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«Tesoros de la Fe» Nº 249

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El cazador de venados

P. Luis Coloma SJ

En aquella abrasadora zona que con el nombre de Tierra Caliente atraviesa a Méjico de Oriente a Poniente, hay un pueblo llamado La Huacana, distante unas sesenta leguas de Morelia, capital de Michoacán. Tiene La Huacana a lo sumo cinco mil habitantes, y es, sin embargo, en aquella comarca, la menos poblada de Méjico, capital de todos los pueblos y rancherías de veinte leguas a la redonda.

Multitud de alimañas, que un calor de treinta grados, aun en invierno, multiplica asombrosamente; calenturas constantes, fiebre amarilla, y otras enfermedades indígenas como el buche y la quirigua, alejan a los hombres de aquella grandiosa comarca, rica cual ninguna, como de un paraíso inficionado, en que no les es dado habitar. La flora y la fauna son en ellas exuberantes en grandiosidad y belleza; ríos caudalosos la cruzan; bosques enteros de palmeras, plátanos y árboles frutales la cubren, alternando con espesas selvas de maderas preciosas, entre las que abunda sobre todo el rico palo de tinte. Allí se encuentran esas aves de bellísimo plumaje, que se disputan la ciencia y la moda, la una para sus gabinetes, y la otra para sus caprichos; allí se encuentra igualmente caza de todo género, desde la liebre hasta el leopardo; desde el venado, abundante en extremo, hasta el yaguareté o gran pantera americana, de manchada piel y ferocidad solapada y astuta. Y en medio de aquel ostentoso lujo de la naturaleza, escondidas en las entrañas de aquella tierra inhospitalaria, cual si malignos gnomos las hubiesen sepultado allí para burlarse de la codicia humana, encuéntranse también ricas minas de hierro, de cobre, de plata… que ni aun las largas uñas de Jonathan, el gran farsante republicano, han podido desenterrar.

La ociosidad, que fomentan y disculpan la feracidad del suelo y lo caluroso del clima, es el vicio general de aquellos pobres indígenas, descendientes en su mayor parte de antiguos colonos andaluces y extremeños. No son, sin embargo, astutos, como la mayor parte de los pueblos indolentes, cuya dulzura habitual les sirve para disimular, cuando es necesario, hasta la misma cólera. Son, por el contrario, sencillos, hospitalarios, generosos y tan valientes y aguerridos cuando se irritan y riñen, que no son más temibles las garras de los yaguaretés de sus bosques, que el afiladísimo machete o especie de alfanje morisco, que manejan en sus peleas con sin igual destreza. Jugar el machete como ninguno, es, según su frase, la mayor gloria a que aspiran aquellos infelices; y cuando en los sangrientos combates en que se disputan esta palma, es solo un brazo el que cae a la violencia de un tajo, suelen decir los testigos con la mayor frescura, mirándose entre sí con aire chasqueado:

—¡Ah, compá… que tarugá le erró!…

A fines de 1868 llegó a la parroquia de San Juan de La Huacana el arzobispo de Michoacán, Ilmo. Sr. D. José Ignacio Árciga. Visitaba el prelado por primera vez aquella parte de su diócesis y el entusiasmo con que fue recibido por aquella pobre gente rayaba en delirio. A bandadas bajaban hombres y mujeres de los montes; salían de entre las breñas a pie y a caballo, y con una alegre algazara, que tenía mucho de infantil y no poco de conmovedora, corrían a saludar al arzobispo, ofreciéndole cada cual, según su costumbre, algún presente de valor exorbitante para su mucha pobreza.

—“Por ahí le truje a su mercé una mancuerna de vaquillas…”

—“Y yo le truje una yunta de toros”, decía otro.

—“Y yo una potranca novata”, añadía un tercero.

A todos recibía el arzobispo con afecto de padre, admirando aquella espontánea generosidad, prueba convincente de que la gratitud y el cariño jamás se encierran en el corazón ni se limitan a hueca palabrería; sino que, como el saltadero del agua, tienden a brotar en raudal puro y fecundo, y a manifestarse con la elocuencia de los hechos, aun a costa de grandes sacrificios. Porque grandes sacrificios representaban, en efecto, los modestos dones que aquella pobre gente presentaba a su Prelado, y que este no se atrevía a aceptar por compasión a tanta pobreza, ni a rechazar tampoco por respeto a tanta generosidad: que harto comprendía su superior espíritu, que el modo más delicado de agradecer un obsequio sincero, es aceptarlo sinceramente. Determinó al cabo no recibir aquellos dones que tantas privaciones representaban, y para que no atribuyesen a desaire su negativa, pidióles en cambio algunas frutas del país: viéronse entonces llegar en tal abundancia las cargas de cocos, naranjas, sandías y frutas de todas clases, que no bastaba para contenerlas un vasto aposento que se designó al afecto.

Hallábase un día el arzobispo en el confesionario, según solía hacer en sus visitas, para administrar el sacramento de la Penitencia a los adultos que habían de recibir luego el de la Confirmación. Entre la multitud de penitentes que le circuía, vio a lo lejos un pobre tullido, que pacientemente esperaba su turno: le llamó al punto el prelado para ahorrarle las molestias de tan larga espera, y comenzó a interrogarle, como tenía de costumbre, a causa de la suma ignorancia de la doctrina cristiana en que yace sumida aquella pobre gente, por razón de la grande escasez de clero en toda la comarca.

—“¿De dónde eres?”, le preguntó el arzobispo.

—“Padrecito”, contestó el tullido, con ese mimoso lujo de diminutivos propio de los americanos: “de un monte que dista de aquí más de quince leguas”.

—“¿Y cómo has venido?”.

—“Atravesado en un mulo, padrecito”.

—“¿Qué estado tienes?”.

—“Viudo, padrecito; con dos hijitas ya casaderas”.

—“¿Y cuál es tu oficio?”.

—“Cazador, padrecito”.

—“¡Cazador, tú!”, exclamó el arzobispo estupefacto, sin poder contener la risa.

—“Sí, padrecito”, respondió muy formal el tullido.

—“¿Pero qué es lo que cazas?”…

—“Cazo venados, padrecito”.

—“¿Venados?… ¡Vamos hombre eso no puede ser!”, replicó el arzobispo entre risueño y enojado, por creer que se las había con un tonto o con un pícaro.

Mas sus dudas se desvanecieron y la curiosidad más viva se apoderó de su ánimo, al ver que, encogiéndose de hombros el tullido, añadió con la sencilla convicción del que posee la clave de un enigma:

—“No sería ciertamente, si mi Padre Dios no me ayudase”.

Sorprendido el arzobispo de tan sencilla como profunda respuesta, rogó al tullido que le refiriese minuciosamente su género de vida.

—“Pues mire su mercé”, contestó el tullido con la misma sencilla calma: “como he dicho antes, soy viudo hace muchos años, y no tengo más familia que mis hijitas… Paso los días que el Señor me da de vida, de este modo: al levantarme por la mañana, digo una oración a mi Padre Dios; almuerzo lo que mis hijas me tienen ya preparado, y arrastrándome después como puedo, salgo al campo con mi carabina… A los pocos pasos que he andado fuera de mi casa, ya mi Padre Dios me tiene un venadito como se lo he pedido en mi ­oración… Lo mato, vienen mis hijas, lo llevan a casa, y con la carne y los cueros, que mandamos vender, nos mantenemos ha muchos años”.

Maravillado el arzobispo, así de lo que decía el tullido, como de la sencilla ingenuidad con que lo relataba en su inimitable y pintoresca jerga, le instó a que dijera la oración en que diariamente pedía el venado, a aquel Dios que, con verdadera confianza de hijo, llamaba siempre su Padre.

—“¡Eso no haré, padrecito; eso no haré!”, replicó vivamente el tullido.

—“¿Pero por qué?”…

—“Porque me da vergüenza”.

—“Pero, hijo mío, ¿no dices esa oración delante de tu Padre Dios?”…

—“¡Ah! sí, padrecito; pero mi Padre Dios… Vamos, mi Padre Dios es otra cosa”…

—“Mira que yo te ruego que me la digas… ¿Por qué no has de darme gusto?”…

—“Padrecito… haré todo lo que su mercé me mande; pero eso no, porque me da mucha vergüenza”.

—“Pues eso es lo que ahora te pido… Vamos, hombre, dame gusto; que eso no debe avergonzarte”.

—“Pero, padrecito, si esa oración no la he aprendido en ningún libro, ni me la ha enseñado nadie”.

—“Sea como fuere… Dila”.

—“Pues mire, padrecito, porque usted no lo tome a desaire, se la diré… Cuando me pongo, pues, de rodillas a la mitad de mi jacalito [choza], le digo a mi Padre Dios… ¡Eh, Padre Dios!… Tú me has dado estas hijitas que tengo, y también tú me has dado esta enfermedad que no me deja andar… Yo tengo que alimentar a mis doncellitas, porque ellas no han de ir a ofenderte… Ea, pues, Padre mío, ponme aquí cerca un venadito, donde yo lo pueda matar, y así quedará socorrida esta pobre familia”.

El arzobispo escuchaba absorto, como si el Príncipe de la Iglesia aprendiese del infeliz tullido, y este, sin reparar en la admiración de aquel, concluyó sencillamente:

—“Esta es la oración, padrecito… Y cuando la he dicho, salgo al campo seguro de encontrar lo que he pedido a mi Padre Dios, y lo encuentro siempre… Y en veinte años que llevo de estar enfermo, nunca me ha faltado este socorro: porque mi Padre Dios es muy bueno… muy bueno…”

¿Os asombra este prodigio?… ¿Dudáis acaso de él, recordando que también vosotros pedís a Dios bienes y no os los concede? ¿Remedios y no os los da? ¿Auxilios y no os los presta?… Quizá el mismo tullido pueda daros también la clave del misterio… Oíd al mismo arzobispo de Michoacán, que os dirá al oído muy bajo, pero muy bajo, quizá por no avergonzaros, que aquel pobre semisalvaje de los bosques de América, invocaba a su Padre Dios desde el fondo de un corazón perfectamente resignado; que levantaba hacia Él, como encarga San Pablo, sus manos puras, puras… Tan puras, que en los veinte años que llevaba de enfermedad, era su mayor falta haber apaleado a un perro, que le estaba comiendo un cuero de venado…

Con esto cesará a vuestros ojos el prodigio, porque no es prodigio que Dios cumpla lo que promete. El prodigio grande sería, que dejara de cumplirlo.



  




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