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«Tesoros de la Fe» Nº 194

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Lo maravilloso, el Palacio del Louvre y la pirámide

Plinio Corrêa de Oliveira

Dios desea que vivamos rodeados de maravillas, y que nos maravillemos con todo lo que es bello.

El alma revolucionaria tiene aversión a lo maravilloso y aprecia apenas las cosas sensuales. A tal punto, que el revolucionario procura afear las cosas maravillosas que el pasado nos dejó.

Por ejemplo, la pirámide de vidrio instalada en el patio principal del Palacio del Louvre, el más notable museo de París.

Encomendada por el presidente socialista François Mitterrand, la hedionda pirámide afea uno de los más bellos golpes de vista que existe en el mundo, que es el patio del Louvre. ¿Por qué? Porque aquello que es maravilloso refleja a Dios. Todas las cosas bellas que existen reflejan a Dios, pero de forma desigual. De modo que hay cosas que reflejan más a Dios y otras menos. Las más maravillosas son las que reflejan más intensamente al Creador.

Por lo tanto, al habituarnos a amar las cosas maravillosas según su grado de maravilla, nos volvemos más propensos a adorar a Dios. Al habituarnos a desear el cielo, que es la concentración de todas las maravillas, en todas las formas y grados imaginables.

Cuando sentimos horror a lo vulgar, a lo feo, a lo sórdido y a lo caricaturesco, repudiamos aquello que es contrario a Dios. Y el amor a la maravilla lleva al hombre a creer en su Creador y después lo conduce a adorarlo.

La Revolución incita al hombre a no apreciar lo maravilloso. Pero mientras que la creencia en Dios adorna el alma, volviéndola maravillosa, la posición revolucionaria, al contrario, desdora el alma, transformándola en un antro, en algo tétrico.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 241 / Enero de 2022

¡Confianza, confianza!
Madre del Buen Consejo, ruega por nosotros

La tormenta en el mar de Galilea, Rembrandt, 1633 – Óleo sobre lienzo, robado en 1990 del Museo Isabella Stewart Gardner, Boston.



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Santoral

22 de enero

Santos Vicente y Anastasio, Mártires

+304 y 628 + Valencia y Cesarea de Palestina. Valeroso diácono de Zaragoza, San Vicente enfrentó toda suerte de tormentos para probar su fidelidad a Cristo. Anastasio fue un monje persa, decapitado con otros 70 cristianos por el rey Cosroes.



P. Juan Pérez de Menacho SJ

+(1565-1626) Perú. Teólogo jesuita limeño. “Fue oráculo de la sabiduría e idea de la santidad. Hoy se veneran los pareceres que dio de palabra y por escrito en materias escolásticas y morales. Tenía de memoria las partes del Angélico Doctor Santo Tomás, cuyo texto contempló siempre de rodillas, logrando su inteligencia en la veneración. De esta suerte, siendo el más humilde de su escuela, fue el más docto de aquellos tiempos”.








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