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«Tesoros de la Fe» Nº 180

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Jesús en el huerto de Getsemaní

San Juan Bosco

Al llegar Jesús al pie del monte de los Olivos, entró en un huerto del valle cercano, llamado Getsemaní. Encargó a los demás apóstoles que se detuvieran, y Él con Pedro, Santiago y Juan se alejó algo más para hacer oración. En este lugar, fue precisamente donde el Salvador sintió todo el peso de las miserias humanas, que voluntariamente había tomado sobre sí.

Oró y sumamente apesadumbrado, dijo a los tres discípulos:

—“Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo”. Se alejó a la distancia de un tiro de piedra, y volvió a orar:

—“Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz de la pasión; pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Como continuase orando con más fervor cayó en agonía, y fue tan grande la vehemencia de su dolor, que tuvo un copioso sudor de sangre, que empapó sus vestiduras y llegó hasta mojar el suelo. En aquel momento, se le apareció un ángel que lo consoló. Después de esta larga oración, volvió donde estaban los tres discípulos y como los encontró dormidos les dijo:

—“¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación”

Traición de Juda

Jesús fue a orar tres veces y concluía siempre diciendo que no se hiciera su voluntad sino la de su Padre celestial. Vuelto nuevamente a sus discípulos y encontrándolos vencidos por el sueño, les dijo:

—“Ya podéis dormir y descansar. Ha llegado ya la hora en que seré entregado en manos de los pecadores. El que me va a traicionar está cerca”. Hablaba aún, cuando se le apareció Judas, acompañado de gente armada con lanzas, palos, linternas y luces; se acercó a Él y le dijo:

—“¡Salve, Maestro!”, y lo besó. Jesús le contestó apaciblemente:

—“Amigo, ¿a qué has venido? ¿Con un beso me traicionas?”. Vuelto después a la turba, dijo con majestad:

—“¿A quién buscáis?”. Le contestaron:

—“A Jesús Nazareno”. Y Él les dijo:

—“Yo soy”. A estas palabras cayeron todos en tierra, como heridos por un rayo. Luego añadió:

—“Si me buscáis a mí, dejad libres a estos”.

Al ver que ponían las manos en su Maestro, llevado Pedro por un exceso de celo desenvainó la espada y de un golpe cortó la oreja a uno de los que habían asaltado a Jesús, llamado Malco. Jesús lo reprendió y, tocando después la oreja de Malco, lo dejó perfectamente sano. En seguida, dijo a la turba:

—“Habéis venido a prenderme con espadas y palos, como si fuera un malhechor; he estado todos los días con vosotros en el templo y no me habéis prendido. Pero esta es vuestra hora”.

Dicho esto, se entregó en sus manos, lo ataron y bruscamente lo llevaron a Anás y de allí a Caifás, el cual aquel año era pontífice de los judíos. Presa del mayor espanto, huyeron los discípulos; solo Pedro seguía de lejos a su divino Maestro.

Aprendamos, por lo que le sucedió a los apóstoles, los grandes males que suele acarrear el descuido y la falta de la oración.

El Beso de Judas, Luca Giordano, c. 1655-60 – Óleo sobre cobre, Museo del Prado, Madrid

Jesús es herido cruelmente en casa de Caifás

Caifás interrogó a Jesús acerca de su doctrina y discípulos, y este le contestó que nada había dicho en secreto y que podía saber su doctrina por los que le habían oído. Uno de los ministros, creyendo que Jesús había con estas palabras faltado al respeto al pontífice, le dio una bofetada, diciéndole:

—“¿Así respondes al pontífice?”. Jesús, con admirable paciencia, no hizo más que contestarle:

—“Si he hablado mal, dímelo; y si bien, ¿por qué me hieres?”.



  




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