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«Tesoros de la Fe» Nº 226

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La renuncia de san Francisco

El mecanismo de la impiedad frente a la fidelidad

Plinio Corrêa de Oliveira

La ilustración es del famoso fresco pintado por Giotto,* reproduciendo un célebre episodio de la vida de san Francisco de Asís. Él, en su juventud, fue un hombre puro, pero mundano. En determinado momento, decidió cambiar de vida y ser exclusivamente de Nuestro Señor. Tocado por la gracia, comprendió que le era pedido la práctica de una pobreza mucho más radical de lo que Dios había inspirado a otros santos.

Se apartó entonces de todos los bienes que había recibido de su padre. Este último, indignado, lo condujo ante el obispo de Asís, protestando contra la vida que el hijo pretendía llevar. Declaró entonces “que ya no lo recibiría como hijo, si continuaba con ese tipo de vida”. San Francisco, en protesta contra este acto de tiranía de su padre, se despojó de su propia ropa y dijo: “Ahora, más que nunca, puedo decir: ‘Padre mío que estás en el cielo’, porque ya no soy hijo de Pedro Bernardone”. Acto seguido, devolvió la ropa a su progenitor.

*     *     *

En la escena de esta ruptura, se puede ver a san Francisco de Asís con una simple túnica; y —en un extremo de realismo— al obispo sosteniendo la vestimenta para que el santo no quede completamente desnudo; detrás del prelado, se ven figuras del clero.

Del otro lado está Pedro Bernardone. Muestra la opulencia del traje y el estilo de un comerciante bien establecido. Está en la cumbre de la situación de los demás burgueses presentes en el cuadro: todos muy bien vestidos, acostumbrados a la comodidad.

La pintura representa a los dos contendientes, a los dos partidos. Analicemos la reacción de cada uno de ellos.

La Iglesia —tiempos felices!— tomaba el partido de la virtud. El obispo es solidario con el santo, la actitud de los clérigos es recogida, compungida, compenetrada, de quien reza y acompaña devotamente una acción noble y bella.

¿Y cuál es la posición del partido comercial de la ciudad de Asís? Es la actitud de los indiferentes. El personaje que sostiene a Pedro Bernardone se entera de lo que pasa, pero no mueve los labios, no dice una sola palabra. No protesta ni aplaude.

Observen a los más cercanos a Bernardone: uno, medio horrorizado, hace un comentario; otro ostenta una notoria indiferencia. Con mirada vaga, otro se niega a tomar conocimiento de esta “abominación”.

La Orden franciscana está en la inminencia de ser fundada; y, la campaña de silencio ya comenzó, el indiferentismo tuvo inicio... Contra el silencio, el grito de san Francisco de Asís, mirando al cielo, sin reparar en los hombres.

¡El fresco revela muy bien el mecanismo de la impiedad frente a la fidelidad!

 

* Este fresco, pintado por el célebre artista italiano Giotto di Bondone (1267-1337), se encuentra en la Basílica de San Francisco, en Asís.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 241 / Enero de 2022

¡Confianza, confianza!
Madre del Buen Consejo, ruega por nosotros

La tormenta en el mar de Galilea, Rembrandt, 1633 – Óleo sobre lienzo, robado en 1990 del Museo Isabella Stewart Gardner, Boston.



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Santoral

26 de enero

Santa Paula

+404, d.C. + Palestina. Matrona romana de la más alta aristocracia, ella y su esposo edificaban a Roma por la virtud. Con el fallecimento de éste, fue convencida por Santa Marcela, también viuda, a entregarse totalmente a Dios. Se tornó entonces discípula de San Jerónimo, a quien acompañó al Oriente.

Más información aquí.

Sor María Rosa de Ayala Castro OFMCap

+(1660-1716) Perú. Hermana clarisa capuchina, natural de Madrid. Junto a otras cuatro religiosas, partió de Cádiz para fundar en Lima el Monasterio de Jesús, María y José, del cual fue su primera abadesa “El viaje fue azaroso, ya que corsarios holandeses asaltaron la embarcación en la que viajaban y dejaron a las monjas en Lisboa, donde fueron retenidas antes de ser trasladadas a Sevilla, allí esperaron casi dos años para embarcarse de nuevo”. Una de las monjas murió en Buenos Aires, siendo enterrada en la iglesia de San Francisco. Las demás siguieron por tierra hasta Mendoza, cruzaron los Andes y desde Valparaíso navegaron al Callao. “Luego que en Lima se supo nuestra llegada, no hay ponderación ni palabras que puedan explicar el regocijo tan general que todos tuvieron”, escribe ella misma.








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