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«Tesoros de la Fe» Nº 175

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Inquietudes sobre el ángel de la guarda

Monseñor JOSÉ LUIS VILLAC

Pregunta

Tengo algunas dudas para las cuales busqué respuesta en libros y páginas católicas en internet, pero no encontré nada al respecto: 1) La primera trata del destino de nuestro ángel de la guarda después de la muerte de uno: ¿vuelve al cielo o pasa a ser ángel de la guarda de otra persona que nace?; 2) ¿nuestro ángel de la guarda tiene influencia para evitar que cometamos pecados?; y, 3) ¿es verdad que así como existe un ángel de la guarda para cada persona, hay también un demonio específico para acompañar y tentar a cada uno?

Respuesta

Interesantes preguntas, que ciertamente despertarán también la curiosidad de otros lectores de Tesoros de la Fe . Curiosidad espiritual sana, que concierne a los santos misterios de nuestra religión y que, por lo tanto, eleva las almas a Dios.

Salvedades preliminares

Los ángeles son citados numerosas veces en la Sagrada Escritura, en circunstancias diversas y muchas de ellas de primera importancia.

Basta mencionar la aparición del ángel san Gabriel a la Virgen María para anunciarle la Encarnación del Hijo de Dios y solicitar su consentimiento para que ese acontecimiento máximo de la historia humana se operase, por obra del Espíritu Santo, en su sacratísimo vientre. Podríamos llenar todo el espacio disponible para este artículo simplemente mencionando los episodios trascendentes en que los ángeles actúan en el transcurso de la Historia Sagrada. Con esto, la teología católica tiene condiciones de definir los elementos esenciales de la naturaleza angélica y de su misión en la obra de la Creación.

Sin embargo, cuando se trata de descender a pormenores —como los que el consultante presenta— las narraciones que constan en la Sagrada Escritura no son suficientes para aclarar varios aspectos de la actuación de los ángeles.

Por eso, incluso los llamados Padres de la Iglesia y escritores eclesiásticos de los primeros siglos del cristianismo encontraron dificultad en construir una doctrina homogénea y suficientemente completa sobre los ángeles.

Lo consiguió finalmente santo Tomás de Aquino, en su tratado sobre los ángeles, en las cuestiones 50 a 64 de la parte I de la Suma Teológica aprovechando el material elaborado por sus antecesores y armonizándolos en un cuerpo doctrinario coherente. Justamente, el padre Aureliano Martínez OP, en su introducción al Tratado de los Ángeles de santo Tomás, explica por qué el Doctor Angélico, “deslindando sabia y perfectamente los campos de la revelación y de la razón natural en esta materia, proceda cuando fuere necesario en su argumentación por razones probables y conjeturas filosóficamente fundadas, más que por demostraciones teológicas apodícticas. De donde también resulta que, a falta muchas veces de principios revelados, el santo apele frecuentemente para los más sólidos principios metafísicos de su sistema. A fin de deducir de ellos conclusiones lógicas” (Suma Teológica , BAC, Madrid, 1959, t. II-III, p. 615-616).

Así, no es extraño que el consultante no haya encontrado respuesta para las indagaciones que se hizo. Pero, aplicando el mismo método utilizado por santo Tomás, intentaremos presentar soluciones para ellas.

Número de ángeles supera la multitud de los seres materiales

La primera afirmación sorprendente de santo Tomás que aducimos para responder a las preguntas del lector, es que ¡el número de ángeles supera la multitud de los seres materiales! Afirma él:

“hay que decir que los ángeles, en cuanto sustancias inmateriales, constituyen una inmensa multitud, superior a la de los seres materiales.

[…] El porqué de todo esto se debe a que, como quiera que sobre todo lo intentado por Dios al crear las cosas es la perfección del universo, cuanto más perfectas sean las cosas, en mayor cantidad son creadas por Dios.

Pero como, tratándose de los cuerpos, la grandeza responde a la magnitud, al hablar de los seres incorpóreos puede decirse que la grandeza responde a la multitud.

[…] Consecuentemente, es razonable pensar que las sustancias inmateriales excedan en número a las materiales, de tal forma que casi ni se pueden comparar” (Suma Teológica, I q. 50, art. 3, c.).

Por tanto, decimos nosotros —respondiendo a la pregunta del lector— habiendo una tan gran cantidad de ángeles, no hay carencia de ellos para que Dios pueda colocarlos a la guarda de los hombres que existieron, existen y existirán. Y así es razonable suponer, que terminada la existencia terrena de un hombre, su ángel de la guarda retorne al cielo. Evidentemente hablamos aquí en términos de lenguaje humano, pues el ángel aunque acompañe en todos los instantes a un determinado ser humano aquí en la tierra, en ningún momento pierde el gozo de la visión beatífica que tiene en el cielo. De cualquier modo, su misión terrena se encierra con la muerte de aquel ser humano cuya guarda le fue confiada.

Las luces primordiales del ángel de la guarda y del hombre

Según la vía abierta por santo Tomás, nos aventuramos a otra hipótesis teológica, que pasamos a exponer.

Plinio Corrêa de Oliveira observaba, que no habiendo dos hombres iguales en este mundo, cada uno de ellos tiene una forma peculiar de ver a Dios. En otras palabras, ve las perfecciones de Dios bajo una luz especial que es sólo suya.

Es lo que el ilustre pensador católico llamaba luz primordial .

Ahora bien, siendo Dios infinito, infinitas son sus perfecciones. A cada ser racional —ángel u hombre—. Dios reservó un modo especial de contemplar sus perfecciones infinitas. Pero existen luces primordiales afines, es decir, próximas unas de otras. Y es natural que dos hombres con luces primordiales afines gusten de estar juntos y glorifiquen las perfecciones de Dios de modo semejante. ¿No sería razonable suponer que Dios designe para cada hombre un ángel que tuviese una luz primordial afín?

¡Nos parece una hipótesis muy bonita!

En este caso, también es razonable suponer, que terminada la existencia terrena de un hombre, su ángel conduzca su alma al cielo, ya sea inmediatamente o cuando este termine su período de purificación en el purgatorio. Y en el cielo glorificarán a Dios según la luz primordial que les es afín.

En cuanto a los que son condenados al infierno, su ángel los reprobará por su mala conducta y rechazo de Dios, y por no haber seguido sus inspiraciones, dejando que los demonios de la perdición —a quienes ellos dieron oídos— los agarren y los lleven al fuego eterno…

La existencia de los ángeles de la guarda es una verdad de fe

Acabamos de mostrar cómo ciertas tesis a respecto de los ángeles son deducciones hechas por santo Tomás o autores que lo precedieron, enriquecidas después por otros que le siguieron. Pero la existencia de los ángeles de la guarda está fundamentada en varios pasajes de la Sagrada Escritura y por tanto constituye una verdad de fe. Para no multiplicar las citaciones, nos limitamos a una muy conocida. Cuando Jesús advirtió a sus discípulos contra la gravedad del escándalo a los pequeños — “al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar” (Mt 18, 6)— poco después añadió:

“Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial” (Mt 18, 10). Los teólogos concluyen que inequívocamente Jesús habla aquí de los ángeles de la guarda que protegen a cada uno de aquellos pequeños.

Para responder a la segunda pregunta del consultante, basta una citación de san Pablo, extraída de la epístola a los hebreos:

“¿Es que no son todos espíritus servidores, enviados en ayuda de los que han de heredar la salvación?” (Heb 1, 14).

Queda claro, por tanto, que la actuación de los ángeles de la guarda es efectiva para nuestra salvación, ayudándonos a evitar el pecado con todo género de inspiraciones y gracias que obtienen de Dios a nuestro favor.

¿Existen los “demonios de la perdición”?

Satanás acompaña con atención y odio el modo de obrar de Dios. Viendo que el Creador dispuso a un ángel bueno para acompañar a cada hombre que viene a este mundo, se puede suponer que él haga lo mismo en sentido contrario. En respaldo de esta tesis puede ser alegada la advertencia de san Pablo:

“Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire” (Ef 6, 11-12).

No está dicho, sin embargo, que será siempre el mismo demonio el que nos acompañará del nacimiento a la muerte, una especie de demonio de la perdición , como el ángel de la guarda es el ángel de la salvación . Sin embargo, una cosa es cierta: debemos estar constantemente preparados para la lucha, revestidos de la armadura de Dios, para que podamos resistir a las asechanzas del demonio que estuviera rondando cerca de nosotros.

Para ello, el mejor recurso es clamar a la Santísima Virgen, que es Regina angelorum y Terror daemonum (Reina de los ángeles y Terror de los demonios). Ella nos ayudará a vencer y aplastar la cabeza de la serpiente, como está dicho en el libro del Génesis (3, 15):  “Ipsa conteret caput tuum” .



  




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