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«Tesoros de la Fe» Nº 247

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La devoción al Inmaculado Corazón de María

Para comprender bien la estrecha relación entre las apariciones de Fátima y la devoción al Inmaculado Corazón de María —una de cuyas prácticas es la comunión reparadora de los primeros sábados— veamos brevemente las referencias que la Virgen hace de ella en la Cova da Iria.

Pablo Luis Fandiño

San Juan Eudes

El 13 de junio de 1917 tiene lugar en la Cova da Iría la segunda aparición de la Santísima Virgen de Fátima. Ante el pedido de los pastorcitos para que los lleve al Cielo, Nuestra Señora responde con afecto maternal: “Sí, a Jacinta y Francisco los llevaré pronto; pero tú te quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.

¡Qué maravillosas palabras, qué maravillosa misión! Jesús quiere servirse de nosotros —de Lucía a quien se dirige, pero también de quienquiera que se entere de ello— para que la Santísima Virgen sea conocida y amada, para que la devoción a su Inmaculado Corazón se difunda por el mundo entero.

Pero como María no se deja vencer en amor y generosidad, acto seguido, formula esta sorprendente promesa: “A quien la abrace le prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas como flores puestas por mí para adornar su trono”.

Plinio Corrêa de Oliveira, que en vida cultivó ardientemente la devoción al Inmaculado Corazón de María, consideraba estas últimas palabras como “una de las partes culminantes de las apariciones”. Sus comentarios son tan acertados, que nos hemos tomado la libertad de incrustrarlos —con unos caracteres diferentes— a lo largo del presente artículo.

Aquel día en Fátima, la Santísima Virgen prometió formalmente el Cielo a quien ponga en práctica la devoción a su Inmaculado Corazón.

Vean qué linda comparación hace la Santísima Virgen: las almas que abracen esta devoción serán colocadas junto al trono de Dios en el Cielo, como una dama pone flores ante un altar donde está el Santísimo Sacramento. ¡Qué magnífico pensamiento! ¡Imaginar a nuestra alma colocada junto a Dios como si fuera una flor!

Luego, dirigiéndose nuevamente a Lucía, la Santísima Virgen la conforta diciendo: “No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”.

Y entonces los tres niños vieron un corazón rodeado de espinas y comprendieron, como más tarde escribirá la hermana Lucía, “que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación”.

Una devoción eminentemente reparadora

Al mes siguiente, en la aparición del 13 de julio, la Señora de Fátima les enseña a los videntes una jaculatoria reparadora: “Decid muchas veces, sobre todo cuando hagáis algún sacrificio: ¡Oh! Jesús, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”. Queda así plasmado el carácter eminentemente reparador de esta devoción.

Entonces, si queremos salvarnos, hay que tener devoción al Inmaculado Corazón de María. Llamo la atención para el hecho de que la Virgen haya dado un especial énfasis a su Inmaculado Corazón, que era una devoción relativamente poco extendida en la Iglesia. En realidad, ella se remonta al siglo XVI.

Terminada la visión del infierno la Madre de Dios conforta a los pastorcitos diciendo: “Visteis el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.

En efecto, la devoción al Inmaculado Corazón de María no constituye una novedad en la Iglesia. Gran impulsor de ella fue san Juan Eudes (1601-1680), a quien san Pío X llama “padre, doctor y apóstol de los cultos litúrgicos a los Sagrados Corazones de Jesús y María”. Su obra maestra, El Corazón admirable de la Madre de Dios, es considerado el primer tratado sobre el tema. Más adelante, san Antonio María Claret (1807-1870), fundador de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, la difundió a través de sus claretianos, que llegaron al Perú en 1909.

Pero, sin lugar a dudas, era una devoción poco extendida en la época de las apariciones. La Virgen vino en 1917, en persona, para irradiarla al mundo entero a partir de Fátima.

Vemos, pues, que es una de aquellas maravillas de la gracia que María Santísima ha reservado para este tiempo de aflicción. Ella indica que debemos tener devoción a su Inmaculado Corazón para salvarnos de nuestros pecados y especialmente del pecado de Revolución,1 y principalmente de las raíces del pecado de Revolución, que son el orgullo y la impureza.

Si alguien quiere vencer al demonio del orgullo, al demonio de la impureza, conságrese al Inmaculado Corazón de María y rece una jaculatoria, por ejemplo, análoga a la que se hace al Sagrado Corazón de Jesús: “Oh Jesús, manso y humilde de corazón, haced mi corazón semejante al vuestro”.

Podremos decir así: “Oh María, mansa y humilde de corazón, haced nuestro corazón contrarrevolucionario y humilde semejante al vuestro”.2

San Antonio María Claret

La Santísima Virgen anuncia enseguida el castigo y los medios para evitarlo: “Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora de los primeros sábados”. El primer pedido, a pesar del enorme retraso, fue atendido solemnemente por el Papa Francisco el pasado 25 de marzo, según las condiciones establecidas por la propia Madre de Dios. El segundo pedido, la Comunión Reparadora, está pendiente y a cada uno de nosotros corresponde atender.

Como broche de oro la Virgen termina su mensaje con otra consoladora promesa, llena de esperanza y dulzura: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

 

1. Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Tradición y Acción, Lima, 2018.

2. Conferencias del 15 de julio de 1967 y del 5 de junio de 1994.



  




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Nº 249 / Septiembre de 2022

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