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«Tesoros de la Fe» Nº 156

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La infinita grandeza del Dios Niño

A los pies del pesebre, consideración sobre la majestad compuesta de sabiduría, de santidad, de ciencia y de poder

Plinio Corrêa de Oliveira

Adoración de los Pastores, Esteban Murillo, 1650 — Óleo sobre lienzo, Museo del Prado - Madrid

EN EL NIÑO JESÚS podríamos considerar, entre muchos aspectos —como, por ejemplo, la pobreza—, la infinita grandeza.

El, con majestad de verdadero Rey, aunque recostado en su pesebre y siendo aún una criatura; Él, Rey de toda majestad y de toda gloria, el creador del Cielo y de la Tierra, Dios encarnado hecho hombre; Él, desde el primer instante de su ser —por lo tanto ya en el vientre de la Santísima Virgen— ostentando más majestad, más grandeza, más manifestaciones de fuerza y de poder que todos los hombres que hubo y habrá en la tierra; Él, incomparablemente más inteligente que Santo Tomás de Aquino, incomparablemente más poderoso que Carlomagno, Napoleón o Alejandro; Él, conocedor de todas las cosas, sabiendo incomparablemente más que cualquier científico moderno.

El Niño Jesús, a sus momentos. manifestaba en la fisonomía siempre variable esta majestad compuesta de sabiduría, de santidad, de ciencia y de poder.

Imaginemos, por tanto, encontrando todo esto misteriosamente expresado en la fisonomía del Divino Infante: a veces moviéndose, y en el movimiento apareciendo su lado de Rey; abriendo los ojos, y en su mirada apareciendo un fulgor de tal profundidad que discerniéramos en Él a un gran sabio; rodeándolo, una atmósfera tal que aureolase de santidad a todos cuantos se le acercasen. Una atmósfera de pureza tal, que las personas se aproximasen allí no sin antes pedir perdón por sus pecados, y al mismo tiempo sintiéndose atraídas a corregirse de ellos por la santidad que emanaba del lugar.

Imaginen allí, por fin, a la Santísima Virgen junto al Niño Jesús, también Ella como verdadera Reina —pues Ella lo era y lo es—, con una dignidad e imponencia tales, que no necesitaba ni de trajes nobles ni de tejidos de calidad para hacerse valer.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 248 / Agosto de 2022

La sagrada flor de Lima
La Rosa de la Ciudad de los Reyes

Santa Rosa de Lima con el Niño Jesús, Esteban Murillo, s. XVII – Óleo sobre lienzo (colección privada)



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Santoral

18 de agosto

San Agapito, Mártir

+siglo III Palestina. Con apenas 15 años, pero ya lleno de amor a Dios, fue duramente flagelado con nervios de buey, después entregado a los leones, que no lo tocaron. Finalmente tuvo la cabeza cortada.



Santa Elena, Viuda

+329 Roma. Madre de Constantino, Emperador romano que, una vez convertido, consolidó el triunfo de la Iglesia sobre el mundo pagano. A Santa Elena se le atribuye el hallazgo de la verdadera Cruz de Cristo.



Santos Florencio y Lauro, Mártires

+siglo II Asia Menor. Eran hermanos y talladores de piedra. Cuando terminaron de edificar un templo pagano, fueron convertidos juntamente con los propietarios de aquel, Próculo y Máximo, que los precedieron en el martirio.








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