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«Tesoros de la Fe» Nº 124 > Tema “Diversos”

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Reflexiones para la Pascua



La Resurrección representa el triunfo eterno y definitivo de Nuestro Señor Jesucristo, el desbaratamiento completo de sus adversarios y el argumento máximo de nuestra fe. San Pablo afirma que si Cristo no hubiese resucitado, vana sería nuestra fe. Es en el hecho sobrenatural de la Resurrección que se funda todo el edificio de nuestras creencias. Meditemos, pues, sobre tan alto asunto.


Plinio Corrêa de Oliveira


Traslado de Jesús al Sepulcro, Pedro Roldán, s. XVII – Retablo mayor del Hospital de la Caridad, Sevilla.


Cristo, Señor Nuestro, no fue resucitado: resucitó. Lázaro fue resucitado. Él estaba muerto. Jesucristo lo llamó de la muerte a la vida. Al Divino Redentor, nadie lo resucitó. Él se resucitó a sí mismo. No tuvo necesidad de nadie que lo llamase a la vida. Volvió a ella cuando quiso.

Todo cuanto se refiere a Nuestro Señor tiene una aplicación por analogía a la Santa Iglesia Católica. En la Historia de la Iglesia vemos con frecuencia que, cuando ella parecía irremediablemente perdida, y todos los síntomas de una próxima catástrofe parecían minar su organismo, ocurrieron siempre acontecimientos que la han mantenido viva contra todas las expectativas de sus adversarios.

Es un hecho curioso que, a veces, no son los amigos de la Santa Iglesia quienes la socorren: son sus propios enemigos. En una época sumamente delicada para el catolicismo, como fue la de Napoleón, ¿no se dio el episodio mil veces curioso de que el cónclave para elegir a Pío VII se reuniera bajo la protección de las tropas rusas, siendo ellas cismáticas y dirigidas por un soberano cismático? En Rusia, la práctica de la religión católica era dificultada de mil maneras. Sin embargo, las tropas de ese país aseguraron en Italia la libre elección de un soberano Pontífice, precisamente en el momento en que la vacancia de la Sede de Pedro habría acarreado para la Santa Iglesia perjuicios de los cuales —humanamente hablando— tal vez no se hubiese levantado jamás.

Resurrección, Pinturicchio, s. XV – Sala de los Misterios, Aposentos Borgia, Museos Vaticanos


Estos son medios maravillosos que la Providencia utiliza para demostrar que ella tiene el supremo gobierno de todas las cosas. Empero, no pensemos que la Iglesia debió su salvación a Constantino, a Carlomagno, a Don Juan de Austria o a las tropas rusas. Aún cuando ella parezca completamente abandonada, y aún cuando el concurso de los medios de victoria más indispensables en el orden natural parezcan faltarle, podemos estar seguros de que la Santa Iglesia no morirá. Como Jesucristo, volverá a erguirse con sus propias fuerzas que son divinas. Y cuanto más inexplicable sea, humanamente hablando, la aparente resurrección de la Iglesia —aparente, acentuamos, porque la muerte de la Iglesia nunca será real, al contrario de la de Nuestro Señor— tanto más gloriosa será la victoria.

En estos turbios y tristes días que vivimos, confiemos pues. Pero confiemos, no en esta o aquella potencia, no en este o aquel hombre, no en esta o aquella corriente ideológica, para operar la restauración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino en la Providencia Divina que obligará nuevamente a los mares a abrirse de par en par, moverá montañas y hará estremecer toda la tierra, si eso fuera necesario para el cumplimento de la divina promesa: “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

* * *

Esta certeza tranquila en el poder de la Iglesia, tranquila de una tranquilidad toda hecha de espíritu sobrenatural, y no de cualquier indiferencia o indolencia, podemos aprenderla a los pies de Nuestra Señora. Sólo Ella conservó íntegra la fe, cuando todas las circunstancias parecían haber demostrado el fracaso total de su Divino Hijo. Bajado de la Cruz el Cuerpo de Cristo, vertida por la mano de sus verdugos, no sólo la última gota de Sangre, sino aún de agua; verificada la muerte, no sólo por el testimonio de los legionarios romanos, sino por el de los propios fieles que procedieron al entierro; puesta en el sepulcro la inmensa piedra que le debía servir de infranqueable cerrojo, todo parecía perdido. Pero María Santísima creyó y confió. Su fe se conservó tan segura, tan serena, tan normal en estos días de suprema desolación, como en cualquier otra ocasión de su vida. Ella sabía que Él habría de resucitar. Ninguna duda, ni siquiera la más leve, manchó su espíritu. Es a los pies de ella, por lo tanto, que habremos de implorar y obtener esa constancia en la fe y en el espíritu de fe, que debe ser la suprema ambición de nuestra vida espiritual. Medianera de todas las gracias, ejemplar de todas las virtudes, Nuestra Señora no nos rehusará ningún don que en este sentido le pidamos.

* * *

Duda de Santo Tomás, altorelieve, s. XI – Abadía de Santo Domingo de Silos, Burgos.


Mucho se ha hablado… y sonreído a respecto de la renuencia de Santo Tomás en admitir la Resurrección. Quizá haya en esto alguna exageración. O al menos, es cierto que tenemos ante nuestros ojos ejemplos de una incredulidad incomparablemente más obstinada que la del Apóstol. En efecto, Santo Tomás dijo que necesitaría tocar con sus manos a Nuestro Señor para creer. Pero, viéndolo, creyó inmediatamente, antes de tocarlo. San Agustín ve en esa dificultad inicial del Apóstol una disposición providencial. El Santo Doctor de Hipona dice que el mundo entero quedó suspendido del dedo de Santo Tomás, y que su gran meticulosidad para aceptar los motivos de creer, sirve de garantía a todas las almas timoratas de todos los siglos, de que la Resurrección fue realmente un hecho objetivo, y no el producto de imaginaciones en ebullición. De cualquier modo, el hecho es que Santo Tomás creyó apenas vio. ¿Cuántos son, en nuestros días, los que ven y no creen?

Tenemos un ejemplo de esta obstinada incredulidad en lo tocante a los milagros verificados en Lourdes, y también con Teresa Neumann en Konnersreuth, y en Fátima. Se trata de milagros evidentes. En Lourdes, hay una oficina de constataciones médicas, en que sólo se registran las curas instantáneas de males que excluyan todo carácter nervioso e incapaces de ser curadas por un proceso sugestivo; las pruebas exigidas como autenticidad del mal son, en primer lugar, un examen médico del paciente, hecho antes de su inmersión en la gruta, en segundo lugar, aún antes de esa inmersión, la presentación de los documentos médicos referentes al caso, de las radiografías, análisis de laboratorio, etc.; a este proceso preliminar puede presentarse cualquier médico que esté de paso por Lourdes, quedando autorizado a exigir un examen personal del enfermo, y de las muestras radiográficas o de laboratorio que traiga consigo; finalmente, verificada la cura, esta debe ser observada por el mismo proceso por el que se verificó la enfermedad, y sólo es considerada efectivamente milagrosa cuando, durante mucho tiempo, el mal no reaparece. Ahí están los hechos. ¿Sugestión? Para eliminar toda duda a ese respecto, se señala el caso de curas verificadas en niños sin uso de razón debido a su tiernísima edad, y que, por esto, no pueden ser sugestionados. A todo esto, ¿qué se responde? ¿Quién tiene la nobleza de hacer como Santo Tomás y, frente a la verdad segura, arrodillarse y proclamarla sin ambages?

Parece que Nuestro Señor multiplica los milagros a medida que crece la impiedad. El caso de Teresa Neumann, Lourdes, Fátima, ¿qué más? ¿Cuánta gente sabe de estos casos? ¿Y quién tiene la valentía de proceder a un estudio serio, imparcial y seguro, antes de negar esos milagros?

* * *

Causa admiración el modo por el cual Nuestro Señor penetró en la sala completamente cerrada, en que estaban los Apóstoles, y ahí se presentó. Con ese milagro,­ el Verbo Encarnado demostró que para Él no existen barreras infranqueables.

Las religiosas de clausura realizan el más eficaz apostolado de infiltración – En la foto: carmelitas de Valencia


Estamos en una época en que se habla mucho de “apostolado de infiltración”. El deseo de llevar a todas partes el apostolado sugirió a muchos apóstoles laicos a creer que es indispensable ingresar en ambientes inconvenientes o hasta francamente nocivos, para llevar allí la irradiación de Nuestro Señor Jesucristo y convertir las almas. Toda la tradición católica es en sentido opuesto: ningún apóstol, salvo situaciones excepcionalísimas, y por lo tanto rarísimas, tiene el derecho de entrar en ambientes en que su alma puede sufrir perjuicio. Pero, se pregunta, ¿quién entonces ha de salvar aquellas almas que se encuentran en ambientes donde nunca entra una influencia católica, donde jamás una palabra, un ejemplo, una centella de sobrenatural penetra? ¿Están condenados en vida? ¿Tienen desde ya el infierno por herencia?

Así como no hay paredes materiales que resistan a Nuestro Señor, que a todas transpone sin destruirlas, así también no hay barreras que detengan la acción de la gracia. Donde no puede penetrar el apóstol militante, por un deber de la propia moral, ahí penetra, sin embargo, por mil modos que sólo Dios sabe, su gracia. Es un sermón oído por la radio, es un buen libro que de modo enteramente fortuito se encuentre en un ómnibus, es una simple imagen que se entrevé en una casa cuando se pasa por ella. De todo esto y de mil otros instrumentos, puede servirse la gracia de Dios. Y, para que ella penetre en tales ambientes, mil veces más útiles que la imprudente penetración del apóstol, son la oración, la mortificación, la vida interior. Ellas aplacan las iras de Dios. Ellas inclinan la balanza hacia el lado de la misericordia. Ellas, pues, penetran en ambientes que muchos reputan impenetrables a la acción de Dios. Por lo demás, la hagiografía católica nos da mil ejemplos de ello. ¿No hubo el caso de una conversión ilustre, operada en un joven impío que, cuando intervenía en el carnaval usando por escarnio el hábito de San Francisco, fue tocado de buenos sentimientos? Fue el propio disfraz que lo convirtió. Hasta del escarnio de la religión puede servirse la sabiduría de Dios para operar conversiones. Pero estas conversiones, es necesario obtenerlas. Y nosotros las obtendremos sin ningún riesgo para nuestras almas, uniendo nuestra vida interior, nuestras oraciones, nuestros sacrificios a los méritos infinitos de Nuestro Señor Jesucristo.

Según mi punto de vista, no hay mejor ni más eficaz apostolado de infiltración, que el que realizan las religiosas contemplativas, encerradas por su regla monástica entre las cuatro paredes de su convento. Benedictinas, carmelitas, dominicas, visitandinas, clarisas, concepcionistas; aquí están las verdaderas heroínas del apostolado de infiltración. 


* “El Legionario”, nº 559, 25 de abril de 1943.



  




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