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«Tesoros de la Fe» Nº 203

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Reminiscencias a la espera de un resurgimiento

Gabriel J. Wilson

El castillo de Montemor-o-Velho —con sus ­murallas coronando la montaña, teniendo a sus pies a la villa, próxima al río Mondego, en la planicie final que conduce al mar— constituye un ejemplo entre tantos de la vocación guerrera que marcó a Portugal desde el comienzo de su existencia como nación cristiana.

Situado en el distrito de Coimbra, en el centro de Portugal, el río Mondego pasó a constituir la división natural que separaba los territorios cristianos de las tierras ocupadas por los moros, tras la decadencia de la provincia romana de Lusitania.

Las murallas

En el siglo VIII, los musulmanes del norte de África invadieron la península ibérica. Un jefe moro habría construido una fortificación y una mezquita en el lugar donde se encuentra el castillo de Montemor-o-Velho. Después de la reconquista de Coimbra en el siglo XI, el rey Alfonso VI de Castilla reconstruyó la fortaleza e hizo erigir la iglesia de Santa María de Alcáçova, albergada allí hasta nuestros días, aunque siendo objeto de varias restauraciones.

Portugal aún no existía como reino. Los benedictinos de la Abadía de Cluny, en la región francesa de Borgoña, ejercieron su influencia sobre los monarcas cristianos de la península ibérica, a fin de auxiliarlos en el enfrentamiento con los moros. Fue así que el conde Enrique de Borgoña, de una rama de los Capetos, arribó al reino de León para servir a Alfonso VI en la lucha contra los mahometanos. El rey de Castilla y León le dio en matrimonio a una de sus hijas, Teresa, y como dote el territorio que constituía el Condado Portucalense. Su hijo, Don Alfonso Enríquez, proclamó la independencia de Portugal e inició la reconquista de los territorios al sur, tomados por los moros. Su primer rey expandió la frontera hasta el Alentejo y sus hijos, ­Sancho I y ­Sancho II, completaron la configuración que grosso modo el país presenta hasta hoy.

Si la parte más fértil del nuevo reino eran las tierras entre el Duero y el Miño, fue en las márgenes del Mondego que se decidieron los avances y retrocesos en la disputa entre cristianos y musulmanes. Se comprende así la importancia estratégica de Montemor-o-Ve­lho en la ocasión.

Hoy, sus piedras nos recuerdan epopeyas y personajes de otros tiempos. ¡Qué fuerza, qué ímpetu, qué almas las que tenían aquellos portugueses que no retrocedían ante el enemigo! Y, no contentos con limpiar así su patria, salieron a conquistar mundos nuevos para el viejo mundo!

La Ínclita Geração*, Vasco da Gama, Alfonso de Albuquerque, Don Sebastián… ¿Quién se atrevería a compararse con estas estrellas que brillan en el firmamento de Portugal? El propio Camões, poeta casi coetá­neo, ya se alarmaba con los estigmas de decadencia. Y Alfonso de Albuquerque, regresando de una expedición al Mar Rojo rumbo a Goa, al enterarse del ­nombramiento de un hidalgo comerciante para sustituirlo en el ­gobierno de la India, apenas exhaló este gemido: “¡No hay más honra en Portugal!”. Y murió antes de llegar a Goa.

El nuevo gobernador no venía pues con el objetivo de conquistar almas para la Cristiandad, sino para ­comerciar…

El último florón del heroísmo épico portugués tal vez haya sido Don Sebastián, “el deseado”, pues así el pueblo intuyó que debía esperarlo. Plinio Corrêa de Oliveira veía en esa intuición popular una especie de regla de aquello que tiene vida.

El río Mondego

Resumiendo en pocas palabras su pensamiento, él observaba que todo cuanto es vivo, cuando progresa como debe, produce en cierto momento un fruto muy superior al que se podría imaginar. Sería como una planta de la cual nace inesperadamente una flor magnífica, maravillosa. Así fue Don Sebastián de Portugal, el rey virgen, el rey cruzado, nacido en una época que ya estaba contaminada por los errores del Renacimiento, vuelta hacia los placeres de la tierra y tiznada de neopaganismo. De su condición de católico le venía toda la fuerza, toda la grandeza y lo mejor de la belleza, que es la belleza moral. Esa era la esperanza que las almas buenas tenían en Don Sebastián. El pueblo portugués tuvo la nobleza de reconocer en él al rey de sus sueños, capaz de resucitar y hacer resplandecer el espíritu de caballería agonizante.

Don Alfonso Enríquez
y
Vasco da Gama

Después, el misterio: Don Sebastián parte al África y la batalla de Alcazarquivir termina en desastre. Y él, en quien los portugueses veían a un nuevo san Luis IX, un nuevo san Fernando de Castilla, ¡desaparece misteriosamente en el campo de batalla! El mismo día en que murió —en una época en que no había medio alguno de comunicación— tres almas santas, entristecidas y atónitas, dieron la noticia: ¡el rey Don Sebastián de Portugal murió en Alcazarquivir! Una de esas almas fue santa Teresa de Jesús, la grande. Otra fue el padre José de Anchieta —hoy santo canonizado— el gran apóstol del Brasil: “¡Murió el rey de Portugal! ¡Un gran desastre para la Cristiandad!”.

Alfonso de Albuquerque
y
Don Sebastián

Tal vez se pueda conjeturar que después de aquel desastre Portugal no volvió a ser el mismo. Le faltó el rey modelo que esperaban. Portugal quedó incorporado a la corona española. Vino la restauración con los Braganza. Pero el último rey y su heredero serían brutalmente asesinados en 1908. La república, proclamada en 1910, condujo a Portugal a la mediocridad y a la pobreza de nuestros días, siempre destruyendo costumbres y tradiciones, jamás proporcionando oportunidad alguna de elevación que recuerde la grandeza de su pasado.

Batalla de Alcazarquivir

La Providencia, sin embargo, tuvo la suprema misericordia de transformar a Portugal en un altar para las apariciones de la Reina de los cielos y de la tierra. Las profecías de Fátima, que se están cumpliendo, son el foco de todas las esperanzas de una punición ejemplar y definitiva del mal y del triunfo final del Corazón Inmaculado —y lleno de sabiduría— de María Santísima.

 

Nota.-

* Ínclita Geração: es el epíteto dado en la historia de Portugal a los hijos del rey Juan I de Portugal (1356-1433) y de Felipa de Lancaster (1360-1415). Fue acuñado por el poeta Luis de Camões en “Os Lusíadas”.



  




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