El Perú necesita de Fátima La verdadera penitencia que Nuestro Señor ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes.
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Sermones de Esperanza
para tiempos de calamidad

De un tiempo a esta parte, vivimos sobresaltados por el creciente número de catástrofes naturales —huracanes, terremotos, inundaciones, sequías, etc.— que afligen al mundo de hoy, y que en cualquier momento pueden golpearnos más de cerca. El hombre moderno, que conquistó la Luna, inventó la bomba atómica y progresó tanto del punto de vista material, se siente impotente ante estos hechos.

El espectáculo de desolación de las calamidades naturales y la confrontación con la muerte en gran escala puede provocar en el ser humano diversas reacciones, dependiendo del punto de vista que adopte. Tres son las actitudes más corrientes al abordar la cuestión: la impía, la naturalista y la sobrenatural.

Muestra típica de la primera, fue la que adoptó Voltaire en su novela Cándido, escrita después del terremoto de Lisboa de 1755, en la cual satiriza la fe católica, presentando una falsa alternativa: si Dios existe, cuando ocurre una nueva catástrofe causando treinta mil muertos, o Dios no es bueno (porque la quiso) o no es todopoderoso (porque no consiguió impedirla); luego, Dios no existe... ¿A cuánto menudo imitador de Voltaire no hemos visto aparecer en la prensa, radio o televisión peruana tras el lamentable terremoto del 15 de agosto pasado? 1

Ejemplo de cómo abordar el tema bajo un punto de vista puramente natural y humanitario, lo han dado prácticamente todos los medios de comunicación social, los organismos asistenciales, muchas personalidades de la política e incluso eclesiásticos 2, a raíz de ese mismo terremoto, que destruyó gran parte de Pisco y afectó a las ciudades de Ica, Chincha y Cañete, y a numerosos poblados del interior.

Modelo de actitud sobrenatural fue, por ejemplo, la reacción del arzobispo emérito de Nueva Orleáns, Mons. Philip Hannan, quien a propósito de la catástrofe inédita que sufrió su ciudad por el paso del huracán Katrina, declaró:

“Hemos llegado a un grado de inmoralidad nunca visto, y el castigo fue el Katrina. Debemos contar a nuestra posteridad lo terrible que fue, para que ella entienda que se trató de un castigo, el cual debe mejorar nuestra moralidad.

“Como ciudadanos, somos responsables por la actitud de la nación en cuestiones sexuales, por la falta de respeto a los derechos de la familia, por el uso de drogas, por la muerte de 45 millones de niños abortados, por el comportamiento escandaloso de algunos sacerdotes. Por lo tanto debemos comprender que ciertamente Dios tiene el derecho de castigar” 3.

Una explicación para este divino proceder, a que alude Mons. Hannan en su homilía, se encuentra en la célebre Ciudad de Dios de San Agustín. Afirma el gran Doctor de la Iglesia que, en los individuos, la felicidad en esta vida no está necesariamente vinculada a la virtud. Y esto por dos razones: primero, para que las personas no sean “virtuosas” por mero interés; y, segundo, porque siendo el premio y el castigo eternos en la otra vida, Dios retribuye a los malos en esta vida el poco bien que obraron, y hace pagar a los buenos en esta vida el mal que hicieron, para no tener que pagarlo en el purgatorio.

Pero, prosigue San Agustín, eso no vale para los pueblos, porque ellos no existirán en la eternidad. Entonces, las naciones sólo pueden ser premiadas o castigadas aquí en esta tierra por sus actos de virtud o sus pecados colectivos. Y él muestra cómo, tanto en la Historia Sagrada como en la Historia profana, la paz y la prosperidad fueron el premio de las naciones en sus periodos virtuosos; mientras que la discordia, la guerra y la miseria fueron la suerte de los pueblos en sus facetas de decadencia moral.

¿Cuál es entonces el mejor antídoto para los castigos colectivos? La conversión de los corazones, la penitencia y la devoción al Inmaculado Corazón de María. Precisamente lo que la Santísima Virgen vino a pedir en Fátima.

Conversión, penitencia, devoción a la Santísima Virgen. Ésta es también la idea central de la serie de nueve sermones para ser pronunciados en tiempos de calamidad, que ahora publicamos. Ellos fueron escritos por San Alfonso María de Ligorio para utilidad de los predicadores de su congregación y publicados por primera vez en 1758, como un anexo de su célebre Preparación para la buena muerte.

Nota sobre el autor.-

Los escritos de San Alfonso María de Ligorio tienen particular autoridad, no sólo por la santidad del autor, sino, sobre todo, por haber sido proclamado Doctor de la Iglesia y Patrono de los moralistas y confesores.

Esos títulos, los obtuvo tanto por su ciencia teológica cuanto por la posición equilibrada —ni rigorista, ni laxista— que supo tomar en las espinosas cuestiones doctrinarias levantadas, en el curso de los siglos XVII y XVIII.

No es superfluo destacar el equilibrio sobrenatural de la personalidad de San Alfonso María de Ligorio, pues su insistencia a lo largo de los sermones en asuntos como “pecado”, “castigo”, “infierno”, puede hoy parecer excesiva. Por lo menos a los católicos formados —¿o deformados?— por homilías y por escritos espirituales que parecen haber olvidado esos temas, no obstante ser esenciales para una buena formación moral y para la recta comprensión de la religión católica.

Que la Santísima Virgen conceda a los lectores de esta obra el mayor provecho espiritual y obtenga de su Divino Hijo la conversión del mundo, en medio de las actuales calamidades morales y materiales que lo afligen cada vez más.


1. Cf. “Si yo creyera en Dios”, in La Primera, Lima, 23-8-2007.
2. Cf. “No fue castigo de Dios”, in El Peruano, Lima, 20-8-2007.
3. Cf. “Fue un castigo de Dios”, proclama arzobispo emérito de Nueva Orleáns, in Tesoros de la Fe, Nº 48, diciembre de 2005.


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