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«Tesoros de la Fe» Nº 62 > Tema “Confesores de la Fe”

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San Juan Bautista de la Concepción

Reformador de los Trinitarios


Juan García, siendo aún universitario, era conocido como «el joven santo». Fue uno de los grandes reformadores que ilustraron a España en la época de la Contrarreforma católica.


Plinio María Solimeo


La intrépida Santa Teresa de Ávila, al pasar por Almodóvar del Campo durante la epopeya de sus fundaciones, se hospedó en casa de Marcos García Gijón e Isabel López Rico. El matrimonio le pidió que bendijera a sus numerosos hijos. Fijando la mirada sobre el pequeño Juan, la reformadora le dijo: “Estudia bien, Juancito, porque un día me imitarás”. ¿Qué querría decir? En una segunda visita a aquella casa, Santa Teresa pidió ver nuevamente a los niños. Poniendo su mano sobre la cabeza de Juan García, esta vez fue más precisa: “Su caridad, patrona, tiene aquí entre estos ocho hijos, uno que ha de ser gran santo, patrón de muchas almas y reformador de una grandiosa cosa que se verá”. De hecho, él correspondió a las predicciones de la reformadora del Carmelo.

Juan García nació el día 10 de julio de 1561 en aquella ciudad, siendo así coterráneo y coetáneo de otro gran santo, San Juan de Ávila. Fue inclinado a la piedad desde la cuna; tan pronto su madre, para aplacar el llanto común de los niños, le mostraba una imagen de la bienaventurada Madre de Dios, él pasaba a sonreír extasiado.

A los diez años de edad Juan García ya era un asceta: llevaba un cilicio ceñido al cuerpo, se disciplinaba diariamente y comía de modo muy frugal. Lo más impresionante para nosotros, hombres del siglo XXI, es que todo eso era hecho con conocimiento de sus padres, que veían en él un alma elegida. Pasó a dormir sobre una tabla de madera, teniendo como almohada una piedra. Un día su padre, viéndolo sobre aquel lecho de penitencia, rompió en llanto. Tomando al pequeño en sus brazos, lo llevó sin resistencia a su propio lecho. Pero, en cuanto su padre adormeció, Juan se levantó y volvió a su tabla y su piedra. Actuando así, seguía las luces del Divino Espíritu Santo.

Ejercía una caridad extrema para con los pobres. Cierto día, entregó su propia camisa a un mendigo que padecía fiebre y frío. Tan pronto como vistió la camisa, este quedó curado.

En la universidad era conocido como “el joven santo”

A los nueve años Juan García supo que una santa había consagrado su virginidad a Dios. Corrió entonces a lanzarse a los pies de una imagen de la Virgen de las vírgenes, y le pidió que aceptase también su virginidad, concediéndole la gracia de vivir sin la más leve mancha.

Juan García realizó brillantemente sus primeros estudios con los carmelitas descalzos en su ciudad y la universidad en Baeza. Su piedad atraía las atenciones, y sus condiscípulos lo conocían como “el joven santo”. Pero no todos. Siempre, donde está el bien, aparecen los malos para odiarlo y perseguirlo, como sucedió con Nuestro Señor. En cierta ocasión algunos de sus compañeros de pensión, libertinos, procuraron provocarlo con injurias y sarcasmos. Como se mantuviese calmo e inmune a las impertinencias de sus compañeros, éstos introdujeron en el cuarto a una mujer de mala vida para inducirlo al pecado. Juan García, practicando de modo eximio las virtudes de la castidad y de la fortaleza, escupió en el rostro de la miserable y fue corriendo a la catedral, lanzándose a los pies de una imagen milagrosa de Nuestra Señora, y renovando en aquella oportunidad su voto de virginidad.

Santa Teresa de Avila profetizó el futuro del santo

Religioso trinitario por inspiración divina

Aún adolescente, resolvió entrar cuanto antes en un convento. Pero tenía dudas entre los carmelitas descalzos, entonces en su primitivo fervor, y los trinitarios, fundados algunos siglos antes por San Juan de la Mata y San Raymundo de Peñafort, pero que estaban lamentablemente decadentes. Mientras rezaba para que Dios lo inspirase a hacer aquello que fuese para su gloria, oyó claramente una voz diciéndole que daría más gloria a Dios ingresando a los trinitarios, lo cual hizo a los diecinueve años de edad.

Durante su noviciado, Juan García tuvo como maestro a San Simón de Rojas. Aunque por humildad no quería hacerse presbítero, sus superiores, viendo sus dotes tan extraordinarias, lo obligaron a prepararse para el sacerdocio. “Había recibido del Cielo un talento tan raro, que Lope de Vega lo llamaba «el más bello genio de España»; adquirió tantos conocimientos, que el Padre Entrade, jesuita, aseguraba que era «el hombre más erudito de su siglo»”,1 lo que no es poco decir en una época en que los grandes espíritus no eran raros. Por su elocuencia, sus cofrades lo comparaban a San Juan Crisóstomo y a San Bernardo de Claraval.

Fray Juan García frecuentemente fue blanco de ataques de los demonios. Cierta vez lo lanzaron dentro de un pozo, pero su ángel de la guarda lo amparó en la caída. También fue víctima de los hombres. En Sevilla, se entregó a la conversión de un grupo de moros. Algunos de ellos se convirtieron, pero la mayoría no. Trataron incluso de matarlo, envenenando su comida. El religioso hizo la señal de la cruz sobre el alimento, que se cubrió inmediatamente de gusanos. Los infieles intentaron entonces asesinarlo, pero Dios lo protegió, sin mella alguna.

Reformador de la Orden de los Trinitarios

Fray Juan García llevaba una vida santa entre los trinitarios cuando el 8 de mayo de 1594, un capítulo general reunido en Valladolid, para combatir la decadencia de la Orden, decretó que en cada provincia de ella hubiesen dos o tres conventos en los cuales se practicase la regla primitiva, como Santa Teresa lo hiciera en el Carmelo. Fray Juan García fue designado para el de Valdepeñas.

Entró para esa reforma al inicio de 1597. Electo superior, restableció la regla primitiva, hizo que los religiosos cambiasen su nombre de familia por el de un santo —él tomó el de Juan Bautista de la Concepción— e hizo que se observara la vigilia de todas las fiestas de la Santísima Virgen.

En su reforma encontró innumerables obstáculos por parte de los religiosos, que no querían vivir una vida de penitencia. Por eso viajó a Roma para obtener la sanción del Santo Padre. En el camino, paró en Florencia, donde vivía Santa María Magdalena de Pazzi, para consultarla sobre sus proyectos. Ella le predijo muchas pruebas que lo esperaban, pero le confirmó que al fin él vencería.

San Simón de Rojas, maestro del santo durante su noviciado

Dos grandes santos lo ayudan en su obra

En Roma sus superiores lo habían precedido y minado el terreno, de manera que se vio prácticamente solo. No totalmente, pues recibió el consuelo y amparo de dos grandes santos: San Camilo de Lelis, fundador de los Camilos, y el gran San Francisco de Sales, entonces obispo electo de Ginebra, y había ido a Roma para recibir su consagración episcopal. También este santo le predijo los sufrimientos por los cuales tendría que pasar, y que Dios bendeciría sus esfuerzos. Casi dos años después, finalmente, el Papa concedió el Breve de aprobación de los Trinitarios Descalzos y Reformados, autorizándolos a erigirse en una nueva Orden, con superiores propios y constitución diferente.

De regreso a España, Fray Juan Bautista entró en posesión del convento de Valdepeñas. Pero durante la noche los religiosos antiguos, que habían dejado el convento al rechazar la reforma, invadieron el edificio, amarraran al santo con cuerdas y lo arrastraron por el claustro. Quisieron lanzarlo dentro de un pozo, pero después, dado su estado de debilidad, resolvieron colocarlo en la prisión. Finalmente, a la mañana siguiente, temiendo la represión del poder civil, estos pésimos religiosos liberaron a su superior y huyeron.

Fray Juan Bautista quedaba así solo, con su reforma. Pero en breve la Providencia suscitó nuevos súbditos, y luego se le unieron dieciséis frailes deseosos de una vida más perfecta.

Después de haber hecho un año de noviciado juntamente con los frailes fieles, Fray Juan Bautista pronunció de nuevo sus votos. La reforma estaba salvada.

Convencido de que, para un religioso de su orden, debe haber una protección contra las dignidades contrarias al espíritu de humildad que deberían seguir, obtuvo del Papa que, a los tres votos de obediencia, pobreza y castidad, fuese añadido un cuarto, por el cual no podían procurar, ni aun indirectamente, ninguna dignidad. En ese sentido, se lee en sus escritos: “Claro está que si yo te amo, Señor, no tengo de querer en esta vida honra ni gloria, sino padecer por tu amor” (Obras, VIII, 128). Este voto, en vez de apartar a los candidatos, atrajo muchas vocaciones.

En pocos años fueron fundados ocho conventos de la reforma, y en 1605 Fray Juan Bautista fue elegido Provincial.

Cuando tuvo lugar la fundación del convento de Madrid, muchos de sus religiosos, juzgándolo muy severo, pidieron al Nuncio Apostólico un visitador para templar los rigores de la regla. El nuevo Provincial los reunió, se puso de rodillas delante de ellos, se desnudó el dorso y les dijo: “Si yo soy la causa de esta tempestad, lanzadme al mar, yo lo consiento. Batid en mi espalda, yo la abandono a vuestros golpes. Pero yo os conjuro: salvad la reforma”. El visitador nombrado rindió los más entusiastas elogios del santo, que retomó su oficio de superior.

Convento de los Trinitarios en Córdoba, donde residió el santo

Milagros portentosos aún en vida

Citamos aquí apenas uno de los numerosos milagros del santo, en vida, por su aspecto pintoresco. En la construcción de cierto convento, un albañil llevaba una enorme piedra a lo alto de los andamios, cuando perdió el equilibrio y cayó con la piedra. Fray Juan Bautista, levantando la mano, gritó: “¡En nombre del Altísimo, paren!” Tanto el albañil como la piedra pararon en el aire, después de lo cual, a una nueva orden del santo, comenzaron a bajar suavemente hasta alcanzar el suelo.

Al fin, Fray Juan Bautista de la Concepción, acabado por los innumerables trabajos y penitencias, llegó al término de su vida. Con apenas 52 años de edad, rindió su alma a Dios el día 14 de febrero de 1613, exclamando: “Señor, vos bien sabéis que yo hice todo lo que pude para ejecutar vuestras órdenes”.2 Fue beatificado por Pío VII el 26 de setiembre de 1819 y canonizado por Paulo VI el 25 de mayo de 1975.     


Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, Bloud et Barral, París, 1882, t. II, p. 518.
2. Obras consultadas:

  • P. Jean Croisset, Año Cristiano, Saturnino Calleja, Madrid, 1901, t. I, p. 550 y ss.
  • P. José Leite  S.J., Santos de Cada Día, Editorial A. O., Braga, 1993, vol. I, p. 223 y ss.
  • Dr. Eduardo María Vilarrasa, La Leyenda de Oro, L. González y Cía., Barcelona, 1896, t. I, p. 432 y ss.




  




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