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«Tesoros de la Fe» Nº 62 > Tema “Esplendores de la Cristiandad”

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Universalidad de la Iglesia



Wilson Gabriel da Silva


“Católico” quiere decir universal. Y es así, porque la Iglesia Católica existe para todos los pueblos de la Tierra y sabe adaptarse a cada uno de ellos, incorporando todos los legítimos valores y culturas que engendraron, purificándolos de sus aspectos paganos.

Fue así que Ella a veces enriqueció su liturgia (ritos, cantos, oraciones), costumbres, estilos de arte. Hay un verdadero don en la Iglesia que le permite hablar a todas las culturas y a todos los pueblos. Roma imperial, a pesar de todos sus “dioses” paganos y su inmoralidad, representaba innegablemente una gran civilización. Al mismo tiempo que los cristianos eran arrojados a las fieras en el Coliseo, las conversiones se iban operando y el Cristianismo se erguía victorioso de las ruinas del Imperio que se desmoronaba. La foto arriba ilustra esa realidad. En ella se ven ruinas de los foros romanos, entre las cuales se nota el campanario de una pequeña iglesia católica. Es la Iglesia-institución que se yergue sobre los escombros del Imperio...

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El campanario de la catedral de Sevilla, conocido como La Giralda, podría ser otro símbolo de esa sabiduría con que el Divino Fundador dotó a la Iglesia. Gigantesca (96 m. de altura), aunque nada aplastante —todo lo contrario, hasta elegante y sobre todo altanera—, la famosa Giralda es una feliz incorporación del minarete de la antigua mezquita a la nueva catedral gótico-renacentista. Fue construida en el siglo XV, en lugar del templo islámico allí existente durante el dominio de la dinastía almohade, señora del norte de África y el sur de la península ibérica. Un artista cordobés confirió a la torre, en el siglo XVI, el aspecto que hasta hoy ella conserva. Los arabescos no la deforman; al contrario, la adornan. Es la victoria de la Fe católica sobre la religión de Mahoma.

Concesión a los musulmanes —diría algún espíritu rigorista. ¡Nada de eso! Así como las alfombras persas, las porcelanas chinas, los tejidos de la India, también el estilo arquitectónico árabe puede ser legítima expresión cultural de un pueblo igualmente llamado a ser hijo de la Iglesia Católica. Como ejemplo, el martirizado Líbano ya fue cuna de grandes santos. Antes de volver al paganismo, el norte de África dio a la Iglesia a San Agustín, una de sus mayores luminarias.

Cuando incorpora una cultura a su patrimonio, la Iglesia nada roba: enriquece al pueblo que a ella se dio y se enriquece a sí misma, desarrollando en aquél ciertos dones que de otra forma quedarían tal vez opacados. Por todo eso, la Giralda pertenece a la Cristiandad tanto cuanto el pueblo de la ciudad de Sevilla, de la cual ella es símbolo. Y si algo suena así como las notas moriscas de una saeta, es para decir que somos todos hijos de Dios y de su Iglesia. Y que España, con sus ornatos mozárabes, es parte notable de la Cristiandad.

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La ortodoxia católica no admite composiciones sincréticas con otras religiones, como igualmente rechaza toda especie de racismo, xenofobia o fanatismo nacional, propios de religiones e ideologías paganas. El imperio de Jesucristo comprende todo el género humano, como enseñan los Papas (cf. León XIII, Enc. Annum sacrum, de 25-5-1899; y Pío XI, Enc. Quas primas, de 11-12-1925). El dominio espiritual del Redentor es soberano y abarca, por derecho, a todos los hombres, inclusive a los que no pertenecen a naciones católicas o se rehúsan a convertirse. Es deber apostólico de todo católico llevarles la buena doctrina y darles el ejemplo de las buenas obras.

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¿Cómo vencieron los cristianos al Imperio Romano y a las hordas invasoras de los bárbaros? Y, ¿cómo obtuvieron la reconquista de la Península Ibérica? Fue sobre todo por la fe. Y es justamente la virtud que nos falta en los malos días que vivimos. Aquello que fue la Cristiandad, ya no lo es. Languidecidos por el progresismo, por el ansia de ponerse de acuerdo con el mundo, la mayoría de los católicos actuales no tienen capacidad de atraer a la conversión a los pecadores, a los paganos, a los adeptos de otras religiones. Si la sal no sala, ¿para qué sirve? Los católicos suman hoy más de mil millones. Pero, ¿cuántos de ellos se salvan? ¿Cuántos son verdaderamente fermento en la masa de un mundo neopagano?

Tesoros de la Fe augura que todos sus asiduos lectores, como fervientes devotos de María Santísima, hagan parte de aquel puñado de fieles que toman verdaderamente en serio las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo.     





  




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