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«Tesoros de la Fe» Nº 25 > Tema “Múltiples expresiones de la devoción mariana”

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Spes nostra salve

“...esperanza nuestra, Dios te salve”

Optimismo, pesimismo, realismo: ¿cuál es la posición que debemos tomar delante de los hechos contemporáneos? Plinio Corrêa de Oliveira responde a esta cuestión apremiante y de la mayor actualidad, en un artículo escrito para «Catolicismo»¹ años atrás...



Antes de responder la pregunta, es preciso dar a los términos su verdadero significado.

En rigor, realista es quien ve los hechos tal cual ellos son.

Optimista sería, pues, quien por un defecto de visión, imaginase los hechos con un aspecto más risueño del que en realidad presentan; y pesimista quien, por un defecto simétrico y opuesto, los viese de colores más negros que los que efectivamente poseen. Así, sería realista un médico que tuviese una noción objetiva y verdadera del estado de su paciente; optimista el que se equivocase juzgando el mal menos grave de lo que en realidad es; y pesimista el que reputase el mal más grave de lo que es.

Con todo, en el lenguaje corriente, por una adaptación del significado de estas palabras, ellas son empleadas en sentido un tanto diferente. Si el médico, después de examinar al enfermo, llegase a la conclusión de que verdaderamente su estado no es grave, se diría que “está optimista” con relación al futuro de su paciente. “Optimista” no quiere decir, aquí, que el médico se haya equivocado y vea las cosas mejores de lo que son. Significa que las cosas son objetivamente tan auspiciosas que el médico espera reales mejorías. En sentido contrario, si la enfermedad fuese objetivamente grave, se diría que el médico “salió pesimista” de la consulta. Esta expresión no significaría que el médico se equivocó, juzgando el estado del enfermo más grave de lo que es. Significaría que el estado es muy grave, y en consecuencia se ha de esperar algo desagradable.

Definidos estos diversos sentidos de las palabras, se volverá más fácil y más preciso decir si se debe ser optimista, pesimista o realista.

Evidentemente, y en cualquier caso, se debe ser realista. Pues si realismo es la visión exacta de las cosas, y por oposición, optimismo y pesimismo son errores, se debe preferir estar en la verdad a estar en el error. Así, cuando oímos hablar de “sano optimismo”, por oposición crónica y necesaria al “pesimismo enfermizo”, tenemos muchas veces el deseo de sonreír: si el optimismo es una visión risueña pero deformada de la verdad, ¿cómo puede ser sano? ¿Cómo puede haber salud en la deformación?

Pero, se dirá, el optimismo sano consiste en, sanamente, ver las cosas con sus colores claros, cuando efectivamente ellas son claras. Concordamos. Pero en este caso no se debería hablar siempre de “pesimismo enfermizo”. Debería haber lugar también para un “sano pesimismo”, que consistiría en ver las cosas oscuras cuando efectivamente ellas son tales. Al contrario, para las personas que hablan constantemente de “sano optimismo”, el pesimismo es necesariamente “enfermizo”. Y, siempre que se está optimista, se es “sano”; como siempre que se está pesimista, se es “enfermizo”.

La posibilidad de un “pesimismo saludable” es precisamente lo que mucha gente quiere a todo trance negar.

Resumiendo, se debe ser siempre e inflexiblemente realista. Cuando la realidad es buena, se deben extraer de ella augurios optimistas, en el buen sentido de la palabra. Y cuando la realidad es mala se deben sacar de ella pronósticos pesimistas, también en el buen sentido de la palabra. “Optimismo sano”, “pesimismo sano”, son sólo expresiones legítimas y razonables, si se identificaren siempre e inexorablemente con el “realismo absoluto”.

Dicho esto, la pregunta sobre si debemos ser optimistas o realistas acerca de la época presente, se convierte en esta otra: si nuestra época justifica pronósticos buenos, o malos.

Es, pues, de lo que vamos a tratar.

*     *     *

Lo que está mal justifica pronósticos malos. Y lo que está bien justifica pronósticos buenos. Pues el efecto no puede tener cualidades que de algún modo no estén contenidas en la causa. Debemos, en consecuencia, preguntar si las cosas van bien o si van mal en nuestros días.

Evidentemente, nuestra época tiene aspectos buenos y aspectos malos, como todas las épocas históricas, aún las peores, o las mejores. Así, la situación del pueblo elegido cuando cometió el crimen del deicidio no era completamente mala. Los judíos, es verdad, rechazaron al Mesías y lo mataron; y en ello anduvieron mal. Pero cuando Nuestro Señor vino al mundo ellos eran fieles a la Sinagoga, y monoteístas, y en esto andaban bien.

Que una persona cuide de proveerse de los bienes necesarios o convenientes para su sustento, es un bien. Así, un ladrón, en la medida en que se preocupa con su futuro y desea proveer su propia subsistencia, está bien. Su pecado comienza apenas en el momento en que decide emplear medios ilícitos para atender a esta preocupación justísima en sí misma.

No todo, por lo tanto, en las intenciones del ladrón es malo. En ese sentido, en rigor, el propio acto de Judas, cuando robaba las limosnas que los Apóstoles reservaban para los pobres, y cuando por fin vendió al Hombre-Dios, tenía algo de legítimo, en cuanto significaba una apetencia de bienes necesarios para su sustento. Lo que no impidió que de Judas se pudiese decir “melius erat illi si natus non fuisset”,2 que en todas partes los ladrones sean castigados como delincuentes, y que el pueblo de Israel haya sufrido el más retumbante castigo de toda la Historia humana.

Así, pues, debemos reconocer que no juzga acertadamente a respecto de un hombre, de un país, de un siglo, quien se limita a distinguir el bien y el mal que en ellos pueda existir. Es necesario remontar, de esta legítima distinción de aspectos, a la unidad fundamental que existe en los hombres, y procurar ver, en la correspondiente unidad de sentido que estos aspectos, en su conjunto, deben presentar, cuál es la nota preponderante.

La cuestión, por lo tanto, se reduce a esta otra: de los múltiples aspectos de nuestra época, ¿qué visión unitaria y de conjunto se desprende? ¿Cuáles son los valores, los principios, los factores, los leitmotiv 3 que preponderan?

*     *     *

No cabe aquí hacer el inventario de lo que nos parece bien, de lo que nos parece mal, y después establecer lo que prepondera, si el bien o el mal. La tarea sería hercúlea, y difícilmente cabría en un libro. A fortiori no podría ser contenida en un artículo periodístico.

Plinio Corrêa de Oliveira

Sin embargo, no por esto quedaremos sin respuesta. Si queremos saber lo que prepondera en nuestros días, si la caridad de Nuestro Señor Jesucristo, o el espíritu del mundo, basta leer a San Pablo.

Según el Apóstol, las obras de la carne son: “adulterio, fornicación, deshonestidad, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, enojos, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriaguez, glotonerías y cosas semejantes” (Gál. 5, 19-21). Al contrario, los frutos del espíritu son: “caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (ibid. 22-23). No es necesario preguntar si lo que prepondera en nuestra época son las obras de la carne o los frutos del espíritu.

Tomemos la misma verdad desde otro ángulo. ¿Osaríamos decir que la civilización de nuestros días es aún preponderantemente cristiana? En este caso deberíamos reconocer que la corrupción de las costumbres, la avidez de lucro, las rivalidades, las luchas, el desorden universal que en ella preponderan son frutos propios y típicos de la influencia de la Iglesia. ¿Quién no ve que con eso blasfemaríamos? Así, pues, es forzoso reconocer la verdad: nuestra civilización no está formada por el espíritu de Jesucristo. Ella produce los frutos típicos de las civilizaciones dominadas por las tinieblas.

*     *     *

De esto, ¿qué se puede esperar? Con algunas décadas más de guerras, de discordias, de luchas entre naciones y clases, ¿a dónde iremos a parar? Si la corrupción de costumbres se acentuase con la creciente velocidad con que se viene desarrollando, ¿adónde estaremos de aquí a cincuenta años, por ejemplo en materia de bailes, de escotes, de familiaridad entre los sexos?

Si se quiere raciocinar con toda probidad, será forzoso reconocer que muy poco nos separa de la catástrofe total, y que, de continuar en esta línea, dentro de no mucho tiempo sufriremos un eclipse de cultura y de civilización análogo a la caída del Imperio Romano de Occidente.

¿Y cuál será, en ese mundo, el futuro de la Iglesia? ¿Será condenada a vivir algunos siglos más en las catacumbas? ¿Verá reducirse a un pequeño grupo insignificante el número de sus fieles?

*     *     *

El futuro sólo Dios lo conoce. Nadie podría razonablemente sorprenderse si toda la estructura de la actual civilización se llegara a desmoronar fragorosa y trágicamente, en un gran baño de sangre. Pero hay una razón —y no es la única— para esperar que la Providencia no permitirá que la Santa Iglesia vuelva a las catacumbas por mucho tiempo. Es que, entre las desolaciones de la época presente, ya existe un prenuncio de victoria: la acción, por así decir visible, de la Virgen Santísima en la tierra.

Desde Lourdes, desde Fátima, hasta los días de hoy, cuanto más la crisis universal crece de grado, tanto más las intervenciones de María Santísima se vuelven numerosas y palpables. Se combate la devoción a Nuestra Señora, no sólo fuera de la Iglesia sino —horribile dictu— hasta en ciertos medios que son o se suponen católicos. Pero es en vano. Se ve que aquí, allá y más allá la Virgen Santísima continua atrayendo hacia sí a miles de almas, y desarrollando un plan de regeneración que evidentemente conduce a un grande y espectacular desenlace.

Todas las circunstancias parecen adecuadas a un triunfo inmenso de la Virgen. La crisis es trágica. Ella se aproxima al auge. Los medios humanos de salvación están por así decirlo inutilizados. No merecemos cualquier gracia señalada, sino apenas castigos y más castigos por nuestros pecados. Todas las características de una situación humanamente perdida parecen acumularse, no sólo típica sino arque típica mente en el momento presente.

¿Quién nos podrá salvar? Solamente quien tuviese hacia nosotros una complacencia sin límites, una complacencia de Madre, de Madre ilimitadamente buena, generosa, compasiva. Pero sería necesario que esta Madre fuese al mismo tiempo más poderosa que todas las fuerzas de la tierra, del infierno y de la carne. Sería necesario que fuese omnipotente junto al mismo Dios, justísimamente irritado por nuestros pecados. Salvarnos en esta situación sería la más rutilante de las manifestaciones del poder de una tal Madre.

Ahora bien, esa Madre la tenemos. Ella es Madre nuestra y Madre de Dios. ¿Cómo no percibir que tantos desastres y tantos pecados, por así decirlo, claman por la intervención de María Santísima? ¿Y cómo no percibir que Ella atenderá ese clamor?

¿Cuándo? ¿Durante el gran drama que se aproxima? ¿Después de él? No lo sabemos. Sin embargo, una cosa parece absolutamente probable: es que María Santísima no prepara para la Santa Iglesia, como desenlace de esta crisis, siglos de agonía y de dolor, sino una era de triunfo universal.

*     *     *

Y es así que, con los ojos puestos en María Santísima, con toda serenidad podemos responder a la pregunta sobre si se debe ser optimista o pesimista: un sano pesimismo nos debe persuadir de que merecemos todo, y tal vez suframos mucho, muchísimo; pero un optimismo sano y sobrenatural nos debe persuadir de que el triunfo de la Iglesia se está preparando en los dolores de nuestros días, por el aplastamiento completo del espíritu del siglo.

Este pesimismo, este optimismo, constituyen un realismo sano, porque toman en consideración una gran realidad sin la que cualquier visión de los problemas humanos es errada: la Providencia de María.     


Notas.-

1. Publicado en Catolicismo, nº 17, mayo de 1952.
2. “Mejor le sería no haber nacido” (Mc. 14, 21).
3. Voz alemana que significa “motivo conductor”.



  




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