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«Tesoros de la Fe» Nº 243

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San Olegario

Gloria de la España medieval

Ilustre prelado barcelonés, legado pontificio y restaurador del arzobispado de Tarragona; continuó el movimiento de reforma de la Iglesia iniciado por el monje Hildebrando, el gran Papa san Gregorio VII

Alonso de Souza

El conocido hagiógrafo jesuita, padre Pedro de Ribadeneira, comienza así su memoria sobre san Olegario: “Por muchas razones puede Barcelona ciudad nobilísima de Cataluña, llamarse dichosa y afortunada, llenando cabalmente su primitivo nombre de Favencia, que significa ‘la favorecida o dichosa’. Lo fue y lo es, por los hijos insignes en dignidades, letras, valor y armas: por lo cual merece con justo título llamarse la favorecida del cielo y del suelo. Pero uno de los blasones de que hace más gala, y con que se ennoblece mucho Barcelona, es mirarse patria de san Olegario, dignísimo prelado de ella, y arzobispo de Tarragona: cuya prodigiosa vida, sacada ya de papeles auténticos que se conservan en los archivos reales de Barcelona, ya de otras historias antiguas y verdaderas de Cataluña, es en esta manera”.1

Asimismo, según la página web de la Catedral Basílica Metropolitana de Barcelona, san Olegario “era quien con los grandes papas y reformadores como Gregorio VII y Calixto II y los abades de Cluny, impulsó una reforma en la Iglesia, comenzando por sus diócesis de Barcelona y Tarragona”,2 lo que fue crucial para que la Edad Media alcanzara su apogeo en los siglos siguientes.

Padres ilustres por la nobleza y la piedad

Olegario nació el año 1060. Su padre era secretario del conde de Barcelona, Ramón (o Raimundo) Berenguer I, y su madre descendía de la nobleza goda. El conde Ramón obtuvo varias victorias sobre los moros, extendiendo ampliamente sus dominios e imponiendo pesados tributos a las ciudades moriscas. “Los historiadores afirman que esos tributos contribuyeron a crear la primera ola de prosperidad de la historia de Cataluña. Durante su gobierno, el poder marítimo catalán comenzó a hacerse notar en el Mediterráneo occidental. Ramón Berenguer el Viejo fue también el primer conde de Cataluña en adquirir tierras (los condados de Carcasona y Razés) e influencia al norte de los Pirineos. Otro de sus grandes logros fue el inicio de la codificación del derecho catalán en las Usatges escritas de Barcelona, que se convertirían en la primera recopilación completa del derecho feudal en Europa occidental”.3

Restos mortales del conde Ramón de Berenguer I en la catedral de Barcelona

Ramón de Berenguer tenía tres hijos, y quería que se criaran y educaran en compañía del pequeño Olegario. Encantados por sus cualidades y disposiciones, sus padres le enviaron a los diez años de edad a continuar sus estudios con los canónigos de la catedral de Barcelona. Siete años más tarde, fue admitido como uno de ellos, y posteriormente nombrado deán o maestro de dicha iglesia. Por humildad, fue muy reacio a recibir la ordenación sacerdotal, lo que no sucedió hasta cumplida la edad de 35 años.

Por aquella época, el obispo de Barcelona fundó el convento de San Adrián del Besós, destinado a los canónigos regulares de San Agustín. Deseando una vida más recogida y más perfecta, Olegario ingresó en aquel cenobio. En 1096 fue elegido prior de la comunidad; cargo que ejercería durante doce años.

El Papa lo envió entonces como visitador y reformador al convento de San Rufo de la Provenza, del que llegó a ser abad el año 1100.

Entre los años 1114 y 1115, el flamante conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, al mando de una tropa de catalanes y pisanos, tomó la ciudad de Mallorca, que estaba en poder de los moros. Para contento de san Olegario, el conde liberó entonces “a una innumerable muchedumbre de cautivos cristianos que allá estaban padeciendo grandísimos trabajos y peligros”, lo cual supuso una gran alegría para toda Cataluña.4 Sin embargo, Berenguer tuvo que retirarse tras la victoria, debido a problemas en sus propias tierras. La reconquista definitiva tendría lugar mucho más tarde.

Obispo de la Santa Iglesia en Barcelona

En 1116 se produjo la muerte del entonces obispo de Barcelona, Ramón Guillem, que había ejercido el cargo de legado apostólico del papa Pascual II en la expedición de la cruzada contra los moros emprendida por el conde Berenguer en las islas de Mallorca, Menorca e Ibiza. Por unanimidad, Olegario fue elegido para sucederle.

Se produjo entonces una escena común en la Edad Media: el nominado, juzgándose indigno del cargo, huyó durante la noche a su abadía de San Rufo, en Francia. Cuando el clero y el pueblo se dieron cuenta de lo sucedido, fueron en su búsqueda. Al encontrarlo cerca de Perpignan, lo obligaron a regresar a Barcelona y aceptar el oficio.

Al año siguiente, el conde de Barcelona conquistó a los árabes la ciudad portuaria de Tarragona, cercana a la capital. El Papa, de común acuerdo con el conde, encomendó a san Olegario la misión de repoblar y restaurar esta metrópoli, uniéndola provisionalmente al obispado de Barcelona.

“La iglesia de Tarragona es sin duda una de las más antiguas de España, manteniéndose en ella la tradición de la venida de Santiago y de san Pablo. La visita del apóstol de los gentiles a Tarragona no está del todo fuera del alcance de las posibilidades, suponiendo que viniera de Roma a España, como prometió hacerlo, en la Epístola a los Romanos, y como afirma san Jerónimo que lo hizo”.5

San Olegario partió entonces a Roma para obtener del Papa Gelasio II la confirmación de su investidura en aquella diócesis. El Pontífice lo recibió con las mayores demostraciones de aprecio y le confirió el palio, insignia del metropolitano.

En Tarragona, el santo rehabilitó la destruida iglesia, la dotó de un cabildo y proporcionó lo necesario para la defensa de los ciudadanos contra nuevos ataques musulmanes. Más adelante, en 1119, participó en los concilios de Toulouse y Reims como obispo de la Santa Iglesia.

Legado papal en la cruzada española

En 1122 el Papa Calixto II convocó el primer Concilio de Letrán, inmediatamente después del Concordato de Worms, que había puesto fin a la querella de las investiduras. En él se trató de la reconquista de los Santos Lugares y contó con la participación de san Olegario.

Por medio suyo, el conde de Barcelona transmitió al Papa que la cruzada en España contra los moros era tan importante como la que se libraba en Tierra Santa, porque allí también padecían los cristianos. El Pontífice coincidió con el conde y designó a san Olegario como su legado para toda la Península, debiendo favorecer especialmente las expediciones contra Tortosa, Lérida y otras muchas tierras aún ocupadas por los moros. El prelado acompañó al conde en la campaña, que terminó con la imposición de un tributo a las dos primeras ciudades.

En defensa del verdadero Papa

San Olegario curando a un joven, Antoni Viladomat, s. XVIII – Tinta a la aguada y mina de carbón sobre papel, Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona

A comienzos de 1130, con la muerte del papa Honorio II, estalló un cisma en la Iglesia con dos papas: el verdadero Inocencio II y el antipapa Anacleto II. Inocencio se dirigió entonces a Francia, pasando por Pisa y Génova, asegurando en el camino el respaldo a su causa. Obtuvo el apoyo de Luis VI y de casi todos los obispos franceses, y en noviembre de ese año se dirigió a Clermont, donde fue recibido por los fieles y los obispos, entre los que se encontraba san Olegario. Junto con san Bernardo de Claraval y san Norberto, fue uno de los baluartes en la defensa de Inocencio II, pero el cisma no terminaría hasta 1138, por intervención directa de san Bernardo.

Como árbitro indiscutido de España, san Olegario fue entonces a Zaragoza para promover la paz entre don Alonso, rey de Castilla, y don Ramiro, rey de Aragón. En 1131, Ramón Berenguer III le nombró su primer testamentario, asistiéndole en su última agonía aquel mismo año. También emprendió un viaje a Jerusalén, y a su regreso estableció la Orden de los Templarios en España.

El Señor le revela el día de su muerte

“Dios le hizo merced de revelarle el tiempo en que había de morir, que así se lo había suplicado él mismo, a fin de mejor disponerse para aquel día tan deseado de los santos. En efecto, en el sínodo que celebró por el mes de noviembre, dijo que aquel sería el último al que él asistiría, y en los tres días que solía durar, predicó de un modo muy particular, con grande ternura de corazón, con palabras muy amorosas, y derramamiento de lágrimas, de suerte que traspasaba los corazones de los oyentes, los cuales las derramaban también, no cesando el santo de exhortarlos a que ejerciesen con amor su oficio pastoral para con las almas que tenían encomendadas”.6

Antes de terminar el sínodo, ya avanzado en años, san Olegario fue acometido por la enfermedad que lo llevaría a la muerte. “En todas las iglesias de Barcelona se hacia oración por el santo, que así él lo había ordenado. Pedía a Dios por intercesión de María Santísima y de los santos (cuya letanía traía en la memoria) que le ayudasen en la hora de la muerte, y que el Señor usase con él de misericordia, y que le hiciese participante de su santa gloria. Recibió los santos sacramentos con ejemplar devoción, y juntas las manos delante de un crucifijo, oraba y hablaba con Dios, con la Virgen y con los santos, ya en voz alta, ya en voz baja, ya a solas consigo mismo, y ya meditaba con gran devoción los pasos de la Pasión del Señor de que le hablaban. Por fin después de haber dicho en voz alta In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum, cerró los ojos y dio su alma al Creador”, el 6 de marzo de 1136, a la edad de 76 años. Su cuerpo permaneció incorrupto durante más de seis siglos.

Sepultura de san Olegario en la capilla del Santo Cristo de Lepanto, en la catedral de Barcelona

Concluye la misma crónica: “Lloraban todos su muerte y ausencia, y muy particularmente el conde don Ramón Berenguer IV; pero consolábanse con la confianza que tenían, que quien tanto les había amado en vida, más les amaría y protegería en el cielo. No quedó persona en Barcelona que no llegase a besarle manos y pies, honrándole como a santo. Le enterraron con mucha pompa y solemnidad en el claustro de la catedral, con asistencia del conde, de todo el clero y del pueblo. Arrodillábanse a su sepulcro, y cada cual pedía a Dios por intercesión del santo lo que más deseaba”.7

Agrega finalmente el padre Pedro de Ribadeneira: “Resucitaron muertos, cobraron salud infinitos, dio vista a ciegos, libró de naufragios y hace Dios por él soberanas maravillas en sus devotos. Está sepultado en la iglesia de su patria y ciudad de Barcelona. Fue canonizado al uso antiguo de la Iglesia, que era la veneración de los fieles y el permiso de los sumos pontífices”.8 Esta canonización fue confirmada en 1675 por el Papa Inocencio XI.

 

Notas.-

1. Pedro de Ribadeneira, Flos Sanctorum, in La Leyenda de Oro, Librería Española, Madrid-Barcelona, 1853, t. I, p. 375.

2. http://www.catedralbcn.org/index.php?option=com_content&view=article&id=33&Itemid=86&lang=es.

3. https://en.wikipedia.org/wiki/Ramon_Berenguer_I,_Count_of_Barcelona.

https://es.wikipedia.org/wiki/Olegario.



  




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