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«Tesoros de la Fe» Nº 174 > Tema “Objeciones más frecuentes”

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¿Existe algún medio lícito para evitar la natalidad?

MONSEÑOR JOSÉ LUIS VILLAC

PREGUNTA

La epidemia del zika y la asociación del virus a casos de microcefalia sirvieron de pretexto a la ONU para promover el uso de la píldora anticonceptiva entre mujeres de las zonas afectadas a fin de evitar la gestación, e incluso el recurso al aborto en los casos en que se constate la microcefalia en el niño por nacer.

Cuestionado en el vuelo de regreso de México, sobre si el aborto y la anticoncepción podrían ser, en este caso, considerados como un “mal menor”, el Papa Francisco respondió que el aborto es un crimen y un mal absoluto, pero evitar el embarazo no lo es. Y ejemplificó con el permiso para usar anticonceptivos que Paulo VI habría dado a religiosas amenazadas de estupro en África, en la década de 1960.

El portavoz del Vaticano, padre Federico Lombardi, en una entrevista a Radio Vaticano, afirmó después, refiriéndose a las palabras del Papa que el uso del anticonceptivo y del preservativo pueden ser objeto de un discernimiento serio de la consciencia en situaciones excepcionales de particular emergencia y gravedad.

Quedé muy confundida, porque algunos están diciendo que la Iglesia cambió de posición y que a partir de ahora es lícito que mujeres casadas usen la píldora para evitar un mal mayor, como sería el riesgo de que nazcan niños con microcefalia.

RESPUESTA


Es comprensible la confusión de nuestra consultante, que debe ser la de muchos lectores, frente a las referidas informaciones; como también es comprensible, en medio de esa perplejidad, la iniciativa de consultar a alguien que pueda resolver las dudas siguiendo las auténticas enseñanzas del magisterio de la Santa Iglesia.

Antes de entrar en los aspectos estrictamente morales del caso, cabe resaltar dos hechos que contribuyen a desinflar el ruido mediático acerca del virus zika y reducir el problema a sus verdaderas proporciones.

El primero es la falta de evidencia científica para demostrar que el aumento de los casos de microcefalia sea provocado por el mosquito.

La misión permanente de observación de la Santa Sede en la ONU emitió, el 16 de febrero pasado, una declaración cuestionando la precipitación con que se concluyó la existencia de una relación directa entre el zika y malformaciones congénitas.

Según la declaración, es necesario investigar más y no dejarse llevar por el pánico.

El segundo hecho digno de nota es que la microcefalia no constituye necesariamente una malformación grave, como lo afirmó la periodista Ana Carolina Cáceres, al señalar que tal condición es en realidad “una caja de sorpresas” y que, de cualquier forma, lo que los pacientes de microcefalia necesitan es ser asistidos y no ser abortados, pues esto les quita cualquier posibilidad de éxito.

¿Existe algún medio lícito para evitar la natalidad?

Dicho esto, descendamos al núcleo del problema moral, que es el siguiente: admitiéndose argumentandi gratia (sólo por argumentar) que el virus del zika provocase la microcefalia y que esta fuese una gravísima malformación, ¿sería lícito evitar el embarazo mientras dure la epidemia? La respuesta directa a la pregunta es que el control de la natalidad sería lícito cuando hubieran razones graves para ello, y que evitar una malformación en los niños podría ser una razón proporcionada que lo justifique. Es lo que el Papa Francisco afirmó en el avión al decir que “evitar un embarazo no es un mal absoluto”.

Sin embargo, es necesario agregar que el medio empleado para evitar el embarazo también debe ser lícito.

Es decir, debe respetar la finalidad primaria del acto sexual, que es la procreación.

El medio lícito más seguro de control de la natalidad es la abstinencia total de las relaciones conyugales. Pero también es lícito limitarlas a los periodos de infertilidad natural de la mujer, porque en ese caso los cónyuges nada hacen antes, durante o después del acto conyugal para que sea infértil.

Es lo que recuerda el nº 16 de la encíclica Humanae vitae de Paulo VI:

“Por consiguiente, si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores [por ejemplo, la epidemia del zika] , la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar” .

Principio del mal menor

Además, nótese que el Papa no dice “usar anticonceptivos artificiales no es un mal absoluto” para regular los nacimientos. Porque una afirmación tal chocaría con la enseñanza multisecular y constante de la Iglesia, reafirmada por la Humanae vitae que acabamos de citar. No entra en la naturaleza de esta columna detenerse a estudiar si el padre Lombardi interpretó correctamente o no las palabras (lamentablemente confusas y ambiguas) del Papa en el avión. Pero, lo cierto es que las declaraciones del padre Lombardi, portavoz de la Santa Sede, a Radio Vaticano son inaceptables y contradicen la enseñanza de la Iglesia tanto en lo que se refiere a los métodos artificiales de control de la natalidad cuanto a la aplicación práctica del llamado “principio del mal menor”. Es lo que veremos en seguida.

La anticoncepción artificial está definida como todo procedimiento que tiene la finalidad de impedir la concepción que puede resultar de un acto conyugal. Enseña la Humanae vitae en su nº 14:  “[...] debemos una vez más declarar que [...] queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación (cf. Cathechismus Romanus Concilii Tridentini ; Pío XI, Enc. Casti Connubii ; Pío XII, Alocs. de 1951 y 1958; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra )”.

Este procedimiento es siempre un mal, porque atenta contra el fin natural primario del acto conyugal, disociando sus dimensiones procreativa y unitiva, naturalmente inseparables. Quien recurre a tales maniobras comete siempre un mal moral.

Todo acto conyugal contraceptivo es intrínsecamente malo y no hay ninguna circunstancia, por más grave que sea, que lo haga lícito, porque nunca se puede practicar un mal para que de él resulte un bien. Es la primera regla de la moral, que contradice el execrable principio de Maquiavelo:  “El fin justifica los medios” .

Ilicitud de la tesis del mal moral menor

En lo que se refiere a una supuesta aplicación del “principio del mal menor”, veamos primero en qué consiste realmente este principio. No se trata de hacer un mal moral menor para evitar un mal mayor (por ejemplo, matar a un inocente para salvar a muchos otros), porque, como acabamos de ver, eso sería maquiavélico e inmoral.

En el vocabulario corriente, la palabra “mal” no se emplea apenas para referirse a un mal moral, sino también a una imperfección, una carencia, un daño o una pérdida, como sería, por ejemplo, el mal de perder la vista. El principio del mal menor es una regla de sensatez que nos autoriza a hacer o permitir un mal —en ese sentido no moral— para impedir un otro mal u obtener un bien mayor.

Por ejemplo, los bomberos tumban la puerta de una casa para rescatar a la víctima de un incendio. Un “mal” es hecho (tumbar la puerta), pero ese mal es un mal físico y no un mal moral, pues derribar el obstáculo que impide llegar hasta la víctima es un acto moralmente bueno.

Al contrario, que una pareja use anticonceptivos o preservativos para impedir el embarazo es practicar un mal moral , pues se priva artificialmente al acto conyugal de su poder generativo. Se trata, por tanto, de un medio inmoral, intrínsecamente pecaminoso, inadecuado para obtener un bien o evitar un daño (lo que, dicho sea de paso, se puede alcanzar a través de otros medios lícitos, como la abstinencia total o periódica).

La encíclica Humanae vitae resume lo expuesto de la siguiente manera: “Tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor […] En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande ( cf. Pío XII, Aloc. al Congreso Nacional de la Unión de Juristas Católicos Italianos, 6/12/1953 ), no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien ( cf. Rom 3, 8 ) es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social” (cf. nº 14).

El pecado no se justifica bajo ningún pretexto

En consecuencia, afirmar o sugerir que alguna “emergencia” o “situación especial” podría permitir en consciencia el uso de anticonceptivos o preservativos es contrario a la Teología Moral católica, porque privar voluntariamente al acto conyugal de su poder generativo es siempre inmoral. ¿Cómo podría una emergencia o una situación especialmente grave justificar aquello que es siempre un pecado? Dar a las personas la posibilidad de “discernir” como lícita la práctica de un acto inmoral en circunstancias graves, es deformar la consciencia. Una de las tareas de esta es justamente incitar el respeto a las normas morales en circunstancias especiales.

El martirio, por ejemplo, es el resultado de un “discernimiento” que nos dice que es preciso rechazar un acto malo (la abjuración de la fe) en una situación de emergencia.

Algún lector podría objetar con el caso de ciertas mujeres que sufren agudos dolores a causa de un quiste en el ovario o de endometriosis y son tratadas con píldoras anticonceptivas, que las vuelven infértiles durante el tratamiento. La respuesta a la objeción es simple: las píldoras son dadas como tratamiento terapéutico y no como anticonceptivos, por lo cual la infertilidad temporal es un efecto secundario no deseado por el tratamiento. Tal uso es justificado, como lo explica el nº 15 de la Humanae vitae :

“La Iglesia, en cambio, no considera de ningún modo ilícito el uso de los medios terapéuticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese un impedimento, aun previsto, para la procreación, con tal de que ese impedimento no sea, por cualquier motivo, directamente querido” .

Por fin, se podría objetar también con el caso evocado por el Papa durante la entrevista en el avión, de las religiosas africanas supuestamente autorizadas por la Santa Sede a tomar píldoras anticonceptivas ante la posibilidad de un probable estupro.

Hay que responder que jamás fue demostrada la existencia de dicha autorización. Según el conceptuado vaticanista Sandro Magister, “en ningún lugar se encuentra que Paulo VI haya concedido explícitamente ese permiso” (www.Chiesa, 24/2/2016).

Pero, incluso suponiendo que hubiese existido, es improcedente extrapolar de un caso de legítima defensa contra un agresor (lo que eventualmente podría autorizar a la víctima a matar al estuprador y, a fortiori , permite impedir una fecundación forzada) al caso de relaciones conyugales consentidas , como serían las de mujeres en zonas afectadas por el virus del zika, que tomaran píldoras para quedar infecundas.

Si algún lector estuviera interesado, podré volver en otra ocasión a la espinosa cuestión moral puesta por la legítima defensa contra el estupro. Pero desde ya una cosa es cierta: su solución es inaplicable al caso que hoy hemos tratado.



  




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