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«Tesoros de la Fe» Nº 248

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La sagrada Rosa de la Ciudad de los Reyes

José Antonio Pancorvo

Retrato póstumo de Santa Rosa, Angelino Medoro, 1617 (pintado el día de su fallecimiento) – Óleo sobre lienzo, Basílica Santuario de Santa Rosa, Lima

Lima, 24 de agosto de 1617. Una enorme multitud se había congregado frente a la residencia de don Gonzalo de la Maza, Señor de Ogarrio. “Adivinando del entierro el día, a acompañarle la ciudad se junta, tribunales, cabildos, clerecía, religiones, nobleza y plebe adjunta, la que viviendo en un rincón cabía, no cabe por las plazas ya difunta”, así lo recoge un siglo después el poeta don Luis Antonio de Oviedo y Herrera, Conde de la Granja.1

Se formó el cortejo fúnebre para el entierro de Rosa de Santa María. El cadáver estaba vestido con el hábito blanco y negro de terciaria dominica, colocado sobre exquisitas alfombras. La cabeza, coronada con rosas carmesí, descansaba sobre un manto de tafetán rojo. A Luisa de Melgarejo, la principal dama y amiga de la difunta, Nuestro Señor le había dicho en el momento de la comunión: “Di que no pongan sobre su cuerpo paños negros, sino que todo sea de gloria”.2

El rostro de santa Rosa reflejaba una placidez sobrenatural. El pintor napolitano Angelino Medoro la retrató en aquel asombroso momento. Los siglos han dañado el lienzo, pero no la expresión, que sugiere al mismo tiempo una antigüedad remota, venerable, y una unción aún presente con todo su frescor. El contorno del semblante es nítido y hermoso. La nariz sería completamente recta, si no fuera por la ligera curvatura que le confiere una rara elegancia. En los labios, una sonrisa casi imperceptible, por eso mismo de una profundidad atrayente y una gravedad en la que no es ajeno el donaire. Una pincelada breve y sutil insinúa que el alma ha abandonado el cuerpo.

El pueblo, que atravesaba dos puertas y dos patios de la mansión del protector de la santa, se dispuso en las calles para seguir el cortejo. Según la costumbre limeña de aquel tiempo, los canónigos usaban capas de terciopelo negro, con la capucha puesta y hebillas de plata; los seminaristas, birretes de color castaño dentados como coronas ducales; los dominicos, altas tiaras de encaje; los agustinos, largas mangas oscuras; los franciscanos conventuales, hábitos azules y los descalzos, la prenda parda que les servía también de mortaja. Formados en diversos cuerpos y asociaciones, los grandes señores y los caballeros de las órdenes militares asistían ataviados con golas, cinturones y espadas. Presenciaban también la solemnidad simples indios, mulatos y hombres de color. Llegaban maestros y aprendices de las corporaciones de oficio con sus trajes privativos.

Las nubes se disiparon. Apareció el carruaje del arzobispo, don Bartolomé Lobo Guerrero, con capa y túnica de raso violeta, pero al no poder atravesar la multitud, dio media vuelta, como ya lo habían hecho muchos carruajes, y se dirigió al Convento del Rosario de los Frailes Predicadores, donde finalmente pudo besar las manos de santa Rosa, que iba a ser enterrada allí.

El suntuoso funeral comenzó a las cuatro de la tarde y recorrió diez cuadras de calles repletas de flores arrojadas desde lo alto de los balcones adornados al paso del cortejo.

Todas las instituciones querían cargar —aunque fuera por un corto espacio— los restos milagrosos de la mística peruana. Y así avanzaba el cortejo, iluminado por los rayos del sol, que hacían brillar el oro de las galas y los bordados, mientras el perfume de los pétalos se mezclaba con las bocanadas de incienso que salían de los turíbulos.

Al entrar en la Plaza de Armas, el féretro fue saludado por el tañido de las campanas. En el Palacio de Gobierno, la Casa de Pizarro, estaba el Príncipe de Esquilache, don Francisco de Borja y Aragón, Virrey y Capitán General del Perú: porte imperioso, rostro alargado, barba negra, con la faja y el bastón de mando. A su lado, la virreyna. El prominente personaje asistió a las honras fúnebres acompañado por su espléndida Corte, la Real Audiencia y toda su Guardia, que le abrió el paso con amplias maniobras.

La primera rosa

Lima es llamada “la Ciudad de los Reyes” en honor al misterio de la Epifanía. Fue fundada por el marqués don Francisco Pizarro, principal conquistador del Perú. Quien no solo la ilustró con el brillo de su intrepidez y la serenidad patriarcal de su vejez, sino que le dedicó muchos lugares suyos a los santos, estableció cofradías de combatientes y cargó la cruz hasta lo alto del cerro San Cristóbal que domina la urbe.

De figura austera y palaciega, los primeros virreyes y sus acompañantes animaron a la naciente capital peruana con el formidable ímpetu de su fe católica.

Por designación del virrey, Gaspar de Flores pertenecía a la compañía de arcabuceros de su escolta. En 1551, en el huerto de su morada floreció la primera rosa del Reino de Perú, que fue ofrecida a una imagen de la Reina del Cielo en la catedral limeña. El 20 de abril de 1586 nació su hija, bautizada con el nombre de Isabel Flores de Oliva. Pero en la cuna, su rostro era tan luminoso y suave que una criada india de la casa y dos niñas exclamaron: “Ay, qué linda es esta niña. Parece una rosa”.

A todos les pareció apropiado el nuevo nombre, excepto a Rosa. Un día, sintió que la Santísima Virgen, de quien era esclava, había recibido su alma como una rosa, para ofrecérsela a Dios. Y que la llamaba por el nombre de Rosa de Santa María.

Santa Rosa y santo Toribio

Bajo el palio de neblina de la Ciudad de los Reyes, resplandecía el alma heroica de su arzobispo, santo Toribio Alfonso de Mogrovejo. Atravesó dunas, escaló cordilleras, penetró selvas para predicar la doctrina y la bienaventuranza de la verdadera religión. Administró el sacramento de los soldados de Cristo (la confirmación) a un millón de indígenas.

Funerales de Santa Rosa, Teófilo Castillo Guas, 1918 – Óleo sobre tela, Museo de Arte de Lima

El augusto prelado de Lima era muy venerado por el pueblo, que se arrodillaba a su paso. Más que la reluciente mitra, su fisonomía impresionaba y provocaba un recto temor. Su tez firme y seca y su mirada enérgica manifestaban la pertinacia de su alma. A este personaje, le obedecían severamente en sus requerimientos. Juzgaba todas las cosas con rigor y era el resplandor de la luz divina lo que le movía a cruzar las cordilleras en beneficio de las almas.

En su camino estaba Quives, donde Gaspar de Flores administraba un obraje. Era y sigue siendo un apacible pueblo en las quebradas andinas, al lado de un río de aguas glaciares, a diez leguas de Lima.

Fue allí donde santa Rosa —entonces de once años de edad— recibió los fundamentos de la doctrina cristiana en la austera casa de un sacerdote mercedario que sería su padrino de confirmación.

La pequeña Rosa era ya a su edad un alma nada común, destinada a brillar como una de las grandes penitentes de la historia y como Patrona principal de América Latina. Pero Dios ocultaba la grandeza de su vocación deprecatoria y expiatoria, cubriéndola con el atractivo de su radiante inocencia, que desprendía con naturalidad extraordinarias fragancias.

Los piratas protestantes

A doce leguas al sur del puerto del Callao, la marcha de las naves holandesas del pirata Spilbergen fue cortada a tiros de cañón por los buques de don Rodrigo de Mendoza. Los veleros se cruzaron rápidamente asestando rápidas descargas. De ambos lados, las cañoneras escupían fuego y humo. Pero Spilbergen evitó la contienda decisiva para asaltar y saquear el puerto del Callao y Lima lo antes posible con los barcos que aún estaban indemnes.

Mientras los principales hombres de armas y caballeros de las Órdenes Militares luchaban en la armada de Mendoza, los neerlandeses se aproximaban entre las brumas y las aguas grises. La práctica de los corsarios al servicio de los herejes calvinistas era saquear, matar y profanar los templos católicos, manifestando su rabia especialmente contra el Santísimo Sacramento. Como el número de guerreros para proteger la ciudad era insuficiente, los frailes empuñaron las armas.

El enemigo tenía a su favor el viento y una buena posición. Los de tierra contaban con su arrojo y resolución, pero la desproporción de fuerzas hacía temer lo peor.

Un disparo. Dos disparos. Respuesta.

Enigmáticamente, los holandeses se alejaron. Los barcos del Virreinato llegaron después y los persiguieron, hasta atacarlos a distancia. Pero, ¿qué había impedido el asalto?

En la hora crítica, santa Rosa se arrodilló ante la Sagrada Hostia expuesta en la iglesia de Santo Domingo, suplicando la interferencia divina en el combate. En el templo circuló el rumor de que los invasores estaban a punto de entrar en Lima. Con confianza, animó a los presentes a dar su vida por la Eucaristía. Debido a esta intercesión, en muchas imágenes de la santa limeña se muestra sosteniendo un ancla en la que aparece una ciudad.

La gran penitente

Desde muy pequeña santa Rosa ya se mortificaba admirablemente. Ayunaba a base de pan y agua tres días a la semana y durante la Cuaresma solamente se alimentaba de hierbas amargas cocidas. Una vez ayunó con un pan y una jarra de agua desde la Pascua de Resurrección hasta Pentecostés. Todos los viernes del año ponía hiel en su comida. Dormía dos o tres horas sobre un lecho de ladrillos. En cierta ocasión sintió horror al acostarse en semejante tormento, pero Nuestro Señor se le apareció y la animó, recordándole todo lo que Él había sufrido por ella.

Usaba un cilicio de cadenas de hierro, con puntas de alambre, sobre todo el cuerpo. Por encima llevaba una áspera túnica de crin de caballo. Bajo el tocado se ceñía una diadema de plata con noventa puntas vueltas hacia dentro.

Padeció numerosas enfermedades, así como persecuciones por parte de sus allegados. Además, durante quince años sufrió las penas del alma del infierno. Le reveló a su confesor que esa prueba no era comparable ni siquiera con los dolores de alguien que fuera a ser quemado vivo.

A pesar de todas estas y otras innumerables mortificaciones que Rosa de Santa María multiplicaba en cada oportunidad, su vida penitente no se reflejaba en su carácter ameno.

Muerte de Santa Rosa de Lima, Angelino Medoro, s. XVII – Óleo sobre lienzo, Basílica Santuario de Santa Rosa, Lima

La munificencia divina engendró en aquellas regiones la santidad de numerosas almas, algunas veneradas en los altares, otras tenuemente recordadas y la mayoría de ellas oculta, sepultada en viejos documentos de monasterios y curias.

Vidas místicas desconocidas, milagros cotidianos, profecías sorprendentes, distinguen al legendario siglo XVI. En santa Rosa de Lima brillan las grandes vías de estas almas: la devoción a la sagrada esclavitud a María Santísima, la mortificación admirable, la contemplación misteriosa.

La Patrona de América, de las Indias y de Filipinas murió en la casa de don Gonzalo de la Maza, en donde más tarde se emplazaría el Monasterio de Santa Rosa, el 24 de agosto de 1617. Los circunstantes relataron que, horas antes de expirar, sufrió grandes aflicciones que comunicaron a su rostro una expresión dolorosa y grave, recordando a Nuestro Señor en la Cruz.

A las doce y media de la noche, Rosa de Santa María pronunció el Santísimo Nombre de Jesús y entregó su alma al divino Esposo. Su rostro se iluminó entonces y se dispuso como lo describimos al principio. Doña Luisa de Melgarejo tuvo un éxtasis a los pies de su cuerpo yacente desde la una hasta las cinco de la madrugada, y dos amanuenses anotaron muchas de sus palabras: “Jesús, oh qué gloria, Rosa divina que no os marchitaréis, que estáis plantada en los jardines del cielo”.

Y con tales exclamaciones, describe cómo la santa limeña fue recibida en la felicidad eterna por “la Reina y la Madre de Dios, la purísima, la santísima, la castísima…” y por el propio Dios “incomprensible; altísimo, sapientísimo, dulcísimo, suavísimo”.

Durante dos siglos, la habitación de santa Rosa exhaló un portentoso aroma a rosas. Hasta el día de hoy, en donde otrora se encontraba su casa, se respira una bendición sobrenatural y en su interior siguen creciendo rosas.

 

1. Luis Antonio de Oviedo y Herrera, Vida de Santa Rosa de Santa María, Juan García Infanzón, Madrid, 1711, p. 481.

2. Todas las citas son tomadas de la primera biografía de la santa escrita por su confesor: Fray Pedro de Loayza OP, Vida de Rosa Santa María [1619], Santuario de Santa Rosa, 1985.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 249 / Septiembre de 2022

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San Miguel Arcángel, atrib. Abdón Castañeda, s. XVII – Óleo sobre tela, Fundación Bancaja, Valencia (España)



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