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«Tesoros de la Fe» Nº 156 > Tema “Nobleza y Élites Análogas”

Plinio Corrêa de Oliveira  [+]  Versión Imprimible
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Desigualdades sociales armónicas

Las desigualdades de cuna son deseadas por Dios, siendo legítimos tanto el paternalismo ejercido por la nobleza en relación a otras clases, cuanto su función de mantenedora de las costumbres 1

Plinio Corrêa de Oliveira

Sede de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, famosa institución de la nobleza española

LA HOSTILIDAD CONTRA las élites tradicionales se basa en el prejuicio revolucionario de que cualquier desigual- dad de cuna es contraria a la justicia. Se admite habitualmente que un hombre pueda destacarse por su mérito personal. No se admite, sin embargo, que el hecho de proceder de una estirpe ilustre sea para él un título especial de honra y de influencia. A ese respecto, el Santo Padre Pío XII nos ofrece una preciosa enseñanza:

"Las desigualdades sociales, también aquellas que están vinculadas al nacimiento, son inevitables; la benignidad de la naturaleza y la bendición de Dios sobre la humanidad iluminan y protegen las cunas, las besan, pero no las igualan".2

Esta frase es magnífica. Dios ama todas las cunas, pero no las iguala. Ama a todos los recién nacidos, pero su bendición no los iguala. No desea que sean iguales, quiere la desigualdad de origen, inclusive las diferencias de estirpe. Claro está que tales desigualdades deseadas por el Creador deben ser armónicas y proporcionadas.

La expresión del Pontífice es preciosa para quien emprende la defensa de la nobleza del punto de vista de la religión católica, según las enseñanzas de la Iglesia.

Por otro lado, la frase es muy prudente. Pío XII tiene noción de la fuerza del prejuicio que él debe enfrentar y por eso quiere dejar en claro que Dios ama a todos. La frase es muy característica de cariño, pero en el fondo afirma: no iguala.

Y más adelante prosigue:

"Una mente cristianamente instruida y educada no puede considerar tales desigualdades sino como una disposición de Dios, querida por Él por la misma razón que las desigualdades en el interior de la familia, y destinadas, por tanto, a unir aún más a los hombres entre sí en su viaje de la vida presente hacia la patria celestial, ayudándose los unos a los otros del mismo modo que el padre ayuda a la madre y a los hijos".

Por lo tanto, no es posible considerar las desigualdades de cuna sino como algo deseado por Dios.

Dios ama las desigualdades a tal punto que en la primera sociedad, la más elemental, que es la familia, Él la dispuso de tal manera que ella es desigual por esencia. Y por eso mismo la sociedad mayor, que es un tejido de familias, también es desigual. Es en este espíritu familiar que las desigualdades deben existir.

El verdadero sentido del paternalismo

La gloria cristiana de las élites tradicionales consiste en servir no sólo a la Iglesia, sino también al bien común. La aristocracia pagana se ufanaba exclusivamente de su ilustre progenie. La nobleza cristiana añade, a ese título, otro aún más alto: el de ejercer una función paternal junto a las demás clases. Ejemplos típicos de esta aristocrática bondad de trato se encuentran en muchas familias nobles, que saben ser exímiamente bondadosas con sus subordinados, sin consentir de modo alguno que sea negada o humillada su natural superioridad.

Esto pasó a ser denigrado por los revolucionarios como cosa vil, designada por un término al que dieron un falso sentido peyorativo: paternalismo.

Antes era prestigioso decir que un director o propietario de una fábrica ejercía una influencia paternal sobre sus obreros. Actualmente es considerado como algo sumamente deplorable, pues, según el argot revolucionario, los obreros tienen sus derechos, no por una bondad paternal del propietario, sino porque fueron conquistados por la fuerza. Sería lo mismo que decir que los hijos nada reciben por amor y bondad del padre, sino porque tienen sus derechos propios.

Ahora bien, según la tradición católica, hasta los grandes hombres que sirven al bien común tienen una función paternal. Ellos son los padres de la patria, los patricios —como los denomina Pío XII en ese sentido de la palabra— que ejercen dignamente su papel de nobles defendiendo el bien común en la guerra o en la paz, en todas las ocasiones de la vida.

Función de la nobleza: mantener los hábitos en la familia y las leyes en la sociedad

Santa Isabel de Hungría, duquesa de Turingia, lava y cura las heridas de los enfermos de tiña, Esteban Murillo, 1672 – Óleo sobre lienzo, Hospital de la Santa Caridad, Sevilla

Cuando una familia es verdaderamente católica, ella forma hábitos que sólo se alteran en condiciones especiales, muy delicadas.

Así, tiende ella a permanecer viviendo en la misma casa durante varias generaciones, con los retoques y adaptaciones que resulten necesarios. Pero esencialmente es la misma casa. Del mismo modo, los mejores objetos de la residencia son conservados en la misma familia de generación en generación.

En el modo de tratarse y de vivir, los miembros de una familia van creando hábitos, que son una expresión de la virtud existente en la familia. Todo aquello que adquiere una cierta continuidad se prende a la realidad por vínculos a veces imperceptibles, que se notan apenas cuando hay algún cambio y se percata de que fue un error haber cambiado.

Porque continuar es algo análogo a vivir y cambiar es algo análogo a morir.

Así como los hábitos benéficos de una familia deben permanecer, también las leyes justas de un país, salvo una grave necesidad, no deben ser modificadas. Porque alterarlas es contrario a la sabiduría, una vez que la naturaleza es conservadora y trata de conservar lo mejor posible todas las cosas.

Como enseña Santo Tomás de Aquino:

"Es legítimo cambiar una ley en cuanto con su cambio se contribuye al bien común. Ahora bien, por sí mismo, el cambio de las leyes comporta ciertos riesgos para el bien común".3

Por lo tanto, teniendo en vista el bien común, sólo en circunstancias muy graves se justifica el cambio de una ley.

Y continua el Doctor Angélico:

"Porque la costumbre ayuda mucho a la observancia de la ley, tanto que lo que se hace en contra de la costumbre ordinaria, aunque sea más llevadero, parece más pesado. Por eso, cuando se cambia una ley se merma su poder de coacción al quitarle el soporte de la costumbre".

Así, la costumbre contribuye al cumplimiento de una ley. Si una ley antigua, venerable, que siempre se cumplió, es abolida para ser instituida otra, la ley nueva no tendrá a su favor la costumbre y podrá ser mal cumplida o incumplida. Como la costumbre echa raíces en el pueblo, la ley nueva, por el simple hecho de ser nueva, ya nace débil, porque la costumbre está jugando contra ella.

Y concluye Santo Tomás:

"De aquí que la ley humana no debe cambiarse nunca a no ser que, por otro lado, se le devuelva al bien común lo que se le sustrae por éste. Lo cual puede suceder, ya porque del nuevo estatuto deriva una grande y manifiesta utilidad, ya porque el cambio se hace sumamente necesario debido a que la ley vigente entraña una clara iniquidad o su observancia resulta muy perjudicial. Por eso dice el Jurisconsulto que la institución de nuevas leyes debe reportar una evidente utilidad que justifique el abandono de aquellas otras que durante mucho tiempo fueron consideradas equitativas".

Por lo tanto, para que el pueblo se resigne a una ley nueva, es necesario que la utilidad de ese cambio sea evidente, porque no se saca al pueblo de una costumbre ya establecida. Eso es tradición.

Se podría objetar que este tema está un poco al margen de la nobleza. Pero no es así. La nobleza, más que cualquier otra clase social, es la mantenedora de las costumbres, de las tradiciones. Ella vive de la tradición, ella recuerda un pasado, y un pasado que ella prolonga en el presente. Ésa es su fuerza.


1. Comentarios del autor a su obra Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana.
2. Alocución al Patriciado y a la Nobleza romana, 5 de enero de 1942, Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santità Pio XII, Tipografía Poliglotta Vaticana, vol. 3, p. 345-349.
3. Suma Teológica, I-II, q. 97, a. 2, c.



  




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