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«Tesoros de la Fe» Nº 242

Esplendores de la Cristiandad  [+]  Versión Imprimible
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El primer gran hospital nació con las Cruzadas y estaba en Jerusalén

Un aspecto interior del hospital de Jerusalén, durante el retiro de los escombros del lugar

Marcelo Dufaur

Un equipo de arqueólogos de la Autoridad de Antigüedades de Israel (AAI), máxima instancia en la materia, dirigida por Renee Forestany y Amit Reem, encontró en el año 2013 las ruinas del primer gran hospital del que se tenga conocimiento en la historia de la humanidad.

Este hospital sirvió de modelo para los establecimientos de salud que se construyeron a partir de entonces.

En su momento, la noticia tuvo un amplio eco en la prensa internacional. Por ejemplo en los diarios “ABC” y “El País” de Madrid, y en páginas webs especializadas en arqueología como “Heritage Daily”.

Las ruinas del edificio se encuentran hoy en la Ciudad Vieja de Jerusalén, en el corazón del barrio cristiano, en un lugar también conocido como Muristán, término que proviene de la palabra hospital en idioma persa.

La estructura encontrada revela un inmenso edificio construido por los cruzados entre los años 1099 y 1291.

En realidad, se trata del célebre Hospital de San Juan de Jerusalén, creado por la ínclita orden religiosa de caballería conocida hoy como Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, abreviada usualmente como Orden de Malta.

Un monumento erigido en tiempos modernos por la propia Orden atestigua la existencia del famoso hospital en aquel lugar.

Según señaló oportunamente el periódico israelí Haaretz, la revelación fue producto de años de investigación y de restauración.

Durante mucho tiempo, las ruinas cobijaron un mercado árabe de frutas y verduras. En vista de que obstaculizaba la labor de los peritos, el mercado fue clausurado el año 2000, a fin de permitir las excavaciones que finalmente dieron con el hallazgo.

La orden de cruzados creó el modelo de hospital para los siglos futuros

Lo que se conserva del antiguo hospital impresiona por su magnitud. Cubre al menos una superficie equivalente a un campo de fútbol y medio. Se calcula que el conjunto de la construcción debe haber ocupado unos 15.000 metros cuadrados.

Los grandes arcos y las columnas, el techo de seis metros de altura y la división del espacio en salas grandes y pequeñas dan valiosas pistas sobre su dimensión y funcionamiento.

Los monjes caballeros de la Orden de los Hospitalarios asimismo garantizaban la seguridad de los peregrinos a su paso por Tierra Santa.

En momentos críticos, los monjes hospitalarios acompañaban a los romeros en sus viajes por lugares infestados de ladrones y bandas de moros hasta los puertos o las ciudades por donde pasó Jesús.

Si era necesario, se formaban en orden de batalla y constituían una de las unidades de élite cristianas más temibles y el terror de las hordas musulmanas.

Para garantizar la seguridad, los monjes hospitalarios llegaron a construir o poseer en Tierra Santa siete grandes fortalezas —entre ellas el mítico Crac de los Caballeros—, así como otros 140 castillos menores.

El Crac de los Caballeros, tal como se aprecia en la actualidad, en Siria. Fue una de las piezas claves de la seguridad de Tierra Santa, cuando estuvo en manos de los caballeros hospitalarios

Una organización y un tamaño asombrosos para la época

Renee Forestany y Amit Reem, coordinadores de la excavación, también investigaron documentos de la época. “Hemos aprendido sobre el hospital por documentos históricos contemporáneos, la mayor parte de los cuales están en latín”, señalan.

También explican que este sofisticado hospital tenía capacidad para dos mil pacientes de todo tipo, sin importar la edad, el sexo o la religión. Los hombres y las mujeres eran atendidos en sectores separados.

Al igual que en las unidades hospitalarias actuales, estaba dividido en alas y departamentos según la naturaleza de las enfermedades y las condiciones de salud de los pacientes.

Acogían a recién nacidos abandonados, que eran atendidos con gran dedicación, según el comunicado de la AAI. El orfanato recibía a los niños que habían perdido a sus padres o que simplemente eran dejados por ellos al cuidado de los monjes.

Muchos de estos niños trabajarían más tarde para la Orden, y algunos de ellos incluso llegaron a formar parte y combatir en las filas de los cruzados.

La misma AAI intenta minimizar el prestigio de esta gran institución católica señalando los exiguos conocimientos médicos de la época. Pero esta ignorancia era generalizada, cuya culpa no es atribuible a los frailes.

Todo lo contrario, el orden y la higiene que reinaban en el hospital de Jerusalén establecieron el modelo de institución hospitalaria para el mundo civilizado, contribuyendo poderosamente al desarrollo de la ciencia médica.

La institución del hospital era desconocida por los pueblos paganos, y aunque la medicina era venerada por los árabes, cuando surgió el Hospital de San Juan, los médicos árabes la aprenderían de boca de los frailes cruzados.

El Hospital de San Juan de Jerusalén maravilló a Saladino, sultán y jefe militar islámico que conquistó Jerusalén en 1187. Por eso, el despiadado guerrero permitió a los monjes mantener las puertas abiertas y hasta ampliar el hospital.

Tristemente las autoridades mahometanas no supieron hacerse cargo de la instalación hospitalaria. Y cuando gran parte del antiguo edificio se derrumbó en 1457 a consecuencia de un terremoto, los islámicos no lograron restaurarlo ni ponerlo en funcionamiento.

El Imperio Otomano apenas consiguió abrir un mercado de frutas y verduras entre sus ruinas.

Y los habitantes de Jerusalén, islámicos o no, fueron abandonados a su suerte contra las enfermedades, sin ningún lugar donde encontrar tratamiento o asistencia.

El hospital: un invento católico desconocido por los antiguos

El caso del Hospital de San Juan de Jerusalén es paradigmático del papel de la Iglesia Católica en la promoción de las ciencias médicas cuando y donde no existían o estaban en el mayor de los olvidos.

La institución del hospital, así como la de los orfanatos y asilos en el ámbito de la sanidad, es un producto específico de la Cristiandad nacido bajo el influjo de la caridad cristiana.

Monumento levantado en 1882 por los caballeros hospitalarios en Jerusalén, que señala el lugar donde estaba ubicado el famoso Hospital de San Juan, en el corazón del barrio cristiano en la Ciudad Vieja, también conocido como Muristán

Ya siglos antes, en el año 600, el Papa san Gregorio Magno impulsó la construcción de un primer hospital en Jerusalén para atender y dar acogida a los peregrinos de Tierra Santa.

Este hospital-albergue fue ampliado por orden de Carlomagno, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, hacia el año 800. La remodelación incluyó la creación de una biblioteca que dependía del hospital

En 1005, los fanáticos de la secta islámica fatimita, que pensaban que el califa Al Hakim era una encarnación de Alá, realizaron la “hazaña” de destruir el hospital y otros 300 edificios de Jerusalén.

Los historiadores occidentales se refieren a Al Hakim como el “califa loco”, no obstante, hoy en día sigue siendo venerado por varias sectas islámicas.

En 1023, ante tal catástrofe, el califa Alí az-Zahir de Egipto autorizó la reconstrucción del hospital sobre las ruinas del Monasterio de San Juan Bautista, fundado por monjes benedictinos. Y fue sobre estos fundamentos que se edificó el gran hospital de los cruzados.

El hospital de los cruzados de Jerusalén inspiró la creación de estos establecimientos de salud en el mundo entero

La Gran Sala de los Pobres, del Hospital (Hôtel-Dieu) de Beaune nos proporciona una idea de cómo pudo haber sido el Hospital de San Juan de Jerusalén

La Orden, que creó y dio todo su brillo al hospital, fue fundada durante la Primera Cruzada por el bienaventurado Pierre-Gérard de Martigues, más conocido como Gerardo Thom (Tum, Tune, Tenque, según las grafías).

Fue reconocido como fundador en una bula de 1113 por el Papa Pascual II, confirmada por el Papa Calixto II poco después de la muerte del beato en 1120.

La finalidad del hospital, como su nombre indica, era servir de posada para los peregrinos. Pero debido a las difíciles y peligrosas condiciones de la peregrinación a Tierra Santa muchos enfermaban. Así mismo, un gran número llegaba herido por la violencia de los infieles.

El hospital se convirtió entonces en algo que no existía: una casa para curar a los enfermos, a los debilitados o a quienes padecían de cualquier otra molestia corporal. Era gratuito para los enfermos o peregrinos sin alojamiento, abundantes en aquellos tiempos de guerra en los que no había hoteles.

El historiador norteamericano Thomas Woods cita a Juan de Würzburg, un sacerdote alemán que quedó asombrado por todo cuanto vio en el Hospital de San Juan en su peregrinación a Jerusalén.

“Son tantos los individuos de dentro y de fuera —escribe él— a los que la casa alimenta, y tantas las limosnas que ofrece a los pobres que se acercan hasta sus puertas o permanecen en el exterior, que aun quienes la dirigen y sostienen no pueden calcular la cuantía del gasto” (Thomas E. Woods, Cómo la iglesia construyó la civilización occidental, Ciudadela, Madrid, 2007).

Teodorico de Würzburg, otro peregrino alemán, se maravilló porque “al recorrer el palacio no podía juzgarse el número de personas que allí yacían, pues eran miles las camas que veíamos. No hay rey ni tirano con poder suficiente para mantener a diario a tantos como en esta casa se alimenta” (Woods, p. 220).

La hospitalidad de la que los benedictinos daban ejemplos aparentemente insuperables, fue en cierto modo superada por la de los monjes caballeros de San Juan de Jerusalén, hoy más conocidos como Orden de Malta.

Cada día el enfermo debía ser visitado dos veces por los médicos, ser aseado y recibir dos comidas. Los responsables no podían comer antes que los pacientes.

Un equipo de mujeres se encargaba de otras tareas y garantizaba la limpieza de la ropa de cama, añade el profesor Woods.

“Nuestros señores, los pobres”

El sucesor del beato Gerardo, Raymond du Puy, prior de los Caballeros Hospitalarios, redactó el decreto o regla de la Orden.

En él insta a los monjes guerreros a hacer sacrificios heroicos por “nuestros señores, los pobres”, porque la espiritualidad de la Orden de San Juan veía en el enfermo a un “pobre de Cristo” o a un “santo pobre”, y esto incluso antes de que Dios enviara al gran san Francisco de Asís.

“Así habrá de ser recibido —dice el artículo 16 del decreto de du Puy— el enfermo que a ella se acerque: concédasele el Santo Sacramento, luego de que haya confesado sus pecados al sacerdote, y sea luego conducido a su cama y tratado allí como un señor”.

El decreto de du Puy, que lleva el título de “Cómo han de ser recibidos y atendidos nuestros señores los enfermos”, se convirtió en un referente en el desarrollo de los hospitales católicos (Woods, p. 221).

El Hospital de Jerusalén inspiró la creación de una red de hospitales similares en Europa que acabó dando lugar a los hospitales modernos.

Su orden interno, su calidad asistencial y su espíritu caritativo lo convirtieron en el modelo de las instituciones que a imitación suya pasaron a denominarse en adelante hospitales.

A su regreso de Tierra Santa, los peregrinos contaban en Europa las maravillas del hospital de Jerusalén.

No pocos de ellos eran nobles, ricos comerciantes e incluso reyes, quienes comenzaron a financiar instituciones que imitaban el modelo de San Juan de Jerusalén.

En el siglo XII, los nuevos hospitales de Europa se parecían más a los modernos desde el punto de vista de la eficacia y la organización que los antiguos hospicios, al margen de las limitaciones materiales, técnicas y de conocimientos de la época.

En el siglo XIII, los Hospitalarios administraban al menos otros 20 hospitales y leprosarios en territorio europeo. Pero el de San Juan de Jerusalén siempre estuvo a la cabeza en cuanto a profesionalismo, organización y disciplina.

Otro aspecto del hospital medieval de Beaune (Francia): figuras de cera recrean el ambiente

Ocaso del hospital de Jerusalén y del sistema hospitalario medieval

Casi al tiempo de desaparecer el gran hospital de Jerusalén por la negligencia de los mahometanos, el rey cismático inglés Enrique VIII, por su desmedida y sacrílega ambición, suprimía los monasterios y confiscaba sus propiedades. Desapareciendo en sus dominios, de ese modo, la caridad institucional hacia los necesitados.

La consecuente venta de las tierras monacales confiscadas trajo “la ruina para decenas de miles de campesinos pobres, el hundimiento de las pequeñas comunidades que constituían su mundo y un futuro de miseria segura” (Woods, p. 224).

Idéntico o peor daño hizo la Revolución Francesa. En 1789, el gobierno revolucionario confiscó los bienes de la Iglesia. En 1847, más de medio siglo después, Francia tenía un 47% menos de hospitales que en el año de la confiscación (Woods, p. 228).

Hoy los hospitales en manos del Estado —a veces mal atendidos— o los privados —a veces costosísimos— siguen beneficiándose de aquel impulso dado por el Hospital de San Juan de Jerusalén, impregnado de caridad cristiana.

El descubrimiento de las ruinas del hospital de los cruzados es como el descubrimiento de una reliquia de la historia de la Iglesia. Y de la historia de la ciencia médica también.



  




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