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«Tesoros de la Fe» Nº 35 > Tema “La Oración”

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La oración por excelencia

(I)


“Señor, enséñanos a orar” (Lc. 11, 1). Ilustración de Gustavo Doré, 1874.


De la Oración Dominical

El Padrenuestro es la oración vocal más excelente porque la compuso y enseñó el mismo Jesucristo; encierra con claridad y en pocas palabras cuanto podemos esperar de Dios y es la regla y modelo de todas las demás oraciones.

El Padrenuestro es también la oración más eficaz porque es la más agradable a Dios, pues hacemos oración con las mismas palabras que nos dictó su divino Hijo.

Se llama oración dominical, que quiere decir oración del Señor, precisamente porque nos la enseñó Jesucristo por su propia boca.

En el Padrenuestro hay siete peticiones precedidas de una introducción.

Padre nuestro, que estás en el cielo:

Al principio de la oración llamamos Padre nuestro a Dios para despertar nuestra confianza en su bondad infinita, siendo nosotros sus hijos. Somos hijos de Dios: 1º, porque Él nos ha creado a su imagen y nos conserva y gobierna con su providencia; 2º, porque, con especial benevolencia, nos adoptó en el bautismo como hermanos de Jesucristo y coherederos con Él de la vida eterna.

Llamamos a Dios Padre nuestro y no Padre mío, porque todos somos sus hijos, por lo cual hemos de mirarnos y amarnos todos como hermanos y rogar unos por otros.

Dios está en todo lugar; pero decimos Padre nuestro, que estás en el cielo para levantar nuestros corazones al cielo, donde Dios, en la gloria, se manifiesta a sus hijos.

...santificado sea tu nombre

En la primera petición, pedimos que Dios sea conocido, amado, honrado y servido de todo el mundo y de nosotros en particular. Es decir, pedimos que los infieles vengan al conocimiento del verdadero Dios, los herejes reconozcan sus errores, los cismáticos vuelvan a la unidad de la Iglesia, los pecadores se conviertan y los justos perseveren en el bien.

Pedimos ante todo que sea santificado el nombre de Dios porque hemos de desear más la gloria de Dios que todos nuestros intereses y provechos. Hemos de procurar la gloria de Dios con oraciones y buen ejemplo, y enderezando a Él todos nuestros pensamientos, afectos y acciones.

...venga a nosotros tu reino

Por reino de Dios entendemos un triple reino espiritual: el reino de Dios en nosotros, que es la gracia; el reino de Dios en la tierra, que es la Iglesia Católica; y el reino de Dios en el cielo, que es la bienaventuranza.

En orden a la gracia, pedimos que Dios reine en nosotros con su gracia santificante, por la cual se complace en morar en nosotros como rey en su corte, y que nos conserve unidos a sí con las virtudes de la Fe, Esperanza y Caridad, por las cuales reina en nuestro entendimiento, en nuestro corazón y en nuestra voluntad. En orden a la Iglesia, pedimos que se dilate y propague por todo el mundo para salvación de los hombres.

En orden a la gloria, pedimos ser un día admitidos en la bienaventuranza, para la que hemos sido creados, donde seremos plenamente felices.

...hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo.

En la tercera petición, pedimos la gracia de hacer en todas las cosas la voluntad de Dios, obedeciendo sus santos mandamientos con la misma presteza con que los ángeles y santos le obedecen en el cielo. Pedimos además la gracia de corresponder a las divinas inspiraciones y de vivir resignados en la voluntad de Dios cuando nos enviare alguna tribulación.

Es tan necesario que cumplamos la voluntad de Dios como lo es alcanzar la salvación eterna, pues Jesucristo dijo que sólo entrará en el reino de los cielos el que hiciere la voluntad de su Padre.

Podemos conocer la voluntad de Dios especialmente por medio de la Iglesia y de nuestros superiores espirituales, puestos por Dios para guiarnos en el camino de la salvación. También podemos conocerla por medio de las di vinas inspiraciones y por las circunstancias en que el Señor nos ha colocado.

En las cosas así prósperas como adversas de esta vida hemos de reconocer siempre la voluntad de Dios, el cual todo lo dispone o permite para nuestro bien (Catecismo Mayor de San Pío X, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, pp. 40-43).     





  




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