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«Tesoros de la Fe» Nº 145

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¿Un nacimiento contrario a la Biblia?

PREGUNTA

Quisiera que me explicara por qué la revista presenta en su última portada una foto de un nacimiento que va contra la historia real: Jesús nació pobre en una simple gruta o establo. La portada de la revista, con los personajes vestidos elegantemente, incluso María es presentada como una reina (yo sé que ella es reina), pero no es así que la Biblia los describe. La Biblia dice que eran pobres, que San José era un carpintero. Esa forma de representar el pesebre ¿no es contraria a la Biblia? ¿Me podría explicar eso, porque yo no lo entiendo?

RESPUESTA

La escena que Tesoros de la Fe presentó en su portada del mes de diciembre no es propiamente de la gruta o establo de Belén, sino de la Adoración de los Reyes Magos, que se produjo algún tiempo después, en una casa en la misma ciudad, donde la Sagrada Familia se había trasladado, conforme se lee en el Evangelio de San Mateo (cf. 2, 11). Pero esto no implica ninguna crítica a la redacción de la pregunta del consultante, puesto que nuestros nacimientos, por justificable simplificación, juntan tradicionalmente las dos escenas. Inclusive podría haber añadido, al porte real de la Santísima Virgen y a la riqueza de sus vestiduras, el atrio palaciego de la casa donde San José acomodó a la Sagrada Familia, según la pintura de Jan Gossaert (Mabuse), del siglo XVI, con la que Tesoros de la Fe ilustró su edición de Navidad [foto al lado]. Evidentemente no había ninguna casa palaciega de ese tipo en la Belén del primer año de nuestra era.

Trataremos de explicar por qué los artistas procedían así, distanciándose de la parvedad de recursos que la narrativa evangélica nos describe. Debo ponderar, eso sí,que San José tenía una profesión digna, que le permitía asegurar con sobriedad el sustento de la Sagrada Familia. Pobre, sí, en el sentido que hoy muchos dan a la palabra; no obstante, no era un miserable, aunque el Hijo de Dios, en su carrera apostólica, haya después optado por la más extrema pobreza, ni siquiera teniendo donde reclinar su cabeza (cf. Mt 8, 20). Pero aquí entran otras consideraciones, que nos alejarían de la respuesta que nos pide el lector. Atengámonos, pues,a su pregunta.

Ojos incapaces de ver lo sobrenatural

Cuántas, entre las personas que convivieron con Nuestro Señor y la Santísima Virgen, tuvieron ojos para discernir quiénes eran ellos? Jesucristo era conocido como el hijo del carpintero, y su Santísima Madre era tratada como una madre entre otras: “¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos [primos] Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas [primas]? Entonces, ¿de dónde saca todo eso? Y se escandalizaban a causa de él” (Mt 13, 55-57). Y llegó a ser tenido por loco, al punto de congregarse su familia para disuadirlo de continuar predicando sus doctrinas y la vida que llevaba (cf. Mc 3,21). Así, hasta sus más próximos no consiguieron discernir en Él a una persona fuera de lo común.

¿Por qué se daba eso? Sin duda, Nuestro Señor velaba en la vida diaria todo el resplandor que una vez manifestó en la montaña de la Transfiguración, y que dejó a Pedro, Santiago y Juan maravillados. ¿Éstos no podían haber discernido eso antes? Es verdad que ellos siguieron a Cristo, viendo en Él al Mesías, y San Pedro hizo aquella célebre confesión, inspirada por el Espíritu Santo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Pero si hubiesen sabido ver habitualmente lo sobrenatural —y, más que todo, lo divino— ¡su trato con Nuestro Señor habría sido mucho más elevado!

Ahora bien, ése es un fenómeno que afecta, con intensidades diferentes, a la inmensísima mayoría de los hijos de Eva. Con una peculiaridad: los malos suelen tener una capacidad de discernimiento del bien mayor que la de los buenos. En otras palabras, por haberse adherido al mal, los malos rápidamente detectan, por un lado, quién es como ellos; y por otro, quién no es como ellos; y odian el bien que existe en los buenos.

Lo observó bien San Juan Bosco. Decía él que en un colegio, cuando entraba un niño malo, el mismo día, o a más tardar al día siguiente, ya se había juntado con algún otro alumno ruin que había en el colegio.

En los buenos, hay como que escamas en los ojos que frecuentemente provocan una falta de perspicacia para ver el mal en los malos, así como disminuyen su capacidad de ver el bien en los buenos.

La Sagrada Biblia registra algunos casos excepcionales. Fue por una gracia especial del Divino Espíritu Santo que el profeta Simeón se dirigió al Templo el día de la Presentación de Nuestro Señor. Tomándolo entonces de los brazos de la Santísima Virgen, hizo su bella profecía sobre la acogida que el Mesías tendría entre sus coterráneos: sería una señal de contradicción, puesta para la ruina y resurrección de muchos en Israel, y una espada de dolor atravesaría el alma de su Madre, a fin de que se revelasen los pensamientos ocultos de los corazones (cf.Lc 2, 34-35). También la profetisa Ana supo discernir en aquel Niño al Mesías que ella, ya octogenaria, aguardaba desde su juventud (cf. Lc 2, 36-38).

Más tarde, San Juan Bautista, negando que fuese él mismo el Mesías, declaró solemnemente que no era digno de desatar la sandalia de sus pies (cf. Mt 3, 11; Lc 3, 16).

El arte cristiano ayuda a superar nuestra ceguera

Volviendo a la escena del pesebre, hoy sabemos que aquel Niño era el Verbo de Dios hecho hombre, y su Madre la Reina del Universo. Pero si hubiésemos estado allí, ¿habríamos sabido ver con nuestros ojos lo que hoy la fe nos enseña? Probablemente muchos de nosotros no los reconoceríamos, y pensaríamos que se trataba de personas comunes.

Así, el arte cristiano a través de los siglos, para romper nuestra ceguera, nos presenta los aspectos sobrenaturales de la escena, que nuestros ojos vidriosos no sabrían ver. De ese modo, cuadros como el que Tesoros de la Fe publicó no están, en el fondo, contra el relato bíblico; por el contrario, ellos nos presentan aquello que la escena tiene de más profundo, y por lo tanto de más real.

Con ello, no hay peligro que nos olvidemos de que San José, la Santísima Virgen y el Niño Jesús —aunque descendientes de familia real— eran pobres y no figuraban entonces entre los grandes de este mundo. Pero ellos eran mucho más que eso: eran grandes a los ojos de Dios.

San Pío X consideraba a Santa Teresita la mayor santa de los tiempos modernos

Lección para nuestra vida espiritual

Cabe una aplicación para nuestra vida espiritual.

Es bastante conocido el caso de Santa Teresita del Niño Jesús, que en su lecho de muerte oyó el comentario de dos monjas que conversaban en la cocina: “En la nota en que nuestra Madre comunicará a los demás Carmelos la muerte de la hermana Teresa, ¿qué resaltará de su vida? ¡Ella nunca hizo nada que mereciera ser destacado!…”

Es decir, aquellas monjas, convivieron durante algunos años con la hermana Teresa del Niño Jesús (ella murió antes de cumplir los 25 años), y nada notaron de su santidad. Sin embargo, San Pío X declaró que la consideraba la mayor santa de los tiempos modernos. Y Juan Pablo II, en 1997, le concedió el título de Doctora de la Iglesia.

¿Puede ocurrir también con nosotros, que hayamos vivido o estemos viviendo al lado de una gran alma, y no hayamos sabido valorar o no estemos sabiendo notar la santidad de esa alma?

Es tema para un profundo examen de conciencia. ¿Qué escamas oscurecen nuestra visión sobrenatural? ¿Qué podemos hacer para eliminar tales escamas?

Permítanme una vez más citar el libro titulado Inocencia primeva y contemplación sacral del universo en el pensamiento de Plinio Corrêa de Oliveira. Allí el lector encontrará señalados los ejercicios para subir de una visión terrena que no va más allá de lo que los ojos de la carne nos presentan, a una visión superior, trascendente de la realidad, que todo lo remite a Dios. Pues todo el universo fue creado por Dios a su semejanza, y el hombre a su imagen y semejanza.

Si supiéramos, en nuestra vida diaria, practicar la contemplación sacral del universo, buscando en todas las criaturas su imagen o semejanza con Dios, no sucederá de que vivamos al lado de una Santa Teresita y nos preguntemos, en su lecho de muerte, qué habrá practicado de trascendente y digno de ser registrado para la posteridad.

Así, hacen bien las revistas católicas, como Tesoros de la Fe, que por medio de los grandes maestros de la pintura, nos presentan lo que la escena de Navidad tuvo de más trascendente: o sea, ¡que el Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros; y que hubo una criatura privilegiadísima a través de la cual se operó ese milagro de los milagros, y a quien Dios constituyó como Reina del Cielo y de la Tierra!



  




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