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«Tesoros de la Fe» Nº 154 > Tema “Las más célebres apariciones de la Madre de Dios”

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Fátima: “una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia”

La más trascendente revelación después que la Santa Sede hiciera público el Tercer Secreto, el 26 de junio del año 2000

Pablo Luis Fandiño


Retrato de la Hna. Lucía en Tuy, vistiendo el hábito de las hermanas doroteas

YA ESTABA EN PRENSA la última edición de Tesoros de la Fe, cuando tomamos conocimiento de la publicación de un valioso y esclarecedor libro sobre la Hermana Lucía, la mayor de los tres pastorcitos a quienes la Santísima Virgen se apareció en Fátima el año 1917. Está escrito por las religiosas carmelitas del mismo convento en que transcurrió la mayor parte de la vida de la vidente, del 25 de marzo de 1948 hasta su muerte ocurrida el 13 de febrero de 2005.

La obra, editada por el Carmelo de Santa Teresa de Coimbra, en octubre del año pasado, lleva el sugestivo título de Un camino bajo la mirada de MaríaBiografía de la Hermana María Lucía de Jesús y del Corazón Inmaculado, y contiene un prefacio de Mons. Virgilio Antunes, obispo de Coimbra.

Se trata de la biografía más completa de la Hna. Lucía publicada hasta el presente, la cual consta de 496 páginas y pretende contribuir a la causa de su beatificación. Está basada en documentos inéditos, como el diario espiritual (Mi camino) y la correspondencia de la vidente, junto con los testimonios de las propias religiosas que convivieron décadas con ella.

Entre las novedades que el nuevo libro aporta, está la descripción que aparece en las páginas 266 y 267 a respecto de las circunstancias que rodearon la redacción de la tercera parte del Mensaje de Fátima —conocido como el Tercer Secreto—, así como por los asombrosos pormenores sobre el desenlace final de la crisis del mundo a consecuencia del abandono de la fe verdadera.

Sólo por estas revelaciones, en términos del Fátima, esta publicación del Carmelo de Coimbra, puede ser considerada como el acontecimiento más trascendental después de la revelación del Tercer Secreto el año 2000.


Lo que hasta ahora sabíamos

Retrato de Mons. José Alves Correia da Silva, obispo de Leiría de 1920 a 1957

Veamos, brevemente, lo que hasta ahora conocíamos sobre los antecedentes de la redacción del Tercer Secreto. Para ello, remitámonos a una autoridad en la materia, Antonio Augusto Borelli Machado, que en la introducción de su best-seller “Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?”, señala:

“En junio de 1943, la Hna. Lucía fue afectada por una pleuresía que se fue arrastrando a lo largo de los meses, con sucesivas mejorías y recaídas, complicadas por una reacción a los medicamentos. En previsión de que lo peor pudiese ocurrir, el obispo de Leiría, después de mucho vacilar, a mediados de setiembre de aquel año pidió a la vidente que escribiese la tercera parte del secreto. Era un pedido y no una orden, lo cual dejó a la vidente en un cierto estado de perplejidad, pues ella no se sentía movida a ello por ninguna moción interior de la gracia. A mediados de octubre, el obispo de Leiría da la orden expresa por ella solicitada, pero la vidente no consigue vencer las angustias interiores que la asaltan.

“Consultado al respecto Mons. Antonio García, administrador apostólico de Tuy y arzobispo designado de Valladolid, le aconsejó exponer a Mons. Correia da Silva [el obispo de Leiría] sus dificultades. Pero su carta a la vidente, fechada en la primera quincena de diciembre, quedó retenida con la Superiora de la Hna. Lucía hasta mediados del mes siguiente.

“Antes de eso, no obstante, el 3 de enero de 1944, la Santísima Virgen le disipó todas las dudas, al aparecérsele en […] la Casa de las Doroteas en Tuy y ordenando que pusiese por escrito lo que le era pedido” (op. cit., p. 24-25).

Lo que no sabíamos

¿Cómo fue que la Hna. Lucía superó los temores que la impedían de escribir el Tercer Secreto? ¿Qué ocurrió la tarde del 3 de enero de 1944 en la Casa de las Doroteas en Tuy? ¿En qué consistió esta aparición de la Madre de Dios a la vidente de Fátima? ¿Cómo fue, pues, que la Santísima Virgen “le disipó todas las dudas”?

Que sea ahora la propia Hna. Lucía quien nos ilustre sobre lo que ocurrió alrededor de las 16 horas de aquel día en la capilla del convento en Tuy, según lo que escribió de puño y letra en su diario espiritual y cuyo facsímile figura en la página 269 de la publicación del Carmelo de Coimbra:

Revelador libro sobre la Hermana Lucía, publicado por el Carmelo de Coimbra

“Ahí me arrodillé en medio, junto a la grada del comulgatorio y pedí a Jesús que me hiciera conocer cuál era su voluntad. Habituada como estaba, a creer que las órdenes de los superiores son la expresión cierta de la voluntad de Dios no podía creer que ésta no lo fuese. Y perpleja, medio absorta, bajo el peso de una nube oscura que parecía posar sobre mí, con el rostro entre las manos, esperaba sin saber cómo, una respuesta”.

Palabras que denotan la finura de alma de la religiosa. Compadeciéndose de ella, la Virgen atiende de modo sorprendente sus plegarias:

“Sentí entonces, que una mano, amiga, cariñosa y maternal me tocaba el hombro, levanto la mirada y veo a la querida Madre del Cielo”.

Una mano sobre el hombro que la fortalece. Una visión celestial que la reconforta. Una voz dulce que la comprende y le dice:

“No temas, Dios quiso probar tu obediencia, fe y humildad, queda en paz [tranquilízate] y escribe lo que te mandan, sin embargo, no lo que te es dado a entender de su significado [en alusión a la visión que los pastorcitos tuvieron el 13 de julio de 1917]. Después de escrito ponlo en un sobre, ciérralo con lacre y escribe por fuera ‘que sólo puede ser abierto en 1960, por el Sr. Cardenal Patriarca de Lisboa o por el Sr. Obispo de Leiría’ ”.

En un instante las dudas se han disipado y la Hna. Lucía ha recibido de su querida Madre del Cielo, instrucciones muy precisas de cómo debe actuar. La narración de la vidente continúa así:

“Sentí el espíritu inundado por un misterio de luz que es Dios y en Él vi y oí:

— La punta de la lanza como llama que se desprende, toca el eje de la tierra, que se estremece: montañas, ciudades, villas y aldeas con sus habitantes son sepultados. El mar, los ríos y las nubes salen de sus cauces, transbordan, inundan y arrastran consigo en un remolino, viviendas y gentes en un número que no se puede contar, es la purificación del mundo por el pecado en el cual está inmerso. ¡El odio, la ambición, provocan la guerra destructora!”

Es una descripción abrumadora del castigo anunciado por la Santísima Virgen a los pastorcitos. Es el desenlace final de la crisis, que Ella tanto hizo por evitar, llamando una y otra vez a la oración, a la penitencia y a la enmienda de vida, pero que se vuelve inevitable… Sin embargo, ahora como en 1917 la Reina de Fátima termina con una consoladora promesa. Prosigue así la descripción de la Hna. Lucía:

“Después sentí en el palpitar acelerado del corazón y en mi espíritu el eco de una voz suave que decía:

En el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. En la eternidad, ¡el cielo! Esta palabra cielo llenó mi alma de paz y felicidad, de tal forma que casi sin darme cuenta, quedé repitiendo por mucho tiempo: — ¡El cielo! ¡el cielo!”

Aquí tenemos una interpretación perfecta de lo que será el triunfo del Inmaculado Corazón de María, anunciado en Fátima, hoy a casi un siglo de distancia. Plenamente esclarecida y fortalecida, la Hna. Lucía termina así su narración:

“Apenas pasó la mayor fuerza de lo sobrenatural, fui a escribir [el Tercer Secreto] y lo hice sin dificultad, el día 3 de enero de 1944, de rodillas apoyada sobre la cama que me sirvió de mesa. ¡Ave María!” (op.cit., p. 266-267).

La guerra destructora

Casa de las Hermanas Doroteas en Tuy, Galicia (España), donde tuvo lugar la aparición del 3 de enero de 1944

La noticia de la publicación del libro Un camino bajo la mirada de María llega a nosotros en un momento particularmente grave. En la misma semana en que el Papa Bergoglio, en la conferencia de prensa en el avión de regreso de un viaje apostólico a Corea del Sur, alude a la Tercera Guerra Mundial, aunque por partes. En una temporada en que las pretensiones de la Rusia de Putin sobre Ucrania y otros países de Europa Oriental, pasan del dicho al hecho. En que las tropas rusas cruzan las fronteras sin declaración de guerra y pende la amenaza de cortar el suministro de gas a Europa, al aproximarse el invierno.

Por otro lado, no muy lejos de allí, estallan las brutales masacres yihadistas en Medio Oriente, que hacen sonar todas las alarmas y pone los pelos de punta a Occidente. Mientras que una silenciosa pero no menos terrible persecución religiosa, que ya ha matado no a decenas sino a centenas de miles de personas, se desata especialmente contra los católicos en aquellos mismos lugares (ver artículo de nuestro corresponsal en Roma, Juan Miguel Montes).

¿Cómo no relacionar, pues, el triste panorama mundial al que asistimos, con las profecías hechas por la Madre de Dios en el mensaje de Fátima?:

“Rusia esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia; los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas…”

Efectivamente es Rusia, nuevamente Rusia la que sale a escena, reforzado por este pormenor que ahora conocemos:

“¡El odio, la ambición, provocan la guerra destructora!”

¿No es ésta la descripción de los días que estamos viviendo?

La hora de la misericordia divina

Si bien, de un tiempo a esta parte, los acontecimientos mundiales están caminando con una aceleración desacostumbrada, la misericordia de Dios aún nos concede un tiempo para enmendarnos. Como en la famosa parábola de las vírgenes necias y las vírgenes prudentes (cf. Mt 25, 1-13), no vaya a ser que llegue el esposo y estemos ausentes: “Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

Concluyamos estas consideraciones, ya bastante dilatadas, con este luminoso comentario de Plinio Corrêa de Oliveira a respecto de nuestros días:

Carmelo de Santa Teresa, Coimbra (Portugal)

“¿No se diría que el enemigo está más fuerte que nunca, y que nos aproximamos de aquella era, soñada por los iluministas hace tantos siglos, de naturalismo científico crudo e integral, dominado por la técnica materialista; de la república universal ferozmente igualitaria, de inspiración más o menos filantrópica y humanitaria, y de cuyo ambiente sean barridos todos los resquicios de una religión sobrenatural? ¿No está ahí el comunismo, no está ahí el peligroso deslizamiento de la propia sociedad occidental, supuestamente anticomunista, pero que en el fondo camina también hacia la realización de ese ‘ideal’?

“Sí. Y la proximidad de ese peligro es hasta mayor de lo que generalmente se piensa. Pero nadie presta atención a un hecho de importancia primordial. Es que mientras el mundo va siendo modelado para la realización de ese siniestro designio, un profundo, un inmenso, un indescriptible malestar se va apoderando de él. Es un malestar muchas veces inconsciente, que se presenta vago e indefinido incluso cuando es consciente, pero que nadie osaría contestar.

“Se diría que la humanidad entera sufre violencia, que está siendo puesta en una horma que no conviene a su naturaleza, y que todas sus fibras sanas se contuercen y resisten. Hay una aspiración inmensa por otra cosa, que aún no se sabe qué es. Pero, en fin —hecho tal vez nuevo desde que comenzó, en el siglo XV, la declinación de la civilización cristiana—, el mundo entero gime en las tinieblas y en el dolor, precisamente como el hijo pródigo cuando llegó a lo último de la vergüenza y de la miseria, lejos del hogar paterno. En el mismo momento en que la iniquidad parece triunfar, hay algo de frustrado en su aparente victoria.

“La experiencia nos muestra que de descontentos así nacen las grandes sorpresas de la historia. En la medida en que la contorsión se acentúe, se acentuará también el malestar. ¿Quién podrá decir qué magníficos sobresaltos de ahí pueden provenir?

“En el extremo del pecado y del dolor, está muchas veces para el pecador, la hora de la misericordia divina…”.

Así, el cumplimiento final de las profecías que la Virgen de Fátima anunció el 13 de julio de 1917 y que se fueron revelando gradualmente, está más cerca que nunca, a medida en que se aproxima el centenario de las apariciones:

“¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!”

Es el Reino de María Santísima, vieja promesa que Dios se dignó revelar en el pasado a almas privilegiadas. Pero que en la aparición del 3 de enero de 1944 a la sierva de Dios, Hna. María Lucía de Jesús y del Corazón Inmaculado, nuestra Madre del Cielo deja aún más claro:

— En el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. En la eternidad, ¡el cielo!”  



  




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