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«Tesoros de la Fe» Nº 143

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¿Cómo nuestras oraciones pueden interceder por los difuntos?


PREGUNTA

La parábola “El rico y Lázaro” deja en claro que el destino de los que sufren la primera muerte está sellado. ¿Cómo pueden la oración y la misa por los difuntos conducirlos a la salvación, si cada uno es responsable por su propia salvación?

RESPUESTA


Realmente, después de la muerte, el destino de cada alma está sellado: o la vida eterna en el cielo, para las almas que murieron en estado de gracia, es decir, sin ningún pecado mortal por ser perdonado, o la muerte eterna en el infierno, a la que el consultante llama segunda muerte. La parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro es muy clara al respecto.

Hay,sin embargo, una importante explicación que agregar. Una cosa es que los hombres se hayan arrepentido de los pecados mortales cometidos, y que éstos les hayan sido perdonados por el sacerdote en el sacramento de la confesión; o incluso que hayan alcanzado el perdón de sus pecados por un acto de contrición perfecta. En las dos hipótesis, se presentan ante Dios con el alma exenta de pecado grave y por ello merecen el cielo. Así reciben inmediatamente después de producida la muerte, la sentencia de su salvación eterna.

Pero,queda aún algo más por hacer. O sea, aunque los pecados mortales practicados les hayan sido perdonados, antes de ser llevados al cielo, necesitan satisfacer la pena debida por éstos, así como cumplir la pena correspondiente por los pecados veniales cometidos, háyanse arrepentido o no de ellos. Y esa pena es satisfecha en el Purgatorio, donde, como su mismo nombre lo dice, se purgan (se purifican) de las manchas que los pecados mortales y veniales dejaron en sus almas. Y esto por la simple razón de que nadie puede presentarse delante de Dios, en el cielo, manchado por los pecados que cometió. La propia alma que se salvó no quiere presentarse ante Dios manchada.

Un ejemplo puede esclarecer al lector: el enfado o la envidia que hayamos sentido ante las cualidades auténticas de nuestro prójimo será frecuentemente un pecado venial; pero puede también llegar a ser un pecado mortal, si la carga de odio anexa al enfado o a la envidia no llevase a un acto de rechazo formal de Dios, autor de aquellas cualidades. Puede ocurrir que transpongamos el umbral de la muerte arrepentidos y perdonados de aquel pecado. No obstante, éste dejó una marca en nuestra alma, y debemos purgarnos de esa mancha; tenemos que humillarnos y reconocer la superioridad de nuestro prójimo, en aquel punto concreto que envidiamos, o que nos causó disgusto. Para calcular el sufrimiento por el cual tendremos que pasar en el Purgatorio, basta pensar en el esfuerzo que tendríamos que hacer en esta vida para que reconozcamos la superioridad del otro y nos libremos del disgusto o de la envidia. Con una diferencia: si hubiésemos hecho esto en vida, tal sufrimiento habría sido meritorio para el cielo. El mismo sufrimiento en el Purgatorio tendrá el efecto de purgarnos del pecado, pero simplemente como pago del débito contraído sin aumentar el mérito personal.

¿Qué decir de las manchas de los pecados de sensualidad que hayamos cometido? Ese género de pecados es de los que más arrebatan el corazón humano, dejando en el alma marcas profundas, que solo mucho sufrimiento o penitencia pueden borrar, además de un sincero arrepentimiento. Si no hiciésemos la penitencia debida en esta vida, quedará mucho que pagar —¡y pagar!— en el Purgatorio…

El rico Epulón y el pobre Lázaro, Leandro Bassano, s. XVI – Óleo sobre lienzo, Museo del Prado

¿Cómo imaginar que el alma infectada por el enojo o la envidia, o manchada por las marcas de la sensualidad, pueda presentarse en el cielo, delante de Dios purísimo y severísimo, que rechaza de su presencia el más leve resquicio de impureza? Ése es el más profundo resultado del paso por el Purgatorio: eliminar la más leve sombra o marca de los pecados que mancharon nuestras almas.

Así purificada y resplandeciente en su inocencia bautismal restaurada, el alma estará en condiciones de ser admitida delante de Dios.

Cómo es bella y consoladora la doctrina del Purgatorio que la Santa Iglesia desentrañó a partir los elementos escriturísticos muy sintéticos, pero que emiten toda su luminosidad después del magnífico trabajo teológico desarrollado por la Tradición a lo largo de los siglos,y administrado a través de su Magisterio ordinario e infalible.

Para los católicos, esa doctrina es bastante clara y encuentra su fundamento en un trecho del segundo libro de los Macabeos, como el lector podrá constatar.

Pero eso en nada ayuda a los protestantes, porque, en primer lugar, no aceptan la inclusión del libro de los Macabeos en el canon de los libros sagrados —bien se ve por qué—; y, en segundo lugar, porque tienen una concepción gravemente errónea del alcance de la Redención de Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, ellos la conciben como que tiene el efecto de cubrir por anticipación todos los pecados futuros que los hombres cometiesen, bastando para eso manifestar la fe en Jesucristo. Para ellos, la Redención no borra los pecados de los hombres, apenas los cubre; y así, cubiertos por los méritos de la Redención, los hombres pueden presentarse delante de Dios, sin necesidad de ser purificados de los pecados cometidos. En esa concepción, la existencia del Purgatorio no tiene ningún sentido. El único pecado irremisible, para los protestantes, es no tener fe en Jesucristo. Y esto a tal punto que, cuando alguien peca y queda con la duda de ser condenado al infierno, para Lutero la solución es pecar aún más fuertemente (pecca fortiter)para manifestar su fe en el poder de la Redención de Jesucristo.¡La solución es ofender más a Dios!

Lo absurdo de esa concepción dispensa comentarios. Los 500 años de la polémica católico-protestante no fueron suficientes para librar a los protestantes de tal concepción. Tal vez los estertores inimaginables a los que el mundo moderno está llegando —que hicieron cerrar filas a algunas corrientes protestantes junto a los católicos, en temas como el aborto y homosexualismo—, los hagan revisar sus posiciones también en cuestiones teológicas fundamentales, como el verdadero alcance de la Redención y de la remisión de los pecados.

¡Que la Virgen María, Madre de Dios —tan rechazada por ellos— les alcance esa enorme gracia!



  




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