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«Tesoros de la Fe» Nº 148 > Tema “Dogmas”

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La doctrina del pecado original


PREGUNTA

El párroco de una iglesia en la capital de la región en que vivo, recientemente, en una reunión con el grupo de laicos, afirmó categóricamente que la doctrina sobre el pecado original no es aceptada universalmente por la iglesia y que se trata de un pensamiento de San Agustín. Sin embargo, es conocido que los Padres de la Iglesia, los mayores santos y el Magisterio Pontificio han enseñado reiteradamente la doctrina del pecado original como verdad de fe. ¿Qué le debo responder al mencionado padre?


RESPUESTA

La doctrina del pecado original no sólo es una verdad de fe, sino que es una verdad fundamental de nuestra fe. Fundamental significa que es una de las verdades sobre las cuales se construye todo el edificio de nuestra fe: retirada esa piedra, todo el edificio de la fe católica se viene abajo, se desmorona.

Precisamente bajo el título: El pecado original: una verdad esencial de la fe, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma categóricamente, en su nº 389: “La doctrina del pecado original es, por así decirlo, el reverso de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todos los hombres, que todos necesitan salvación y que la salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo. La Iglesia, que tiene el sentido de Cristo (cf. 1 Cor 2, 16) sabe bien que no se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo”.

En otras palabras, si el pecado original no existió, cabe preguntar: ¿qué vino a hacer Jesucristo en la tierra y en qué sentido Él es nuestro Salvador y Redentor?

El Catecismo añade a continuación (nº 390) que “la Revelación nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres”. Y remite, como fuente de esa afirmación, al Concilio de Trento (cf. Denzinger-Shönmetzer [D-S] nº 1513), además de Pío XII (D-S nº 3897) y Paulo VI (AAS vol. 58, 1966).

Se trata, pues, de un punto perfectamente establecido en la doctrina católica. Y es realmente extraño que un párroco pueda afirmar, en una reunión con sus feligreses, que la doctrina del pecado original ¡no es aceptada universalmente por la Iglesia!

El consultante puede entonces mostrarle a su párroco los dos tópicos arriba citados y preguntarle si piensa que el Catecismo de la Iglesia Católica está equivocado en ese punto...

Cómo entra San Agustín en la historia

Para el mencionado párroco, ésa sería una doctrina expuesta por San Agustín, aunque no sea aceptada universalmente por la Iglesia. Corresponde, pues, recapitular algunos puntos de la historia de la Iglesia, en que San Agustín se batió valientemente contra la herejía del pelagianismo, la cual negaba precisamente la doctrina del pecado original.

La narración de esta epopeya es hecha, muy resumidamente, en diez páginas del tomo I de la Historia de la Iglesia Católica de la BAC (Biblioteca de Autores Cristianos), de autoría del P. Bernardino Llorca S.J. (pp. 542-561, 2ª ed.,1955). Como disponemos de pocas líneas para terminar el presente artículo, el lector tendrá que contentarse con un resumen del resumen…

La doctrina pelagiana

El monje Pelagio, proveniente (no se tiene seguridad) de Gran Bretaña, aparece en Roma a principios del siglo V, donde pronto alcanzó gran fama como director espiritual, reuniendo a su alrededor a muchos admiradores, principalmente doncellas y matronas, más o menos amigas de novedades. Era ayudado por otro monje, Celestio, mucho más habilidoso que su maestro en las discusiones.

Pelagio y Celestio predicaban que el hombre, sin necesidad de ningún auxilio sobrenatural, puede evitar todo pecado y practicar todas las buenas obras. Eso porque la naturaleza humana es tan perfecta como la de Adán antes del pecado, teniendo en vista que el pecado de Adán fue sólo de Adán, y no se transmitió a sus descendentes. No existió, por lo tanto, pecado original, y la naturaleza humana continuó siendo perfecta e incontaminada, capaz de todo bien sin el menor auxilio de la gracia. Es fácil hacer el bien, decían, basta quererlo. Todo depende de nosotros mismos.

En el célebre cuadro de la Anunciación, de Fra Angélico, que se exhibe en el Museo del Prado en Madrid, aparecen al lado izquierdo Adán y Eva siendo expulsados del Paraíso, después de su prevaricación. Del otro lado, el arcángel San Gabriel anuncia a la Virgen María, que Ella sería la Madre de Jesucristo, que venía a la tierra para redimir a los hombres del pecado original, que heredaron de nuestros primeros padres por la vía hereditaria. La herejía pelagiana rechaza la doctrina del pecado original y deja sin sentido la obra salvadora de Jesucristo.

Las consecuencias de esta doctrina son fáciles de deducir. La obra redentora de Jesucristo resultaba completamente inútil. La satisfacción obtenida por Cristo era superflua. Jesús nos ayuda solamente con su ejemplo. Sus méritos y gracias no hacen falta al hombre. La oración es también superflua, ya que el hombre tiene, con sus propias fuerzas, entera suficiencia. Es lo que los autores católicos llaman soberbia pelagiana.

Cuando esta nueva ideología contaba ya con una multitud de partidarios en la Ciudad Eterna, ocurrió la incursión de los visigodos en Roma el año 410, capitaneados por Alarico. Pelagio y Celestio huyeron a Cartago. Pelagio se trasladó enseguida al Oriente, mientras que Celestio permaneció en Cartago, defendiendo con ardor las nuevas ideas.

San Agustín comienza su intervención

El primero en llamar la atención hacia los errores del pelagianismo fue Paulino, un diácono originario de Milán. En un sínodo realizado en Cartago, en 411, señaló los peligros de la nueva ideología. El concilio, alarmado y viendo que Celestio no quería retractarse, lanzó una excomunión contra él, condenando al mismo tiempo las siete proposiciones que constituyen la síntesis del pelagianismo,entre las cuales destaco aquí la tercera: “Los niños recién nacidos se encuentran en el mismo estado que Adán antes de su caída”. El sacramento del bautismo les era, por lo tanto, superfluo. Desenmascarado, Celestio emigró al Oriente, estableciéndose en Éfeso, donde consiguió ser ordenado sacerdote.

San Agustín, ocupado hasta entonces con el problema de los donatistas (que sostenían el error de que un sacramento no vale por sí, sino por la integridad del clérigo que lo administra), a partir del 412 pasó a ocuparse también de los pelagianos, escribiendo una serie de obras. En ellas, rebate la doctrina de que el pecado de Adán sólo se transmite por imitación, no por propagación, y defiende la existencia del pecado original en todos los hombres,de donde se deduce la necesidad del bautismo para todos los hombres, inclusive para los niños. En otra obra, rebate el primer subterfugio de los herejes, que hablaban de una gracia meramente extrínseca, consistente en la ley y en los preceptos evangélicos, y prueba que la gracia debe ser interna, con la verdadera santificación de la voluntad.

Uno de los libros fundamentales de San Agustín en esta materia, compuesto el año 415, bajo el título De la naturaleza y de la gracia, vuelve a señalar que la naturaleza humana, viciada por el pecado original, necesita absolutamente de la gracia interna para obrar bien; e insiste en la gratuidad del don de la gracia, que depende únicamente de la benevolencia de Dios.

Por estos ejemplos, el lector puede percibir la profundidad con que San Agustín trató del asunto, y cómo su actuación fue verdaderamente providencial para debelar la herejía pelagiana.

Faltaría mostrar cómo esa herejía acabó siendo condenada —después de muchas peripecias y vacilaciones— por tres papas sucesivos, y finalmente por el Concilio de Éfeso, el año 431, y el papel fundamental de San Agustín para tal desenlace. Pero ello desbordaría el espacio disponible.

Cabe apenas dejar un registro: la luz que San Agustín lanzó sobre el tema atravesó los siglos y llegó hasta nuestros días, como lo prueba el Catecismo de la Iglesia Católica, que citamos al comienzo. El cual fue publicado en 1992, con todas las autorizaciones eclesiásticas.



  




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