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«Tesoros de la Fe» Nº 57 > Tema “Otras religiones”

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La fe sin obras es una fe muerta


PREGUNTA

La paz de Cristo. Quisiera expresar mi discrepancia con las explicaciones de los pasajes sobre el ladrón en la cruz y la parábola del rico y de Lázaro. El Apóstol San Pablo, uno de los formadores de la espina dorsal de la doctrina del Nuevo Testamento, es muy claro en sus palabras (Ef. 2, 8 y 9): “Porque de pura gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no viene de vosotros, siendo un don de Dios; tampoco en virtud de obras, para que nadie pueda gloriarse”. Queda claro, en este y en muchos otros textos del Nuevo Testamento, que el único elemento necesario para la salvación del hombre es la fe en Cristo Jesús. “Pero a todos los que le recibieron, que son los que Creen [sic, en mayúscula] en su nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn. 1, 12). Vale aún mencionar las palabras de Pablo (Rom. 3, 16): “Sabemos, con todo, que el hombre no es justificado por las obras de la ley, pero sí por la fe en Jesucristo. Nosotros también hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado”. Desde ya le agradezco su atención. En la gracia de Cristo Jesús.



PREGUNTA

La presente sección de Tesoros de la Fe tiene por finalidad la orientación y formación de los católicos; por lo tanto, es a ellos que se dirige primordialmente. Pero curiosamente, es leída también por protestantes, que han manifestado frecuentemente su desacuerdo, a veces en términos agresivos, otras veces en términos comedidos, como es el caso de la presente misiva. Nos pareció conveniente, como excepción, aprovechar la ocasión para señalar a nuestros lectores una de las equivocaciones fundamentales de la exégesis protestante, que los lleva a no aceptar la interpretación católica de las Sagradas Escrituras. Quizás esto pueda ayudar a las almas rectas que entre ellos existan a reencontrar el camino de la verdad y aceptar la enseñanza de la Iglesia.

La mentalidad racionalista condujo al protestantismo

El protestantismo nació bajo el signo del racionalismo, que, principalmente a partir del teólogo franciscano inglés Guillermo de Ockham (1285-1349), comenzó a contagiarse a los medios católicos, y fue haciendo su camino hasta ser, por así decirlo, codificado por el filósofo francés René Descartes (1596-1650) en su tristemente célebre Discurso del método. A medio camino, el racionalismo infectó al fraile agustino Martín Lutero (1483-1546), creador del protestantismo.

El racionalismo se caracteriza por una simplificación artificial del raciocinio, que lo inhabilita para percibir la realidad en toda su complejidad, llena de gamas y matices. Como alguien que quisiese dibujar una curva con una secuencia de segmentos rectos... No sin razón, Pascal lo comparó al raciocinio geométrico (esprit geométrique), en oposición al espíritu de finura (esprit de finesse), que sabe captar y moldearse a la multiplicidad de aspectos de los seres, hechos y situaciones.

La carta que estamos analizando se orienta a defender la conocida tesis protestante de la sola fide, ya refutada en esta sección en el nº 45 de Tesoros de la Fe (setiembre de 2005). Es decir, la falsa tesis de que “el único elemento necesario para la salvación del hombre es la fe en Cristo Jesús”, como lo afirma quien me escribe. En consecuencia, para él, como para los protestantes en general, no hay necesidad de las buenas obras para alcanzar la salvación: el individuo puede pecar a su antojo, cometer los mayores crímenes; si tiene fe, se salvará. Es una doctrina muy cómoda, pero falsa, y evidentemente no lleva a la salvación. Mi interlocutor aduce en su defensa dos textos de San Pablo, que analizaremos en seguida.

La fe, sin obras, está muerta en sí misma

Antes de hacerlo, sin embargo, conviene señalar desde ya la falta de sentido común del raciocinio, característica de la mentalidad racionalista. La fe en Jesucristo es necesaria para la salvación, ¡claro está! ¡Pero si yo tengo fe en Cristo Jesús, debo ser coherente en seguir sus mandamientos, y por lo tanto practicar las buenas obras que Él mandó! ¿Qué sentido tiene la fe en Jesucristo y no llevar la vida conforme a sus enseñanzas? Por eso dijo Jesús a los fariseos: “¿Y por qué vosotros mismos traspasáis el mandamiento de Dios? [...] ¡Hipócritas! Con razón profetizó de vosotros Isaías, diciendo: Este pueblo me honra con los labios; pero su corazón lejos está de mí (Mt. 15, 3 y 7-8). Y en el Evangelio de San Juan (14, 15): “Si me amáis, guardadmis mandamientos”. De donde concluye San Juan: “Quien dice que lo conoce [a Dios] y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él” (I Jn. 2, 4).

Lutero tuvo la desfachatez de excluir la Epístola de Santiago de la lista de los libros canónicos...

El Apóstol Santiago resume toda esa doctrina de modo lapidario: “¿De qué servirá, hermanos míos, el que uno diga tener fe, si no tiene obras? ¿Por ventura a éste tal la fe podrá salvarle? [...] Así la fe, si no es acompañada de obras, está muerta en sí misma. [...] Pero ¿quieres saber ¡oh hombre vano! cómo la fe sin obras está muerta? Abraham nuestro padre, ¿no fue justificado por las obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves cómo la fe acompañaba a sus obras, y que por las obras la fe vino a ser consumada? [...] ¿No veis cómo el hombre se justifica por las obras, y no por la fe solamente? [...] En suma, como un cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta (Stgo. 2, 14-26).

El trecho es tan concluyente, que Lutero, para salvar la doctrina que había inventado, ¡tuvo la desfachatez de excluir la Epístola de Santiago de la lista de los libros canónicos!... Exclusión inútil, pues, como vimos, ella no es más que la conclusión lógica de las palabras de Nuestro Señor relatadas por San Mateo y San Juan, que citamos en el párrafo anterior.

¿De qué obras habla el Apóstol San Pablo?

No obstante, San Pablo afirma taxativamente que “delante de él [de Dios] ningún hombre será justificado por las obras de la ley” (Rom. 3, 20). Y más adelante dice: “Así que, concluimos ser justificado el hombre por la fe sin las obras de la ley” (Rom 3, 28). [Nuestras referencias a la Sagrada Escritura difieren, pues naturalmente mi opositor utilizó una versión protestante, con otra numeración de los versículos].

“¡Ahí está ––gritará él–– la doctrina de Pablo contradice a la de Santiago!”

La exégesis católica, ante esta aparente contradicción, analiza profundamente el texto en cuestión, para ver exactamente en qué contexto se encajan las palabras de uno y otro Apóstol, pues no existe contradicción en la doctrina revelada.

Ahora bien, leyendo todo el trecho de San Pablo, se ve que él no está hablando de las buenas obras de modo general, sino solamente de ciertos preceptos de la ley mosaica que cabía a los judíos observar, y que algunos de éstos, ya convertidos al cristianismo, querían que los gentiles también convertidos observasen —como la circuncisión, por ejemplo—, a lo que San Pablo se oponía. Esta cuestión fue llevada a San Pedro y los demás Apóstoles reunidos en Jerusalén, los cuales, en el llamado Concilio de Jerusalén, el primer concilio de la Iglesia, resolvieron de acuerdo con el parecer de San Pablo (cf. Hechos 15, 1-34).

A la luz de estos esclarecimientos, releamos a San Pablo: “Ahora, pues, ¿dónde está [¡oh judío!] el motivo de gloriarte? Queda excluido. ¿Por qué ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Así que, concluimos ser justificado el hombre por la fe sin las obras de la ley. ¿Es acaso Dios de los judíos solamente? ¿No es también de los gentiles? Sí por cierto, de los gentiles también. Porque uno es realmente el Dios que justifica por medio de la fe a los circuncidados, y que con la misma fe justifica los no circuncidados. ¿Luego nosotros, destruimos la ley por la fe? No hay tal, antes bien confirmamos la ley (Rom. 3, 27-31).

Más adelante, prosigue San Pablo: “En este sentido David llama bienaventurado al hombre a quien Dios imputa la justicia sin las obras [...]. ¿Y esta dicha es sólo para los circuncisos? ¿No es también para los incircuncisos? Acabamos de decir que la fe se reputó a Abraham por su justicia. ¿Y cuándo se le reputó? ¿Después que fue circuncidado, o antes de serlo? Claro está que no cuando fue circuncidado, sino antes. Y así él recibió la marca de la circuncisión, como un sello de la justicia que había adquirido por la fe, cuando era aún incircunciso; para que fuese padre de todos los que creen sin estar circuncidados, a quienes se les reputase también por justicia” (Rom. 4, 6 y 9-11).

Queda claro que las obras a las cuales San Pablo se está refiriendo son aquellos preceptos legales (ceremoniales) que los judíos debían observar como ratificación de su Alianza con Dios, como la circuncisión, repetidamente mencionada, la cual no había necesidad de imponer a los gentiles convertidos. Mientras que los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, dados a Moisés en el Monte Sinaí, constituyen una síntesis de la Ley Moral, que tanto circuncisos cuanto incircuncisos deben observar, lo cual resulta en la práctica de buenas obras. No hay, pues, contradicción entre San Pablo y Santiago.

El otro trecho alegado por mi objetante es la Epístola a los Efesios: “Porque de pura gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no viene de vosotros, siendo un don de Dios; tampoco en virtud de vuestras obras, para que nadie pueda gloriarse” (Ef. 2, 8-9).

Aquí tenemos un típico ejemplo del vicio protestante de aislar una frase de la Escritura y comenzar a raciocinar a partir de ella, sin verificar el contexto. Pues bien, bastaría que mi objetante hubiese leído el versículo siguiente, para percibir que Dios no dispensa la práctica de las buenas obras: “Por cuanto somos hechura suya, creados en Jesucristo para obras buenas, preparadas por Dios para que nos ejercitemos en ellas (Ef. 2, 10).

¿Cuál es la interpretación auténtica de este versículo, dada por la Iglesia Católica? Es que las buenas obras son dispuestas por Dios en nuestro camino, es decir, Él es quien nos da el impulso (la gracia) para que las practiquemos, de modo que toda la fuente de ellas viene de la gracia de Dios. Ni por eso Dios dispensa a nuestra predisposición a la cooperación, sin la cual Él no nos salva. Esa cooperación —por lo tanto, fruto de la gracia— es necesaria, y en consecuencia meritoria para que alcancemos la salvación. De ahí la frase lapidaria del gran San Agustín: “Qui creavit te sine te, non salvabit te sine te” (Aquel que te creó sin tu cooperación, no te salvará sin tu cooperación — Serm. 169, XI; PL 38, 923).

Como se ve, estamos ante raciocinios un tanto complejos, poco del gusto de la mentalidad racionalista, pero no por eso dejan de ser enteramente verdaderos!     





  




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