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«Tesoros de la Fe» Nº 79 > Tema “Esplendores de la Cristiandad”

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El peñasco de San Miguel

escalada hacia lo sublime


Wilson Gabriel da Silva


En Francia, tan rica en lugares extraordinarios, Le Puy-en-Velay es uno de los más impresionantes, aunque no sea de los más conocidos. La pequeña ciudad de 20 mil habitantes, situada en una cuenca poblada de peñascos de origen volcánico en el extremo sudeste de la región del Auvergne, es marcada por la fe, por la historia y por la belleza natural.

Ella adquiere su nombre de una montaña (este es el significado de “puy”) —el Puy d’Anis, hoy conocido como el Peñasco Corneille— en cuyo pico los católicos erigieron una gigantesca estatua de Nuestra Señora de Francia, dominando toda la ciudad. En la Edad Media, Le Puy-en-Velay se llamó Le Puy Notre-Dame o Puy Sainte-Marie.

Juntamente con Chartres, Le Puy-en-Velay abriga uno de los más antiguos santuarios erigido al culto mariano en la Galia celta-romana. Apariciones de la Santísima Virgen y curaciones milagrosas hicieron del lugar un centro de peregrinación. Ya en el siglo III sus habitantes abrazaban la fe cristiana, y el Anuario Pontificio registra la presencia allí de una diócesis desde esa remota época. En la Edad Media, se volvió uno de los principales puntos de partida del “camino de Santiago”, para los peregrinos que iban a Santiago de Compostela.

El más célebre obispo de Puy fue ciertamente Ademar de Monteil, nombrado en 1087. Ardoroso adepto de la reforma de la Iglesia, emprendida por San Gregorio VII, desempeñó un papel esencial en la preparación de la primera Cruzada, convocada por el Papa Urbano II en Clermont, capital del Auvergne, en 1095. Conocedor de Tierra Santa, que había visitado como peregrino, Ademar de Monteil fue escogido por el Papa como su legado en la dirección de la Cruzada, mientras el comando militar fue confiado al conde de Toulouse, Raymond de Saint-Gilles. Cuando las divergencias se manifestaron entre los barones que comandaban los principales ejércitos, el legado pontificio fue la única autoridad capaz de imponerse a todos, por su virtud y su habilidad diplomática. Murió en 1098, durante el cerco de Antioquía.

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268 peldaños para llegar hasta la capilla en la cima

Almas con sensibilidad notan aún hoy en Puy —en esta Francia lamentablemente cada vez más laica y distante de la religión de sus mayores— las señales de predilección providencial y de protección particular de María Santísima. A veces parece notarse la bendición divina en el propio paisaje.

La primera impresión religiosa es realzada por la propia configuración topográfica, que el sentido católico de los habitantes transformó en homenaje a sus patronos celestiales. A la distancia, la mirada distingue tres pináculos que hablan por sí.

Primero, la inmensa estatua de Nuestra Señora de Francia, que mide 16 metros de altura y pesa 110 toneladas. Fundida en 1860 con el bronce de 213 cañones conquistados como trofeos en la toma de Sebastopol, durante la guerra de Crimea, figura como símbolo apropiado de la realeza de María sobre la ciudad.

El segundo pináculo corresponde al campanario de la bella catedral, que alberga a la Virgen Negra de Puy, traída del Oriente por Luis VII o San Luis IX. Edificada en austero y recogido estilo románico, que revela una influencia bizantina y oriental. El flujo de fieles y de peregrinos exigió su ampliación en el siglo XII, y en el siglo XIX fue objeto de importantes restauraciones. Su rico tesoro alberga preciosas joyas y obras de arte.

Finalmente el menos alto, pero no menos sublime, el peñasco de San Miguel o St-Michel d’Aiguille, coronado por una encantadora y secular capilla votiva en homenaje al arcángel, patrono de Francia.

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Capilla románica en honra de San Miguel

La milenaria chimenea de piedra bruta, originaria de las furias de un antiguo volcán, brota de la planicie y sube de un sólo lance a una altura de 82 metros, para servir de pedestal a la secular capilla románica allí construida, no se sabe cómo, en honra de San Miguel. A ella se puede subir a través de 268 peldaños. Joya de la arquitectura, revela el genio de arquitectos que supieron aprovechar todos los espacios de una simple punta de un peñasco para erigirla allí y combinar con maestría el arte y la técnica. Los especialistas resaltan su portal oriental, su graciosa decoración de arabescos, sus mosaicos de piedras negras, grises y blancas, su complicado sistema de bóvedas. Todo tan original y tan bello, que se diría inspirado. En todo caso, fruto del espíritu auténticamente cristiano.

El edificio actual se remonta al siglo XI, pero el perfume sobrenatural que en su interior se respira parece transportarnos al ambiente de una gruta de los primeros ermitaños del cristianismo. El silencio y el aislamiento que allí imperan convidan al visitante a relacionarse con el arcángel o con el propio Dios.

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¿Qué decir al contemplar tales maravillas?

Diríamos que ellas hablan de hombres profundamente imbuidos del espíritu católico, de almas que practicaban la virtud, y por eso transmitían el espíritu de Cristo en todas sus obras, dando un sentido sobrenatural a la vida humana.

El panorama que describimos muy sumariamente habla de jerarquía, de un lado; de una búsqueda de lo sublime y del Cielo, de otro. En lo más alto está el reinado de los Corazones de Jesús y de María, simbolizado por la estatua de Nuestra Señora con el Niño Jesús. En segundo lugar la Iglesia, que representa la autoridad de Cristo en la Tierra. En tercer lugar, un arcángel celestial, que representa también a los santos, nuestros intercesores junto a Dios, nuestros aliados en las batallas de la vida terrena, difícil e incierta.

Todas las cimas apuntan al cielo, pero el peñasco de San Miguel lo hace con particular audacia. Ahí se conjugan la fuerza de la piedra y la levedad del arte. La linda capilla en el alto bien simboliza a Jerusalén celeste, de belleza atrayente y sublime, que debemos alcanzar subiendo por escarpados caminos. Es la invitación para la lucha, para las santas osadías, para el heroísmo, a fin de alcanzar el tan elevado premio de la felicidad eterna, prometido a todos los que combatiesen el buen combate.     





  




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