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«Tesoros de la Fe» Nº 185

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La Sainte Chapelle

Elevación e intimidad

Plinio Corrêa de Oliveira

Sainte Chapelle de París, construida bajo el reinado de san Luis IX (siglo XIII) junto al Palacio de la Ciudad, hoy Palacio de Justicia, para albergar dos preciosas reliquias de la Pasión de Cristo, la Corona de Espinas y un trozo de la verdadera Cruz, traídas de Constantinopla por el santo monarca. Obra del arquitecto Pierre de Montereau o de Montreuil, está dividida en dos pisos: capilla alta, destinada a recibir las reliquias; capilla baja o cripta, reservada para acoger las sepulturas de dignatarios eclesiásticos.

Años atrás, cuando visité la Sainte Chapelle (Santa Capilla) por primera vez, pensé que esta parte baja fuese la capilla principal. Me pareció tan bonita que, al verla, solté una exclamación; lo cual, para mi, tiene mucho significado, porque no soy muy exclamativo. ¡Quedé encantado! Sin embargo, me indicaron que debía subir enseguida, porque el flujo de los visitantes estaba aumentando y la capilla quedaba arriba, siendo que aquel piso inferior estaba destinado a la servidumbre.

Como los habitantes del palacio real eran muy numerosos y al rey (san Luis) le gustaba asistir al Santo Sacrificio con todos juntos, se celebraba una misa abajo y otra arriba. Como la parte superior no tenía capacidad para todos, la servidumbre permanecía abajo. Arriba se instalaba el soberano con su corte.

*     *     *

Llamo la atención, en primer lugar, para el siguiente aspecto: hay algo en las proporciones de esta parte baja de la capilla, completamente diferente de lo que estamos habituados a ver en esa materia en las iglesias. Hay una proporción especial para quien reza: sentirse en un ambiente muy elevado y al mismo tiempo muy íntimo. La persona se siente como que recibida por Dios en su gabinete personal, en su sala más interna. En una perspectiva que concilia la elevación con la intimidad.

¿Cómo se consigue eso?

De la siguiente manera: las columnas son gráciles, son tenues; no son columnas fuertes, pesadas; pero todas ellas se abren como si fueran palmeras cuyas hojas se unen en el techo. Y se abren de un modo tan armonioso, tan gradual, tan perfecto, que se tiene una cierta impresión de que ellas se quedan allá en lo alto, en el techo, en el punto donde se unen… y que, al mismo tiempo, ese punto muy alto está al alcance de quien lo contempla, por donde se siente misteriosamente elevado. En la intimidad, se tiene la impresión de gran elevación; y, en la elevación, se tiene la impresión de gran intimidad. El hombre mide toda la grandeza de Dios, pero, concomitantemente, se siente elevado hasta el Creador. Afectuosa y cariñosamente elevado hasta Dios.

*     *     *

Las ojivas ejercen su incomparable fascinación sobre los espíritus. Vemos cómo la ojiva es un ornamento bello, y cómo el juego de ojivas es más bonito que el de cada ojiva en particular.

La Sagrada Escritura dice que Dios, cuando creó el universo, reposó el séptimo día, considerando la obra que había hecho. Y le quedó patente que cada cosa era bella, pero que el conjunto era más hermoso que cada parte. En la Sainte Chapelle encontramos eso: todas esas columnas son bonitas, las pinturas acentúan tal belleza, los vitrales, etc. Sin embargo, el conjunto es mucho más bello.



  




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Tesoros de la Fe


Nº 241 / Enero de 2022

¡Confianza, confianza!
Madre del Buen Consejo, ruega por nosotros

La tormenta en el mar de Galilea, Rembrandt, 1633 – Óleo sobre lienzo, robado en 1990 del Museo Isabella Stewart Gardner, Boston.



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Santoral

26 de enero

Santa Paula

+404, d.C. + Palestina. Matrona romana de la más alta aristocracia, ella y su esposo edificaban a Roma por la virtud. Con el fallecimento de éste, fue convencida por Santa Marcela, también viuda, a entregarse totalmente a Dios. Se tornó entonces discípula de San Jerónimo, a quien acompañó al Oriente.

Más información aquí.

Sor María Rosa de Ayala Castro OFMCap

+(1660-1716) Perú. Hermana clarisa capuchina, natural de Madrid. Junto a otras cuatro religiosas, partió de Cádiz para fundar en Lima el Monasterio de Jesús, María y José, del cual fue su primera abadesa “El viaje fue azaroso, ya que corsarios holandeses asaltaron la embarcación en la que viajaban y dejaron a las monjas en Lisboa, donde fueron retenidas antes de ser trasladadas a Sevilla, allí esperaron casi dos años para embarcarse de nuevo”. Una de las monjas murió en Buenos Aires, siendo enterrada en la iglesia de San Francisco. Las demás siguieron por tierra hasta Mendoza, cruzaron los Andes y desde Valparaíso navegaron al Callao. “Luego que en Lima se supo nuestra llegada, no hay ponderación ni palabras que puedan explicar el regocijo tan general que todos tuvieron”, escribe ella misma.








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