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«Tesoros de la Fe» Nº 99 > Tema “Pecado y acción diabólica”

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¿Qué son los pecados contra el Espíritu Santo? - II


PREGUNTA

Pido me explique qué significa el pecado imperdonable, el pecado contra el Espíritu Santo. Muchas gracias.



RESPUESTA

En la primera parte de la respuesta a esta pregunta, publicada en la edición anterior, mostramos como Santo Tomás especifica en qué consisten los seis pecados contra el Espíritu Santo. Falta explicar cómo se concilian las dos afirmaciones, aparentemente contradictorias, del Evangelio de San Mateo (12, 31-32), según el cual “todo pecado o blasfemia se les perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre [Jesucristo], se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro”.

Entonces, ¿cómo se entiende que todo pecado puede ser perdonado, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada?

La explicación de Santo Tomás es larga y exhaustiva, además de muy clara, pero exige una cierta familiaridad con el lenguaje teológico, al cual el lector común puede no estar habituado. Así, procuraremos destacar algunos trazos que permitan a una persona de cultura media comprender la argumentación.

Platón, Séneca y Aristóteles


Blasfemias contra la Santísima Trinidad

“Otros —explica Santo Tomás— lo entienden de otra manera, diciendo que hay pecado o blasfemia contra el Espíritu Santo cuando se peca contra el bien apropiado al Espíritu Santo, al cual se le apropia la bondad, como al Padre el poder y al Hijo la sabiduría. Según eso, dicen que hay pecado contra el Padre cuando se peca por debilidad; contra el Hijo, por ignorancia; y contra el Espíritu Santo, por pura malicia” (Suma teológica IIª-IIæ, q.14 a.1, c). El concepto de pura malicia fue ampliamente explicado en la primera parte de esta respuesta (en febrero pasado), y lleva en sí un pecado cometido con perfecta adhesión de la voluntad al mal, no simplemente por ignorancia, debilidad o pasión.

Aquí ya se comienza a comprender que, en el pecado contra el Padre (por debilidad) o contra el Hijo (por ignorancia), el pecador se deja conducir más fácilmente al arrepentimiento, y de éste al pedido de perdón, mientras el pecado contra el Espíritu Santo (por malicia) lleva a la obstinación en el pecado, y por lo tanto al rechazo del perdón. ¡No es Dios que no quiere perdonar; es el pecador que no quiere arrepentirse y, consecuentemente, ser perdonado!

Los milagros espirituales también ocurren...

Santo Tomás compara el pecado contra el Espíritu Santo a una enfermedad incurable: “Sucede algo análogo a lo que se dice de una enfermedad que por su misma naturaleza es incurable, porque no hay base de recuperación, sea porque se destruye la virtud de la naturaleza, sea porque causa náuseas de la comida o de la medicina, aunque esa dolencia pueda curarla Dios. Así sucede con el pecado contra el Espíritu Santo. Se dice de él que es irremisible por su naturaleza, en cuanto que excluye lo que causa la remisión del pecado [esto es, el arrepentimiento y el pedido de perdón]. No queda, sin embargo, cerrado del todo el camino del perdón y de la salud a la omnipotencia y misericordia de Dios, la cual, como por milagro, sana a veces [aliquando] espiritualmente a esos impenitentes” (Suma teológica IIª-IIæ, q.14 a.3, c.).

Así, Dios manifiesta su omnipotencia misericordiosa, convirtiendo al pecador como que a rebeldía de la obstinación de éste... Pero Santo Tomás observa que eso se da apenas a veces, para mostrar cuán raramente ocurre; como raros son también los milagros de carácter físico. En general, prevalece la tesis de la irremisibilidad de los pecados contra el Espíritu Santo, según el texto de San Mateo citado al inicio.

De ese modo, la aparente contradicción se resuelve.

¡La Antigüedad pagana ya versaba sobre estos temas!

Alguien podría pensar que tales puntos de la más genuina teología católica eran desconocidos por los filósofos de la Antigüedad. No obstante, en más de un punto se ve que Dios fue preparando los pueblos paganos para la aceptación del cristianismo.

San Miguel Arcángel arroja a los ángeles infieles al infierno


Así, “Aristóteles ya clasificaba a los pecadores en ignorantes (los que pecan por ignorancia), incontinentes (los que pecan por pasión) e intemperantes (los que pecan por opción o por malicia). Quien peca por ignorancia ignora, aunque culposamente, ser malo lo que hace. Quien peca por pasión, sabe perfectamente que lo que hace es malo, pero no se previene momentáneamente de esta malicia, ofuscado por el ímpetu culposo de la pasión. Quien peca por opción o malicia, ni ignora ni deja de tener conciencia de que es malo lo que hace; peca por cálculo, a sabiendas, con premeditación y pleno conocimiento de causa; persigue el deleite del pecado, no por haber sido vencido, sino porque lo escogió” (cf. Pedro de Tapia, Catena moralis, l.3 De vitiis et peccatis, q.11, a.3 — apud Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, t. V, Introducciones y Apéndices de Fray Pedro Lumbreras  O.P., Apéndice I, BAC, Madrid, 1954, p. 935).

Como se ve, la noción de pura malicia, que es el fundamento de la doctrina de los pecados contra el Espíritu Santo, ya tenía raíces en la filosofía griega, que la doctrina católica incorporó a su teología. Sobre ella, Santo Tomás vertió la luz de su privilegiada inteligencia.

Doctrina actualísima en el mundo moderno

En un mundo que se apartó de Dios por ignorancia, movido por las pasiones o por una opción firme y decidida por el mal (pura malicia), la pregunta del consultante levantó una cuestión que va mucho más allá de su interés personal por la materia. Y nos proporcionó la ocasión de reavivar la noción de pecado; la que —como decía Pío XII— el mundo ya había perdido en su pontificado.

Ahora bien, el mensaje que la Santísima Virgen fue portadora en Fátima, en 1917, era precisamente una alerta para esa pérdida de la noción de pecado, con la advertencia de que, si los hombres no se enmendasen, grandes castigos se abatirían sobre la humanidad.

Nadie osará decir que, de entonces para acá, la situación mejoró. ¡Todo lo contrario! Pero no es propio de la Providencia desalentar a los hombres en ninguna circunstancia. Por eso, sobre las nubes tenebrosas que se ciernen sobre el mundo, brilla una luz más brillante que el Sol: la promesa de Nuestra Señora de que, después de convulsiones de porte universal, ¡habrá un gran retorno de la humanidad a las vías sagradas de la civilización cristiana y la instauración del Reino del Inmaculado Corazón de María! La humanidad entonará un gran himno de alabanza al divino Espíritu Santo, que sofocará el rugido, ya entonces evanescente, de las actuales blasfemias contra el mismo Espíritu Santo. Así lo esperamos. Así sea.     





  




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