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«Tesoros de la Fe» Nº 19 > Tema “Dios”

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¿El amor que Dios tiene de Sí mismo, es un amor egoísta?


PREGUNTA


No comprendo lo siguiente: el egoísmo consiste en hacer todo en función de sí mismo; ahora bien, Dios lo hizo todo y lo hace en función de sí mismo, y quiere que todas las criaturas le den gloria. De donde se llega a la absurda conclusión de que Dios es sumamente egoísta. ¿Cómo explicar esto?


RESPUESTA


La mente humana es extremamente limitada para comprender a Dios como Él es en Sí mismo. Porque, siendo nuestra inteligencia finita, no puede abarcar a Dios en su infinitud. Así, lo que podemos entender de Dios es menos que un grano de arena en comparación a toda la arena del desierto, menos que una gota de agua en comparación a toda el agua de los océanos. De modo que no podemos colocar a Dios en el mismo plano de criatura alguna, porque Él está infinitamente por encima de cualquiera de ellas. Dice lapidariamente la Teología: Dios es trascendente.

En consecuencia, cuando pretendemos aplicar a Dios conceptos que conciernen apenas a la criatura humana, caemos en una maraña de la cual no salimos nunca. Es como un ovillo del cual se perdió la punta: por más que jalemos los hilos de aquí o de allá, no conseguiremos desenredarlo.

Esto pasa cuando nuestro corazón abre las puertas al egoísmo, o sea a la “auto-idolatría”. Nosotros, criaturas humanas, podemos colocarnos erróneamente como fin exclusivo de nuestros actos, olvidándonos del bien del prójimo al cual debemos obligaciones, y sobre todo olvidándonos de Dios, a quien debemos servicio, honra y gloria. Cuando servimos al prójimo, por obligación o por caridad, estamos honrando y glorificando a Dios en nuestro prójimo.

Existe una medida legítima del amor a sí mismo, que consiste en procurar aquello que es necesario o conveniente para el bien de nuestra alma y de nuestro cuerpo, y que redunde para la mayor gloria de Dios. Es a respecto de esa medida legítima, que Jesús trata en los dos Mandamientos que resumen toda la Ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y al prójimo como a ti mismo” (cf. Mt. 22, 37-40).

Dios Padre (detalle), Manuel Sepúlveda, 1781 — Museo de Arte Religioso, colección de la Arquidiócesis de Popayán. En el amor de Dios a sí mismo no cabe hablar de egoísmo.

Dios, el Bien Supremo

Los teólogos explican que ese amor al prójimo tiene grados: cuanto más próximo, mayor debe ser nuestro amor. Y no hay nadie más próximo de cada uno de nosotros, que nosotros mismos. Ese amor ordenado en sí, mayor del que debemos a todas las otras criaturas es, por lo tanto, legítimo y obligatorio, y no puede ser confundido con el egoísmo. Pasa a ser egoísmo cuando es desordenado, yendo en detrimento de nuestras obligaciones hacia el prójimo, y sobre todo cuando locamente nos amamos más a nosotros mismos que a Dios. Porque siendo Dios el Bien Supremo, debe ser amado sobre todas las cosas, como está especificado en el primer Mandamiento.

Ahora bien, siendo Dios el Bien Supremo, no tiene a nadie por encima de sí, no hay otro bien mayor que Él mismo. Por lo tanto, en el amor con que Dios se ama a sí mismo no cabe hablar de egoísmo, porque Él no cambia un amor mayor por otro menor, como lo hace la criatura humana egoísta. Dios, por ser Dios, no puede dejar de amarse a sí mismo y de amarse con un amor perfecto.

Consecuentemente, Dios hizo y lo hace todo para su servicio y su gloria. Él no podría ofrecer como finalidad a sus criaturas un bien mayor que Él mismo, que es el Soberano Bien. Es el Creador y el Señor soberano de todas las cosas. “Por Él fueron hechas todas las cosas; y sin Él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas” (Jn. 1, 3). Y sin embargo, “Vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1, 11). Y, por fin, en el Cielo, Él se dará como premio para todas las criaturas racionales, que son los ángeles y los hombres que lo recibieron. Y el infierno consiste principalmente en la pérdida de ese Soberano Bien, por aquellos que se volvieron indignos de Él, prefiriéndose orgullosa y egoístamente a sí mismos y apartándose voluntariamente del Soberano Bien. Así, se apartaron de sus Mandamientos, por Él promulgados para que reinase el ORDEN en la vida del hombre y en su familia, en los cuerpos intermedios de la vida social y en toda la tierra. Y, como afirma San Agustín, en la “tranquilidad de ese orden renace entonces la PAZ”.

Mas, para los que se salven, Él se dejará ver “cara a cara”, como dice San Pablo (cf. 1 Cor. 13, 12), y entonces lo veremos como Él es en sí mismo, por toda la eternidad.     





  




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