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«Tesoros de la Fe» Nº 57 > Tema “Múltiples expresiones de la devoción mariana”

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¿Por qué celebrar los dolores de María?


El día 15 de este mes, los católicos celebramos la fiesta de los Siete Dolores de María, en honor a Mater Dolorosa. Sólo llegan a comprender a la Santísima Virgen aquellos que comparten con Ella sus dolores y sus preocupaciones.


Valdis Grinsteins


Muchas personas deformadas por la mentalidad neopagana de nuestros días, juzgan al menos insólita la fiesta en que la Iglesia conmemora los Dolores de María Santísima. ¿Celebrar el dolor? ¿Conmemorar la tragedia de la Crucifixión?

Prefieren poner estas fechas de lado y celebrar sólo aquello que es alegre: la Navidad, la Resurrección, la Asunción de María. Modo de pensar equivocado, pues mutilar de esa manera lo que la doctrina católica enseña es lo mismo que admitir que: “Dios en alguna cosa debe haberse equivocado”. No son pocos los presuntuosos que se convencieron de poder crear el mundo mejor de lo que Dios lo hizo, y gobernar la Iglesia de modo más perfecto que el Espíritu Santo. Si la Iglesia propaga esta devoción es porque altísimas razones la llevan a ello. ¿Cómo explicarlas?

Idea equivocada e idea correcta

Observando la forma en que hoy se gobierna, son numerosas las personas que sueñan con ser el mejor amigo de quien se halle en la cima del poder. Piensan ellas que tal posición les permitirá obtener cargos, honras y otras formas de privilegio. Ni pasa por sus cabezas que eso no debe ser así. Pero en la época en que la doctrina católica influenciaba profundamente a gobiernos y gobernantes, la mentalidad reinante era muy diferente a ésta. Ejercer un alto cargo, ser pariente o amigo del rey, no consistía sólo en recibir beneficios. Implicaba serias responsabilidades como, por ejemplo, ir a la guerra. Los plebeyos normalmente combatían en las guerras, pero los nobles y los más próximos del monarca estaban obligados a participar de la actividad bélica. No sé si hoy muchas personas quisieran ser ministros, en caso que estuvieran obligados a combatir en los frentes de batalla.

Esto se explica, pues la doctrina católica siempre enseñó que quien más recibe del Creador debe dar más a Dios. Es la parábola de los talentos. Si Dios concede un don, según su justicia, Él espera que le sea devuelto lo que fue cedido, añadiendo algo de más. Ésta es la verdadera idea de lo que significa ser preferido por el gobernante: estar dispuesto a dar más que los otros, que recibieron menos.

Pues bien, Nuestra Señora fue la criatura más agraciada con dones divinos. Dones, talentos, gracias y revelaciones, Ella las tuvo más que nadie. Y siendo perfectísima, quiso devolver, con el añadido de su correspondencia a la gracia, aquello que recibió del Creador. En eso consiste el verdadero amor a Dios. Dios pidió a la Santísima Virgen cosas que no le fueron solicitadas a una persona común, y Ella de forma admirable Ella correspondió a tal pedido.

Por ejemplo, estar al pie de la Cruz, viendo a su Hijo expirar. Y Ella aceptó tal sufrimiento dilacerante, porque ésa era la voluntad de Dios. ¿Cuántas madres tolerarían eso? ¿Cuántas, si fuesen sujetas a esta prueba, no juzgarían que “Dios estaría exagerando”? Nuestra Señora nunca se quejó, dándonos un ejemplo admirable de sumisión a la voluntad divina.

Fiesta con raíces en la Historia

Cuando la Santa Iglesia celebra los Dolores de María, en realidad conmemora su maravillosa correspondencia a las gracias recibidas. Celebra su perseverancia, su fuerza materna, su inamovible fidelidad a los pedidos divinos, por arduos o incomprensibles que parezcan ser. Ella sufrió muchísimo, y quedamos admirados al ver cómo llevó su cruz hasta el fin, sin quejas, desfallecimientos ni susceptibilidades. Siendo la Madre de Dios, en rigor podría haberle pedido a su Divino Hijo que le presentase una cruz menor. Ni sombra de ello. Por el contrario, siempre continuó presente en su espíritu la respuesta que le dio al Arcángel San Gabriel: “He aquí la esclava del Señor”.

Habiendo sido Ella así, puede pedirnos que la imitemos. Si queremos amar a Dios como Ella lo hizo, debemos también estar dispuestos a dar más que aquellos infelices que ni lo aman ni lo conocen. Pero, ¿ésta es la realidad? La respuesta, la encontramos en una lejana aparición, que está en el origen de esta devoción.

La gran Santa Brígida, princesa sueca que vivía en Roma en el siglo XIV, tuvo numerosas e impresionantes apariciones de Nuestro Señor y de su Santísima Madre. Cierto día Nuestra Señora le reveló lo siguiente: “Miro a todos los que viven en el mundo para ver si hay quien se compadezca de Mí y medite mi dolor, pero encuentro poquísimos que piensen en mi tribulación y padecimientos. Por eso tú, hija mía, no te olvides de Mí que soy olvidada y menospreciada por muchos. Mira mi dolor e imítame en lo que pudieres. Considera mis angustias y mis lágrimas y duélete de que sean tan pocos los amigos de Dios” (cf. www.corazones.org/maria/siete_dolores.htm).

La Orden de los Siervos de María ya difundía desde el siglo XIII una oración recordando los siete episodios más dolorosos de la vida de Nuestra Señora. Y con el tiempo los hechos arriba mencionados acabaron fundiéndose en la actual devoción.

¿Una lamentación inútil?

Algún lector podría pensar lo siguiente: No entiendo por qué Nuestra Señora desea que meditemos sus dolores. Admirar su fidelidad, lo entiendo. ¿Pero quedarse pensando en lo que sufrió? ¿De qué sirve eso? Una ley de la vida es la siguiente: quien admira, termina pareciéndose a lo que admiró. Si discernimos algo admirable, terminamos imitándolo, concientemente o no. Lo mismo ocurre cuando meditamos los dolores de María Santísima. El solo hecho de hacerlo, acaba inclinándonos a ser como Ella. Y esto, a su vez, nos mueve a actuar como Ella.

Si prestamos atención a la revelación hecha a Santa Brígida, constataremos que Nuestra Señora no pide solamente que meditemos. Después de solicitar que pensemos en Ella, recomienda que la imitemos en la medida de lo posible. O sea, que la imitemos en su oración continua, en su deseo de sacrificio, en su fidelidad a las gracias recibidas. Notemos bien que nunca podremos llegar al grado de perfección que Ella alcanzó, y por eso hacemos la salvedad “en la medida de lo posible”. La Santísima Virgen no nos pide cosas imposibles.

Pero está perfectamente a nuestro alcance la mayor de todas las armas en esta batalla espiritual: la oración. Cuántas personas lamentan el número de drogadictos entre los jóvenes, pero no se acuerdan de rezar para que ese imperio de las drogas se derrumbe, sean castigados los responsables y auxiliadas sus víctimas. Otros lamentan la existencia del crimen organizado, pero no rezan por la restauración del orden. Muchos desean el fin del desorden moral en el país, pero ni se acuerdan ni hablan de la necesidad de oraciones.

Y no basta rezar. Fácilmente podemos hacer más que eso. En medio de la desgracia, cuántas y cuántas veces un apoyo espiritual puede significar de un valor incalculable. Si no, que lo digan aquellos que sufrieron la pérdida de un familiar cercano y recibieron un apoyo moral. Nada nos impide hacer una llamada telefónica para apoyar a aquellos que, por ejemplo, luchan contra el aborto. Si pudiéramos hacer más, como desenmascarar a los que quieren la implantación del aborto, será aún mejor.

Pero en el fondo, de lo que Nuestra Señora se queja a Santa Brígida es de la indiferencia y el olvido. Que son, dicho sea de paso, síntomas de egoísmo. Nos quedamos pensando en nosotros mismos y en nuestra pequeña vida particular, y nos olvidamos que Dios y su Santísima Madre son ofendidos. Actitud diametralmente contraria a la de Nuestra Señora, que vivía pensando en Dios y olvidándose de sí misma. ¡Cuántas personas, si fuesen colmadas de bienes, pronto se olvidarían del resto y quedarían pensando sólo en la forma de disfrutarlos! Un alma con grandeza semejante a la de María Santísima hace exactamente lo contrario. Cuanto más recibe, más piensa en cómo retribuir, o sea, cómo alabar a Dios y combatir a sus enemigos.

¡Ésta es una oportuna meditación para el presente mes, durante el cual la Santa Iglesia conmemora la festividad de Nuestra Señora de los Dolores!     





  




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