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«Tesoros de la Fe» Nº 231

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De la incredulidad a la autodestrucción

La triste obra del escepticismo

Un reciente debate entre un joven incrédulo y un creyente, que ha sido visto más de un millón de veces en YouTube, nos mueve a reflexionar sobre la incredulidad, la falta de convicciones y sus consecuencias, tanto en las personas cuanto en la sociedad

Un joven de buena apariencia se ubica tranquilamente frente al micrófono. Educado y respetuoso, se presenta para un debate en el programa “Unbelievable” (Increíble), emitido por una emisora de radio en Inglaterra.1 Alex O’Connor (ese es su nombre) transmite una impresión favorable. Pareciera poseer todos los predicados que a nosotros, como católicos, nos gustaría ver y admirar en un joven de buenos principios. Pero esa primera impresión pronto se desvanece cuando escuchamos a Alex exponer su pensamiento, ya que se proclama a sí mismo escéptico. No cualquier escéptico, sino un escéptico radical. Y el título que le dio a su sitio web y a su canal de YouTube no deja lugar a dudas: Cosmic Skeptic: Question Everything (Escéptico cósmico: cuestiona todo).

Alex estudia Filosofía y Teología en la prestigiosa Universidad de Oxford. Además de esta credencial, quizás su jovialidad y aparente seguridad discursiva expliquen la razón de su fama en ambientes ingleses y estadounidenses cargados de escepticismo y ateísmo.2 No quiero parecer injusto, pues de hecho el joven demuestra una capacidad intelectual nada común para su edad, de ahí el número de jóvenes atraídos por su discurso.

La incapacidad de formar certezas

En términos generales, el escepticismo es una doctrina filosófica que niega la capacidad del intelecto humano para conocer con certeza cualquier cosa.3 Con esa doctrina como presupuesto, Alex argumenta en contra de la existencia de Dios en el programa radial. Su oponente es Frank Turek, un polemista protestante, conocido en los círculos apologéticos norteamericanos, autor de libros con títulos llamativos como “No tengo suficiente fe para ser ateo”.

La discusión gira alrededor de la pregunta: ¿es Dios el fundamento de los preceptos morales objetivos? Turek, experimentado en estas lides, habla sobre el tema con soltura y firmeza. A pesar de ser protestante, utiliza argumentos de la apologética católica tradicional. Desafortunadamente, el diálogo pronto se sumerge en digresiones sobre ontología, epistemología y semántica. Le ahorro al lector otras referencias a temas tan especializados, pero Alex los utiliza recurrentemente como vías de escape ante ciertas dificultades.

Lo más interesante para atraer al oyente es que Frank Turek es capaz de poner en evidencia los dilemas e inconsistencias crónicos de la posición de Alex, y en esas ocasiones el chico titubea, vacila, se arrastra sobre el terreno pantanoso y movedizo de la falta de certezas. Convencido de su “falta de convicción”, a menudo repite objeciones como “no necesariamente”, “no estoy seguro de eso”. Una exageración didáctica, muy cómoda para quien “duda de todo”, es citarse a sí mismo como autoridad: ¡“De acuerdo conmigo…”!

Ninguna civilización sobrevive sin certezas

Al final del debate, el oyente con sentido común está convencido de que, independientemente de las veleidades humanas, solo puede haber una moral objetiva si hay un Dios que la sostenga. De lo contrario, cualquier deseo subjetivista justificaría las locas atrocidades practicadas por Hitler, Stalin o Mao Tse-Tung.

Esta conclusión es obvia, repito, para personas con sentido común. Pero la mayoría de los seguidores de Alex O’Connor pertenecen a esa gama de espíritus incoherentes, ansiosos por no ser considerados responsables de sus actos ante un Juez Divino. Porque la consecuencia lógica de admitir una moral objetiva es que uno tiene la obligación de rendir cuentas al Autor Divino y garante de esa moral. De eso el escéptico trata de escapar a toda costa y se aferra a cualquier solución, por más pobre que sea. Para estos, Alex proporciona salidas tranquilizadoras y pseudo-racionales.

La consecuencia lógica del razonamiento sin fundamento 4 es un mundo igualmente sin fundamentos, autodestructivo por sí mismo. Sin convicciones no se construye nada seguro, elevado y sublime. Ninguna institución o civilización puede durar sin una base sólida. Si triunfara el escepticismo, llegaríamos al final de la historia.

Si hoy nuestra cultura está herida de muerte, es en gran parte por la corrosión promovida por personas tenidas por “cultas” y por escépticos como Alex O’Connor y sus frustrados seguidores, sean jóvenes o viejos. Podríamos preguntarles: ¿qué produjo su escepticismo ilógico de verdadera cultura? Probablemente obtendríamos una respuesta vacilante.

Solo los católicos convencidos de su fe pueden rescatar los restos de la civilización cristiana. El futuro les pertenece a ellos, y no a escépticos inconsistentes e irresponsables.

El presentador de Unbelievable: Justin Brierley

Sus invitados: Frank Turek vs Alex O’Connor

Notas.-

1. El debate está disponible en https://www.youtube.com/watch?v=b5a3MxIqZOs.

2. En el canal de Alex el debate tiene más de un millón de visualizaciones.

3. Cf. Enciclopédia Católica in https://ec.aciprensa.com/wiki/Escepticismo.

4. Idem: “El escéptico asume la capacidad del intelecto para criticar la facultad del conocimiento y, por tanto, en la medida en que niega su capacidad para conocer algo, se contradice implícitamente”.

5. El presente artículo es una traducción y adaptación del análisis de Paulo Henrique Américo de Araújo publicado en la revista “Catolicismo”, noviembre de 2020, p. 16-18.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 253 / Enero de 2023

El galeón sumergido
Símbolo de la esperanza

El naufragio del galeón Nuestra Señora de Atocha frente a las costas de Florida, en 1622 (Yeorgos Lampathakis, National Geographic Society)



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P. Miguel de Ribera CO

+(1600-1680) Perú. Sacerdote oratoriano o filipense, nacido en Trujillo. Desengañado del mundo recibió en La Paz las sagradas órdenes. Años después, en Lima, interno en el Hospital de San Pedro para clérigos convalecientes, conoció al padre Alonso Riero de Pastrana que estaba conformando el instituto de san Felipe Neri en el Perú, uniéndose a sus filas. Atendía largas horas en el confesionario: “A él acudían, desde el alba hasta el mediodía, hombres y mujeres desorientadas de toda condición el mismo arzobispo Almoguera lo eligió por confesor. […] Al caer la noche continuaba recibiendo gente en el confesionario. Entre todas sus virtudes, lo distinguía su gran devoción por la Eucaristía”.








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