que está desembocando poco a poco en una persecución, es Europa, o sea, la propia cuna de la Cristiandad occidental.     


Notas.-

1. Paulo VI, Discurso en la Sesión Pública del Concilio Vaticano II, del 7-12-1965. Cf. www.vatican.va/holy_father/paul_vi/speeches/1965/documents/ hf_p-vi_spe_19651207_epilogo-concilio_it.html
2. Cf. www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2005/december/documents/ hf_ben_xvi_spe_20051222_roman-curia_sp.html
3. Alocución “Resistite fortes in fide” del 29-6-1972, Insegnamenti di Paolo VI, Tipografía Poliglotta Vaticana, vol. X, p. 707.
4. Alocución del 6-2-1981 a los Religiosos y Sacerdotes participantes del I Congreso Nacional Italiano, in “L’Osservatore Romano”, 7-2-1981.
5. Cardenal Joseph Ratzinger, www.vatican.va/news_services/liturgy/2005/via_crucis/sp/station_09.html
6. Robert Royal, Catholic Martyrs of the Twentieth Century: A Comprehensive World History, Crossroad General Interest, 2000.
7. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Tradición y Acción, Lima, 2005, Parte I, cap. VII, 3, B, b & c, p. 72
8. Idem, ibidem.



El día 13 de octubre de 1917, al concluir la sexta y última aparición de la Santísima Virgen en Fátima, tuvo lugar un hecho sin precedentes en la historia humana.

Tres meses antes, la Señora de Fátima había prometido a los pastorcitos «un milagro para que todos lo vean y crean». Un milagro anunciado con lugar, fecha y hora determinada, que fue presenciado por más de 70,000 testigos.

Para conmemorar este hecho, la campaña «El Perú necesita de Fátima» ha publicado el libro «El Milagro del Sol — Conociendo a los testigos», escrito por John M. Haffert en 1960.




  




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