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«Tesoros de la Fe» Nº 105 > Tema “Devociones surgidas en otros lugares del Nuevo Mundo”

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La maravillosa historia de Nuestra Señora de las Lajas


La historia de la Virgen de las Lajas se remonta a mediados del siglo XVIII. Sus protagonistas son la india María Mueses de Quiñones, descendiente de antiguos caciques y su pequeña hija Rosa, sordomuda de nacimiento. El lugar de los hechos se sitúa en los andes ecuatoriales a 2.600 metros de altitud, a media cuesta de una profunda quebrada sobre el río Guáitara, en el municipio de Ipiales, en el extremo sur de la actual Colombia, a diez kilómetros de la frontera con Ecuador.


Pablo Luis Fandiño



Cierto día del año 1754 la india María dejó la entonces villa de San Pedro Mártir de Ipiales donde trabajaba, con la intención de visitar a sus parientes en el caserío de Potosí 1 a unas pocas leguas de distancia. Al descender por la ladera occidental del cerro Pastarán para cruzar el puente sobre el río Guáitara, se desató una terrible tempestad. A fin de resguardarse, corrió hacia la gran cueva natural que había a media cuesta, esperando que la lluvia pasara.

Temerosa por el torrencial aguacero, lo desolado de aquellos parajes y por la idea de que el demonio sojuzgaba el puente “para hacer presa de la infortunada persona que viajase sola, se angustió, lloró e invocó el auxilio de la Santísima Virgen del Rosario”,2 cuya devoción había aprendido de los padres dominicos, que desde hacía dos siglos evangelizaban dichas comarcas.

De pronto, siente que alguien le toca en la espalda. Asustada a más no poder, la intuitiva mujer no piensa sino en emprender veloz carrera, cruzar raudamente el puente y llegar sana y salva a Potosí.

¡Mamita, la mestiza me llama!

Pasado el primer susto, unos días después, María emprende el regreso a Ipiales. Esta vez lo hace en compañía de su pequeña hija de cinco años llamada Rosa, sordomuda de nacimiento, a quien lleva en la espalda según la costumbre andina. Al llegar a la cueva del Pastarán, se detiene para descansar. La niña entonces se desliza suavemente de la madre y empieza a trepar por las lajas. De pronto María escucha que su hija le habla: “Mamita, vea a esta mestiza que se ha despeñado con un mesticito en los brazos y dos mestizos a los lados”.3 Desconcertada, no atina sino a coger a la niña y huir del lugar.

Al llegar a casa de la familia Torresano, sus antiguos patrones, cuenta lo ocurrido, pero no hay quien le crea. Atendidos los motivos que la llevaron a Ipiales, María vuelve a su pueblo. Pero a medida que se aproxima a la famosa cueva, los temores le comienzan a asaltar nuevamente. Al llegar a su entrada, se detuvo titubeante. Y con más fuerza la niña volvió a hablar: “¡Mamita, la mestiza me llama!” Nueva impresión, nueva carrera, nueva incógnita… ¿qué hay realmente en esa cueva?

Tan pronto como llegó a Potosí, contó lo ocurrido. La noticia corrió de boca en boca, los vecinos se congregaron en la casa de María, todos querían conocer directamente los pormenores del hecho. Mientras tanto, en medio del alboroto, Rosita desapareció. Apenas se dieron cuenta de la ausencia de la niña, se la buscó en vano por todas partes. ¿Adónde habría ido Rosa? No había otra explicación —las almas inocentes conservan una atracción irresistible por las cosas sobrenaturales—: la niña había acudido ciertamente al llamado de “la mestiza”. En Las Lajas como en Lourdes, un siglo después, en la gruta del Pastarán como en la de Massabielle, Rosita como Santa Bernardita, sintieron esa atracción irresistible. Hacia allá se trasladó también María en busca de su hija y allí se encontró con un maravilloso espectáculo: “Al llegar a la cueva vio sin sorpresa a su hija arrodillada a los pies de la Mestiza, jugando cariñosa y familiarmente con el rubio Mesticito” 4 que se había desprendido de los brazos de su Madre.

¡Qué escena más íntima y conmovedora! Sólo Dios es capaz de siquiera imaginar algo así.

María Mueses de Quiñones y Rosita


La visión había sido tan extraordinaria que María dudó esta vez de contarla a los demás. Y este otro favor de la Virgen de las Lajas hubiera permanecido ignorado si un nuevo e impresionante suceso no lo hubiera tornado público.

Resurrección de la niña

Un tiempo después de lo ocurrido, Rosa cayó gravemente enferma y murió. La desconsolada madre, concibió entonces la idea de llevar el cuerpecito sin vida de su entrañable hija a los pies de la Señora del Pastarán, para recordarle las flores y velas con que la niña solía obsequiarla y pedirle encarecidamente que le restituyera la vida. Ante los ruegos insistentes y las copiosas lágrimas, ante la fe que no se doblega, la Virgen no resistió y obtuvo de su Divino Hijo la gracia de la resurrección de la pequeña Rosa.

Exultante de alegría y agradecimiento, María Mueses de Quiñones se dirigió a Ipiales a golpear la puerta de la familia Torresano a quienes relató el nuevo prodigio. El testimonio es impresionante, la prueba es contundente, no queda más que avisar al Señor Cura. A pesar de lo avanzado de la noche, se organiza una comitiva encabezada por don Juan Torresano. El dominico Fray Gabriel de Villafuerte los recibe y procede al interrogatorio de rigor. Las campanas se echan al vuelo y la noticia se esparce por el pueblo: “¡La Virgen del Rosario se ha aparecido en las peñas del Pastarán! ¡La ha visto María Mueses de Quiñones! ¡Es hermosa y resplandeciente!” Pero el Señor Cura quiere cerciorarse de todo, aún no está totalmente convencido. Al día siguiente, bien de madrugada, una primera y concurrida peregrinación se da inicio en Ipiales. Es el 15 de setiembre de 1754, fiesta del Dulce Nombre de María. A las seis de la mañana, llegan a Las Lajas: “El milagro fulge ante sus ojos y ante su corazón. No es posible dudar: la Santísima Virgen ha sentado sus reales en las rocas del Pastarán”.5

La firma de Dios en la Creación


El renombrado pensador católico Plinio Corrêa de Oliveira comentó en numerosas oportunidades la imagen de la Virgen de las Lajas. Admirado por sus sorprendentes características afirmó que era la firma de Dios en la Creación.

La figura impresa en la piedra laja representa a Nuestra Señora del Rosario, de pie sobre la media luna, llevando al Niño Jesús en el brazo izquierdo y el santo rosario en el derecho. A uno y otro lado, aparecen las figuras de San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán. La roca mide 3,20 metros de alto por dos de ancho; y las imágenes abarcan una superficie de dos metros de alto por 1,20 de ancho.

A diferencia de otras advocaciones marianas, en Las Lajas no hubo testigos: se desconoce cómo es que se formó la imagen. Nadie se arrogó o se le atribuyó con fundamento su manufactura. No se puede señalar con exactitud desde cuándo está la imagen grabada en la inmensa laja. Como hemos visto, su hallazgo vino a corroborar la aparición.

Aunque a lo largo de los años no han faltado escépticos y detractores —hasta en las filas del clero—, que niegan la factura milagrosa de la imagen, éstos jamás han conseguido demostrar razonablemente un origen natural. La tesis tradicional, por el contrario, no apenas se mantiene en pie sino que cada día gana mayores adeptos. En años recientes, un grupo de geólogos alemanes visitó el Santuario de Las Lajas para efectuar diversas pruebas científicas.

Después de llegar a la conclusión de que no existía en la imagen el menor fragmento de pintura o pigmento de cualquier clase, perforaron minúsculos orificios en la laja, sólo para descubrir que la imagen y todos sus admirables colores ¡penetraban varios centímetros en la roca!

Colosal santuario sobre el aire


La noticia del prodigio en la quebrada del Guáitara se difundió por todos los pueblos a la redonda con inusitada rapidez. A la primitiva ermita de madera y paja, pronto le sucedió en 1794 una capilla de cal y ladrillo. A mediados del siglo XIX se levantó un primer santuario que con el tiempo quedaría también pequeño para cobijar la gran afluencia de fieles especialmente en los días de fiesta.

Así, es en tiempos del gran Ezequiel Moreno Díaz, el santo obispo de Pasto, que surge la audaz idea de levantar un magnífico templo sobre el abismo. ¡El cielo es de los audaces! Y en 1899 el insigne pastor agustino descalzo secunda la idea por medio de una Carta Pastoral. Pero debido a la inestabilidad política del momento, recién el día 1º de enero de 1916 es colocada la primera piedra del actual santuario. Los trabajos recibieron durante 33 años el impulso de sucesivos capellanes, hasta su culminación en 1949. Su inauguración estuvo a cargo de Mons. Diego María Gómez Tamayo, arzobispo de Popayán, siendo párroco el Pbro. Justino C. Mejía y Mejía, pertinaz historiador de Las Lajas.

Por una gracia del Papa Pío XII, Nuestra Señora de las Lajas fue coronada canónicamente el 15 de setiembre de 1952, en una imponente celebración a la que asistieron casi todos los obispos de Colombia. En 1954, la Santa Sede concedió al santuario el título de Basílica Menor.

El testimonio de Gonzalo Suárez

 

Interior del Santuario. Al fondo, la laja con la imagen de la Virgen


Entre los cientos de testimonios que atribuyen a la Virgen de las Lajas las gracias insignes que alcanzaron, está registrado uno de puño y letra del capitán colombiano Gonzalo Suárez, quien milagrosamente salvó de morir durante la Guerra de los Mil Días (1899-1902):

“El 9 de febrero [de 1901] a las 7 a.m. el suscrito cayó mortalmente herido recibiendo siete balazos en la cara, producidos por una descarga de escopetas y carramplones; uno de esos balazos vació el ojo derecho, otro le rompió el párpado del ojo izquierdo, dañándole la retina, y otro le voló la nariz.

A las tres de la tarde del mismo día 9 de febrero se me levantó del sitio donde había caído y se me condujo al lugar designado para incinerar los cadáveres de los muertos en combate. Como las heridas recibidas hubiéranme de causar la pérdida de los sentidos, y por lo tanto quedar privado, todos los curiosos y los médicos dedujeron, después de un breve examen, que era ya cadáver. Como yo conservaba el sentido del oído, oía palpablemente las órdenes para que se me quemara; hice esfuerzos para manifestarles que tenía vida, pero todo era en vano… hubo un momento de suprema ansiedad… se dio la última orden y ya no había remedio. En ese supremo instante invoqué el nombre de la Santísima Virgen del Santuario de Las Lajas; prometiéndole que si permitía que no me quemaran vivo, iría a pie desde donde estuviera a postrarme de hinojos a su presencia. Terminada esta súplica, se presenta una señora y pide a voz en cuello el cadáver del capitán Suárez. […] me hace conducir con mis soldados a su casa. Allí permanecí cuatro meses completamente ciego. Después el general Albán me hizo conducir a Panamá.

Los médicos […] declararon que estaba ciego de por vida. […] El 15 de agosto comulgué en la capilla del hospital de Santo Tomás y después de recibir este alimento espiritual, hice que la reverenda hermana Elena Fernández me regalara un pedazo de algodón, y con fe de un verdadero católico lo hice pasar por los ojos de una imagen de la Virgen del Rosario que se venera en dicho hospital. Todos los días y cada vez que sentía afección al ojo, me frotaba con el algodón. Grande fue mi reconocimiento a la Madre de Dios, cuando a los dos meses, el 18 de octubre, veía perfectamente con el ojo izquierdo. Los médicos que ya habían remendado el párpado se sorprendieron al convencerse de la realidad y sin embargo, ¡blasfemos!, dijeron que era obra de la casualidad.

Consignaré aquí un hecho de verdadera abnegación que solamente puede inspirarlo la Religión Católica.

Como dije antes, una bala me llevó a tierra la nariz. Pues bien, para poder pronunciar siquiera algunas palabras, había necesidad de hacerme una operación plástica. Por lo tanto se necesitaba tomar de otra persona la cantidad de carne suficiente para cubrirme el hueco. Esta persona tenía que ser del mismo color, estar robusta y sin enfermedad contagiosa y, por último, someterse a un verdadero martirio. No teniendo en ese lugar a mi madre, único ser que podía sacrificarse por mí, veía materialmente imposible la realización de la operación. Estando los médicos en consulta y al pie de mi cama, salió del grupo de ángeles que a mi lado se había formado, una Hermana de la Caridad y ofreció voluntariamente su brazo para que fuera cercenado y así los médicos pudieran darme nariz […].

La hermana que puso en práctica este rasgo de caridad cristiana se llama Elena Fernández. Vivió en Panamá y fue testigo del milagro que me hizo la Virgen.

A la Virgen de las Lajas le debo el poder de verla hoy, y a Ella y a sor Elena poder contar este prodigio.

Santuario de Las Lajas, agosto 26 de 1906”.6

El llamado de la Virgen de Las Lajas


Hoy, transcurridos dos siglos y medio del descubrimiento de la imagen de la Virgen de las Lajas, en la profunda quebrada del río Guáitara, Nuestra Señora nos lanza a cada uno de nosotros un irresistible llamado. Es el mismo llamado que en 1917 formuló a los tres pastorcitos en Fátima. Un llamado a la oración, a la penitencia y a la enmienda de vida. Pero un llamado también a la confianza en la promesa de su triunfo.

En Las Lajas hay un milagro constante, un milagro palpable, un milagro indiscutible… Y una gran promesa de restauración del orden católico en un continente en el cual Dios quiso estampar su firma luego de la Creación.7     

Notas.-

1. No hay que confundir este poblado colombiano con la Villa Imperial de Potosí, en el Alto Perú, actual Bolivia, legendaria por su Cerro Rico, la mina de plata más grande del mundo. Fueron los padres dominicos quienes al llegar por vez primera para evangelizar este caserío, contemplando la inmensa mies espiritual que les esperaba, le llamaron Potosí en alusión a la anterior.
2. Pbro. Justino C. Mejía y Mejía, Tradiciones y Documentos sobre Nuestra Señora de Las Lajas, Editora Fax, sexta edición, Bogotá, 1966, p. 67.
3. Id. ibid., p. 68.
4. Id. ibid., p. 69.
5. Id. ibid., p. 72.
6. Id. ibid., pp. 229-232.
7. Otras oras consultadas:
–P. Rubén Vargas Ugarte S.J., Historia del Culto de María en Iberoamérica y de sus imágenes y santuarios más celebrados, Madrid, 1956, t. I, pp. 382-387.
–Fray Juan de Santa Gertrudis O.F.M., Maravillas de la naturaleza, Bogotá, 1956, t. III, c. 3, in www.lablaa.org/blaavirtual/faunayflora/maravol1/indice.htm
–Thomas Campbell, Our Lady of Las Lajas: A Continuous Miracle, in Crusade Magazine, Pensilvania, July/August 2010, pp. 17-18.

 



  




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