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«Tesoros de la Fe» Nº 69 > Tema “Las más célebres apariciones de la Madre de Dios”

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La Salette y Fátima

Dos eslabones del gran anuncio del reinado de María


«Vengan, hijos míos, no tengan miedo, estoy aquí para entregarles una gran comunicación», con estas palabras la Madre de Dios convocó a dos pequeños pastores de los Alpes franceses, para transmitir al mundo un mensaje que años después con mayor instancia repetiría en Fátima.


Luis Dufaur


A la izquierda: Santuario de Fátima, Fátima (Portugal); a la derecha: Santuario de La Salette, Grenoble (Francia)



La Santísima Virgen se apareció muchas veces en lugares y épocas diferentes. Obró milagros, instó a la reforma de las costumbres, advirtió contra peligros diversos, sembrando siempre su amor maternal hasta en la hora de los más graves avisos.

Ahora bien, en la aparición a Santa Catalina Labouré, en la rue du Bac, en París, Nuestra Señora inició una serie concatenada de manifestaciones. Sí, las apariciones de la rue du Bac (1830), de La Salette (1846), Lourdes (1858) y finalmente Fátima (1917) forman un mismo cuadro. No pueden ser vistas como si no tuviesen nada que ver una con la otra.

María Santísima actúa como una madre que, cuando sus hijos no andan más por el camino del bien, multiplica avisos y señales de amor con una insistencia conmovedora. Y un hijo que escucha a su madre comprende que lo que Ella le dice hoy se suma a lo que le dijo ayer y antes de ayer.

En la rue du Bac, la Santísima Virgen le mostró a Santa Catalina Labouré que el mundo andaba por la vía de la perdición, le anunció una horrible revolución de carácter comunista: la sanguinaria Comuna de París de 1870. Pero al mismo tiempo le dio una señal de predilección y de victoria para que el mundo se corrija: la Medalla Milagrosa. Por medio de ella, Nuestra Señora nos concede gracias y favores inconmensurables. Pero, el mundo... ¡no se puede decir que haya mejorado como Ella quería!


Dieciséis años después, la Santísima Virgen apareció en La Salette, Francia. Allí habló más minuciosamente, como una madre que ve al hijo prestando poca atención al mal que se abate sobre él y quiere hacerle recuperar el juicio. Son palabras de una madre cariñosa, pero tan impresionantes que Ella misma pidió que sólo fueran reveladas doce años después. Exactamente en 1858. ¿Por qué en 1858? En ese momento nadie lo sabía. Ella lo sabía.

El 11 de febrero de 1858, María Santísima apareció en Lourdes a Santa Bernardita Soubirous y abrió en la famosa gruta un torrente de gracias y milagros que hasta hoy atrae a las multitudes. Durante las visiones, Santa Bernardita repetía las palabras que oía de la Virgen: “Penitencia, penitencia, penitencia”.

No obstante, la humanidad siguió por el camino que siguió. No hizo penitencia.

La Santísima Virgen insistió una vez más en Fátima. Anunció con breves palabras, tal vez las postreras, el castigo en que el mundo incurriría si, finalmente, no hiciera la penitencia debida. Pero, para darnos ánimo, profetizó el triunfo de su Inmaculado Corazón, después de tremendas puniciones.

En La Salette y Fátima, la misma Madre de Dios y nuestra habló de las mismas cosas. Fátima sólo se entiende bien a la luz de La Salette, y La Salette se comprende enteramente a la luz Fátima. Un mismo mensaje de una misma Reina y Madre para un mismo hijo descarriado. En todas sus manifestaciones, comunicando fuerzas e instrumentos sobrenaturales para corregirse, hacer penitencia y apartar la justa punición de Dios. Pero en todas repitiendo la misma verdad: Dios está airado con los pecados del mundo. Si la humanidad no se corrige, vendrán grandes castigos.

En La Salette la Santísima Virgen habló ampliamente. En Fátima habló de modo conciso, como una madre que advierte a un hijo desobediente que, después de este aviso, no habrá más prórrogas.

Los dos pastorcitos de La Salette

En la mañana del 19 de setiembre de 1846, la pastorcita Melania Calvat, de 14 años de edad, conducía las vacas de su patrón a pastar en las colinas de La Salette, en la región de Grenoble, en los contrafuertes de los Alpes franceses. Un niño de 11 años, a quien no conocía, insistió en acompañarla.

Era Maximino Giraud, así como ella, pastorcito al servicio de un vecino. Melania aceptó. Ninguno de los dos podía imaginar el evento sobrenatural del que serían testigos en aquel día providencial. Melania gustaba de la soledad, del silencio y de la oración.

Maximino era ingenuo y locuaz. Pronto comenzó a pedir a Melania que le enseñara un juego. Ella le propuso su entretenimiento preferido: hacer un “paraíso”, es decir, una casita de piedras cubierta con manojos de flores silvestres.

Después de mucho esfuerzo en aquella construcción, ambos tuvieron hambre y sueño. Comieron un refrigerio frugal, se recostaron sobre el pasto y durmieron.

Aparición de la Virgen llorando

Los videntes de La Salette: Melania Calvat (foto arriba) y Maximino Giraud (foto actual), de 14 y 11 años respectivamente; ambos se conocieron el mismo día de la aparición de la Virgen


Cuando despertaron, tuvieron una sorpresa: una luz más brillante que el sol posaba sobre el paraíso que habían construido. Maximino empuñó su cayado y le garantizó a Melania que, si la luz fuese mala, él la defendería.

Se aproximaron del foco luminoso. En el centro de éste había otra luz aún más brillante, que se movía. Era una Señora coronada de flores, cuya celestial expresión Melania describió con palabras inspiradas. Sentada sobre el paraíso, la Señora lloraba con el rostro entre las manos. Era la Santísima Virgen, hoy conocida bajo la advocación de Nuestra Señora de La Salette. Mirando hacia los niños, se levantó y dijo: “Vengan, hijos míos, no tengan miedo, estoy aquí para entregarles una gran comunicación”.

Vinculación profunda entre La Salette, Lourdes y Fátima

Les comunicó entonces un mensaje para ser divulgado y un secreto para ser revelado en 1858, año en que Nuestra Señora aparecería en Lourdes, inaugurando una era de gracias que dura hasta la actualidad.

De hecho, estas dos manifestaciones de la Madre de Dios constituyen una sola. En La Salette, la Virgen anunció el futuro del mundo hasta el fin de los tiempos y los castigos universales que penden sobre la humanidad impenitente.

En Lourdes, dio inicio a un diluvio de gracias para erguir a esa misma humanidad y darle fuerzas y estímulos para apartarse del mal y de la Revolución. El nexo profundo entre Lourdes y La Salette incluye a Fátima que, absolutamente hablando, es la coronación de estas irrupciones extraordinarias de la Reina del Cielo en la historia humana. En ese sentido, el 13 de mayo último en Aparecida, el Papa Benedicto XVI afirmó que Fátima “es sin duda, la más profética de las apariciones modernas”.

Gran interés y conmoción en el clero y en el pueblo

Melania y Maximino corrieron de vuelta a las casas de sus patrones y contaron después todo lo sucedido al párroco. Éste, oyéndolos, se conmovió hasta las lágrimas e hizo un sermón durante la Misa, que impresionó vivamente a la feligresía. El obispo local, Mons. Philibert de Bruillard, de Grenoble, leyendo un sencillo relato de los hechos, cayó en lágrimas.

La noticia se esparció como reguero de pólvora. Y no debe sorprendernos, pues Francia estaba entonces dividida religiosa y políticamente. De un lado estaban los católicos llamados liberales y “sociales”, precursores del progresismo que hoy devasta la Iglesia, conjurados con los continuadores del igualitarismo libertino y anticatólico de la Revolución Francesa; esos católicos liberales se sintieron alcanzados y denunciados por el mensaje en lo que tenían de más interno. De otro lado, los católicos auténticos, defensores de todas las formas de legitimidad, al leer el mensaje de La Salette, tuvieron una confirmación de todo lo que la fe y la fidelidad a la Iglesia les inspiraba. Los sucesivos gobiernos de la época —monarquía ilegítima de Luis Felipe, segunda y tercera Repúblicas, así como el imperio de Napoleón III— eran considerados con horror por los mejores representantes del catolicismo francés. Tales gobiernos no ocultaron su odio contra La Salette. Sobre todo Napoleón III, cuyo falso juego quedaba desvendado en La Salette.


Así, el mensaje de la Santísima Virgen incidió en la carne viva de los problemas religiosos, políticos y ideológicos de Francia. Con pequeñas variaciones, esos problemas eran los mismos en todo el mundo católico occidental de aquella época. Enemigos velados de La Salette, aventureros, falsos místicos, políticos interesados pusieron en circulación versiones distorsionadas del mensaje y hasta adulteradas, para justificar posiciones políticas previamente adoptadas o simplemente para desmoralizar las palabras de Nuestra Señora.

Independiente de aquella polémica, las peregrinaciones no dejaron de crecer y se constataron los primeros milagros en el lugar.

Un libro que aguardamos con expectativa

La fascinante y novelesca historia de La Salette y sus injustamente vilipendiados videntes, es demasiado extensa para caber en los estrechos límites de un artículo. Los redactores de Tesoros de la Fe desean ardientemente satisfacer en el más breve plazo a sus lectores con la publicación de un libro sobre tan importante materia. Y así se puedan conocer también todos los pormenores del secreto de La Salette, según los textos oficiales de los archivos del Vaticano revelados en 1999. Auguramos que con ello se preste la debida atención a los graves problemas de carácter universal que el mensaje de la Santísima Virgen plantea allí, como más tarde lo reafirmará en Fátima.     





  




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