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«Tesoros de la Fe» Nº 246

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Los sacrificios de las almas justas aplacan la ira de Dios

Continuando con la exposición de la devoción al Señor de la Misericordia, el autor transcribe trechos seleccionados del Diario de santa Faustina Kowalska, sobre el papel de las almas justas como pararrayos de la justicia divina

Luis Dufaur

El ángel exterminador, Josep Llimona, 1895 – Cementerio de Comillas, Cantabria (España)

En las sorprendentes manifestaciones de la Divina Misericordia a santa Faustina, Dios no se limitó a mostrarle la cólera divina que se cierne sobre el mundo actual, a causa del estado de concesión a la inmoralidad y al desorden moral por parte del clero y de los laicos. Nuestro Señor le hizo comprender asimismo el papel de las almas que ofrecen sacrificios y actos de amor en reparación por tantas ofensas.

Santa Faustina nos cuenta en las anotaciones de su Diario del viernes 13 de setiembre de 1935:

“Por la tarde, estando yo en mi celda, vi al ángel ejecutor de la ira de Dios. Tenía una túnica clara, el rostro resplandeciente; una nube debajo de sus pies, de la que salían rayos y relámpagos e iban a las manos y de su mano salían y alcanzaban la tierra.

Al ver esta señal de la ira divina que iba a castigar la tierra y especialmente cierto lugar, que por justos motivos no puedo nombrar, empecé a pedir al ángel que se contuviera por algún tiempo y el mundo haría penitencia.

Pero mi súplica era nada comparada con la ira de Dios. En aquel momento vi a la Santísima Trinidad. La grandeza de su Majestad me penetró profundamente y no me atreví a repetir la plegaria.

En aquel mismo instante sentí en mi alma la fuerza de la gracia de Jesús que mora en mi alma; al darme cuenta de esta gracia, en el mismo momento fui raptada delante del trono de Dios.

Oh, qué grande es el Señor y Dios nuestro e inconcebible es su santidad. No trataré de describir esta grandeza porque dentro de poco la veremos todos, tal como es.

Me puse a rogar a Dios por el mundo con las palabras que oí dentro de mi. Cuando así rezaba, vi la impotencia del ángel que no podía cumplir el justo castigo que correspondía por los pecados.

Nunca antes había rogado con tal potencia interior como entonces. Las palabras con las cuales suplicaba a Dios son las siguientes:

Padre eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, por nuestros pecados y los del mundo entero. Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros”.1

Amor a la cruz y desprecio del mundo

Reliquia de santa Faustina expuesta a la veneración de los fieles en el Santuario de la Divina Misericordia, Cracovia (Polonia)

Nuestro Señor también le hizo ver el papel decisivo que desempeñan los buenos religiosos para contener o moderar la ira divina:

“Vi a Jesús clavado en la cruz. Después de estar Jesús colgado en ella un momento, vi toda una multitud de almas crucificadas como Jesús.

Vi la tercera muchedumbre de almas y la segunda de ellas.

La segunda infinidad de almas no estaba clavada en la cruz, sino que las almas sostenían fuertemente la cruz en la mano; mientras tanto la tercera multitud de almas no estaba clavada ni sostenía la cruz fuertemente, sino que esas almas arrastraban la cruz detrás de sí y estaban descontentas.

Entonces Jesús me dijo:

—Ves, esas almas que se parecen a mí en el sufrimiento y en el desprecio, también se parecerán a mí en la gloria; y aquellas que menos se asemejan a mí en el sufrimiento y el desprecio, serán menos semejantes a mí también en la gloria.

La mayor parte de las almas crucificadas pertenecían al estado eclesiástico; vi también almas crucificadas que conozco y eso me dio mucha alegría”.2

El papel de las órdenes religiosas

En otra ocasión, santa Faustina tuvo esta visión:

“También aprendí que la existencia del mundo la sostienen las almas elegidas, es decir, las órdenes religiosas. Ay del mundo si faltan las órdenes religiosas”.3

Y Dios le hizo ver a santa Faustina que ella formaba parte, y de manera eminente, del número de estos buenos religiosos y religiosas.

Por ejemplo, el 26 de mayo de 1938, ella escuchó estas palabras:

“—Si no me ataras las manos, enviaría muchos castigos sobre la tierra. Hija mía, tu mirada desarma mi ira; aunque tu boca calla, me llamas con tal fuerza que todo el cielo se estremece. No puedo rehuir tu súplica, porque no me persigues a mucha distancia sino en tu propio corazón”.4

En La Salette, la Santísima Virgen subrayó el papel decisivo de las almas virtuosas que ofrecen su holocausto para mitigar la justa indignación del Cielo y atraer la misericordia sobre los hombres:

“Los justos sufrirán mucho; sus oraciones, su penitencia y sus lágrimas subirán hasta el Cielo y todo el pueblo de Dios pedirá perdón y misericordia, pedirá mucha ayuda e intercesión”.5

Cómo rezar la coronilla de la Divina Misericordia

Cofradía de penitentes cargando cruces durante la Semana Santa en Sevilla, (España)

Santa Faustina dejó registrado en su Diario cómo fue que Nuestro Señor le enseñó a rezar el rosario de la Divina Misericordia.

La coronilla de la Divina Misericordia se reza con el propio rosario de la Santísima Virgen. En lugar de los padrenuestros y avemarías, se rezan las oraciones que Nuestro Señor le dictó a la vidente, según veremos a continuación.

El 13 de setiembre de 1935, la santa vio al ángel ejecutor de la cólera de Dios, que lanzaba rayos y relámpagos sobre la tierra

Santa Faustina comenzó entonces a implorar a Dios con palabras que escuchaba en su interior. Y el ángel ejecutor quedo paralizado por esta oración y no pudo llevar a cabo el justo castigo.

“A la mañana siguiente —escribe—, cuando entré en nuestra capilla, oí esta voz interior:

Cuantas veces entres en la capilla, reza en seguida esta oración que te enseñé ayer.

Cuando recé esta plegaria, oí en el alma estas palabras:

Esta oración es para aplacar mi ira, la rezarás durante nueve días con un rosario común, del modo siguiente:

Primero rezarás una vez el Padre Nuestro y el Ave María y el Credo.

Después, en las cuentas correspondientes al Padre Nuestro, dirás las siguientes palabras:

Padre eterno, te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, como propiciación por nuestros pecados y los del mundo entero.

En las cuentas del Ave María, dirás las siguientes palabras: Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Para terminar, dirás tres veces estas palabras: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero”.6

1. Santa María Faustina Kowalska, Diario de – La Divina Misericordia en mi alma, Marian Press, Stockbridge (EE.UU.), 2007, p. 218-219.

2. Idem, p. 209-210.

3. Idem, p. 506.

4. Idem, p. 606.

5. Cf. aparicaodelasalette.blogspot.com/p/espanol.html.

6. Diario, p. 219.



  




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