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«Tesoros de la Fe» Nº 150 > Tema “Nobleza y Élites Análogas”

Plinio Corrêa de Oliveira  [+]  Versión Imprimible
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Pueblo, masa y la influencia de los medios de comunicación

“Pueblo y multitud amorfa o, como suele decirse, masa, son dos conceptos diferentes. El pueblo vive y se mueve por vida propia; la masa es de por sí inerte y no puede ser movida sino desde fuera. El pueblo vive de la plenitud de vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales —en su propio puesto y a su manera— es una persona consciente de sus propias responsabilidades y convicciones. La masa, por el contrario, espera el impulso del exterior, fácil juguete en las manos de cualquiera que sepa manejar sus instintos o sus impresiones, pronta para seguir alternadamente hoy esta bandera, mañana aquella otra”.1

Plinio Corrêa de Oliveira

LAS DESIGUALDADES JUSTAS y proporcionadas parten de una igualdad fundamental que existe entre todos los hombres; negarla es favorecer una desigualdad desproporcionada, o sea, una desigualdad injusta.

Desfile durante el Oktoberfest en Munich, Alemania

Un mensaje encontrado en las pirámides y escrito probablemente por algún agente comercial del antiguo Egipto al Faraón, decía: “Oh Faraón, soy indigno de besar tus pies, de besar las patas de los caballos que montas, beso apenas el polvo donde pisaron las patas de tus caballos”.

Que un hombre se coloque por debajo de un caballo, como indigno de besar la pata del animal, porque fue montado por otro hombre, es una exageración, un delirio que niega una igualdad fundamental que existe entre los hombres, y a partir de la cual surgen las desigualdades naturales. Llegar a ese punto de locura es promover una desigualdad injusta y desproporcionada, porque está fuera de la proporción que debe haber entre los hombres en virtud de esa igualdad fundamental.

Debemos apartar desde luego la idea de que, porque somos favorables a las desigualdades, somos favorables a toda y cualquier desigualdad, ignorando la igualdad que proviene de la propia condición humana, tan claramente presente en el Evangelio y en toda la doctrina católica.

La masa es la enemiga capital de la verdadera democracia

Unos niños juegan alegremente al aire libre; los menores miran con atención; al lado una niña pinta, mientras que una persona mayor los observa: no dependen de la televisión. El Torneo, Ralph Hedley, 1898.

“La libertad, en cuanto deber moral de la persona, se transforma en una pretensión tiránica de dar libre desahogo a los impulsos y a los apetitos humanos, con perjuicio de los demás. “La igualdad degenera en una nivelación mecánica, en una uniformidad monocroma; el sentimiento del verdadero honor, la actividad personal, el respeto a la tradición, la dignidad, en una palabra, todo aquello que da a la vida su valor, poco a poco se hunde y desaparece. Solamente sobreviven,por una parte, las víctimas engañadas por la llamativa fascinación de la democracia, confundida ingenuamente con el propio espíritu de la democracia, con la libertad y la igualdad; y, por otra parte, los explotadores más o menos numerosos que han sabido, mediante la fuerza del dinero o de la organización, asegurarse sobre los demás una posición privilegiada o el propio poder”.

Ejemplos de la vida del pueblo

Hubo un tiempo, y no estamos tan distantes de él, en que el proceso de masificación había alcanzado mucho menos a las pequeñas ciudades del interior que a los centros poblados. La gran prensa, la radio, y más próxima a nosotros, la televisión, influían menos en las ciudades pequeñas del interior que en las grandes metrópolis.

Estas ciudades pequeñas formaban su opinión, en parte, aún basados en los principios heredados de la tradición católica. También la formaban en función de los acontecimientos que allí ocurrían, de las opiniones y de las actitudes de personas que, por una u otra razón, tenían más influencia sobre aquella población. Todo esto producía como efecto una cierta resultante, que era el modo de pensar común de la mayoría.

Otro ambiente en que muchas veces se notaban las características de un pueblo eran los ambientes de los inmigrantes que llegaron a Sudamérica a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Ellos traían costumbres y hábitos de las aldeas de donde provenían. Era gente que tenía una opinión. El jefe de familia tenía una opinión que los otros analizaban con cuidado, pero que no era necesariamente seguida. Con naturalidad, cada uno formaba su convicción; podía incluso salir una discusión, muchas veces sobre la política de la tierra natal, a propósito de cartas recibidas de allá. La discusión, en algunos casos, era un tanto teatral, pero a nadie le sorprendía y presentaba un aspecto muy pintoresco.

Tal vida orgánica que aún existía en la ciudad pequeña y entre los inmigrantes era propia del pueblo. Ésta es una base sana de vida social. La vida propia de la nobleza y de las élites tradicionales es semejante a ella, aunque con una nota de mayor elevación y con una cultura y educación más refinadas. El conjunto armónico de la vida en todos estos grupos forma una nación que tiene expresión y sustancia, y no es un mero aglomerado de seres humanos.

Ejemplos de vida masificada

Cuando se establecía en una ciudad pequeña el dominio de los grandes medios de comunicación, esto solía crear una tal influencia sobre el pueblo, que éste quedaba inhibido en su saludable capacidad de reflexionar y de tener una opinión propia e inconfundible. Tendía a ser masa.

Manifestación en Bakú, Azerbaiyán, durante la dominación comunista: las masa se vuelven presas fáciles del totalitarismo

La masa no tiene la iniciativa de pensar, queda a la espera de la publicidad escrita o hablada, y piensa de acuerdo con lo que ella determina. Por ahí se puede apreciar el prestigio que tuvieron los grandes periódicos, hoy por lo demás decreciente, no por la retracción del proceso de masificación sino por otros hechos, sobre los cuales no es el caso de extenderme aquí.

Me acuerdo del ambiente de masa existente décadas atrás en una repartición pública el día de pago. A cierta hora se veía entrar una fila de funcionarias, que se colocaban detrás de las ventanillas, y con un mismo gesto —que no era comandado, pero era automático— abrían al mismo tiempo las ventanillas, haciendo el mismo ruido. En seguida cogían fajos de billetes sujetados con un elástico, retiraban los elásticos, mojaban los dedos en una esponja, y todas, con los mismos gestos, comenzaban a pagar.

Allí no se hablaba, casi no había convivencia humana, quien pagaba y quien recibía tenía la misma expresión de automatismo. No se percibía al pueblo, era una relación masificada.

Sin la influencia de la prensa hablada o escrita, con personas acostumbradas a reflexionar y a forjarse una convicción propia, la vida entraría hasta en esa relación de ventanilla, porque entraría a propósito de todo.

Donde la vida es sorbida por determinados instrumentos—en el caso que estamos considerando, el uso abusivo de los medios de comunicación— el bien común recibe un golpe del cual resulta una herida que muy difícilmente tiene curación.

La democracia de pueblo y la democracia de masa

Uno de los puntos importantes de la doctrina social de la Iglesia es que las desigualdades justas, basadas en la virtud, en la cultura, en la condición social, en las riquezas, deben existir en una verdadera democracia.

Los revolucionarios hicieron indebidamente del término democracia una especie de palabra-talismán, cuyo mero enunciado despierta una constelación de conceptos aparentemente afines, como laicismo, igualdad total y compulsiva y libertad sin límites. En esa democracia, la igualdad pasará a coartar el desarrollo del pueblo y la libertad, al degenerar en libertinaje, hará casi compulsivo el recurso a medidas violentas de fuerza. Esta sería la democracia de masas.

La Visita, Franz von Defregger, 1875. Esta pintura retrata las cualidades de alma del pueblo del Tirol, en Áustria.

No es ése el concepto de democracia invariable en la doctrina social de la Iglesia. Él toma en cuenta las diferencias naturales existentes entre los hombres. En esta democracia el pueblo tiene las condiciones para desarrollar la riqueza exuberante de sus múltiples y variadas dotes. Ella comporta la existencia de la nobleza y de las élites tradicionales, expresión perfeccionada de la propia índole del pueblo. Ésta sería la democracia de pueblo.

Es conveniente recordar que la Providencia Divina creó la naturaleza humana con una riqueza inconmensurable de posibilidades e imprimió en ella una ley, la ley natural. El florecimiento intenso y legítimo de tales riquezas rumbo a su perfección da origen a sociedades y condiciones muy diversas,que no es lícito reprimir, bajo pena de inhibir el progreso humano saludable. El respeto y la honra debidas a cada persona, incluso a la más modesta, se relaciona con la situación que ella tiene en este inmenso tejido social, en último análisis, deseado por Dios.

La sociedad de masas no toma en cuenta tales situaciones, las nivela mecánicamente. En ella, la libertad se transforma, como dice Pío XII, en una pretensión tiránica de dar libre desahogo a los impulsos. La igualdad mecánica atrofia el legítimo florecimiento de las desigualdades accidentales entre los hombres. Es hacia donde, lamentablemente, caminan los Estados contemporáneos, cuyo electorado ya tiene tantas características de masa.

Tal situación proviene de la adopción de errados conceptos sobre democracia, libertad, igualdad, fraternidad. Mientras ellos tengan vigencia, no es posible encontrar una solución para los problemas sociales, políticos y económicos de nuestros países.

En estos principios de Pío XII sobre pueblo y masa, enunciados en el Radiomensaje de Navidad de 1944, se fundan ampliamente las enseñanzas del Pontífice contenidas en las alocuciones al Patriciado y a la Nobleza romana. Con base en ellos, se vuelve clara la alta misión que tienen la nobleza y las élites tradicionales en la vida de los Estados, incluso en nuestros días, sean ellos monárquicos, aristocráticos o democráticos.


1. PÍO XII, Radiomensaje de Navidad de 1944, in PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA, Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana, Ed. Fernando III el Santo, Madrid, 1993, p. 47-48.

2. Ídem., p. 48-49.



  




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