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«Tesoros de la Fe» Nº 13 > Tema “Fiestas y advocaciones universales de la Santísima Virgen”

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Anunciación y Encarnación del Verbo de Dios

Plinio María Solimeo

La fiesta de la Anunciación, que se celebra el día 25 de marzo, es una de las mayores de la Cristiandad, pues en ella se conmemora el Misterio sublime de la Encarnación del Verbo en el seno purísimo de María.

Desde el siglo V ya se tienen indicios de la celebración de esta festividad mariana.

A este Misterio fueron dedicadas en toda la Cristiandad innumerables iglesias, monasterios, órdenes religiosas e inclusive una Orden Militar de Caballería, la de la Anunciación, en la Francia del siglo XIV.

La Anunciación del Ángel

El Ángel del Señor anunció a María

San Lucas narra que al aproximarse el Ángel a María le dijo: “Salve, llena de gracia, el Señor es contigo”.

Como bien pondera el teólogo dominico francés, P. Garrigou-Lagrange, siguiendo a Santo Tomás, “era conveniente que la Anunciación fuese hecha por un ángel, como embajador del Altísimo. Un ángel rebelde causó la Caída; un ángel santo, el más alto de los arcángeles, anunciaría la Redención”. 1

“No se nos debe escapar –observa a su vez un renombrado teólogo norteamericano– que el ángel omite el nombre de María en su salutación, y la designa solamente por la gracia (de que está colmada). Eso denota que Ella era preeminente entre todas las criaturas por la prerrogativa de la gracia”. Y añade: “En la Teología católica gracia es el principio que vivifica el alma con vida y poder espiritual, y la vuelve agradable a Dios. ...

“El grado de gracia al que había llegado María estaba por encima de cualquier otro concedido a simple criatura”. 2

“Ella se turbó... y consideraba qué podría significar aquella salutación”

“Hay una evidencia de fuerza y de gravedad femenina en el silencio de María ponderando el mensaje del ángel. Ella está perturbada, pero compuesta y pensativa. ¡Qué apropiada actitud de alma para recibir una manifestación de la voluntad divina – silencio y pensamiento!” 3

El Arcángel Gabriel se apresuró a tranquilizarla, y lo hizo en un lenguaje solemne de acuerdo con la sublimidad de su misión, llamándola ahora familiarmente por su nombre para dejarla más a gusto.

El futuro de la humanidad dependía de ese asentimiento. ¿Podría María Virgen, concebida sin pecado original, rehusar este tremendo privilegio? ¿Por qué no? Lucifer, en quien tampoco había pecado original, colocado ante una elección, dijo no. Por lo tanto Nuestra Señora, dotada de libre arbitrio como todos los hombres, podía decir sí, o no. Si, por una humildad mal interpretada, Ella rehusase esa gracia como honra inmerecida, el rumbo de la Historia habría sido otro.

“¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?”

Entre los judíos la mujer estéril era considerada despreciable, porque no tenía posibilidad de llegar a ser la madre del Mesías. ¿Qué joven judía habría dudado un segundo en dar su jubiloso consentimiento a la inefable honra de ser escogida para madre del Mesías?

No obstante, María vaciló. Había hecho voto de virginidad y sabía que éste había sido aceptado por Dios. Por eso Ella “de un lado, amaba su virginal estado que la unía tan íntimamente a Dios; de otro, deseaba ávidamente hacer la voluntad de Dios. Y ahora Dios le hace saber que Ella debe ser madre...” 4

El ángel le explica, entonces, cómo esto se realizaría por acumulación y no por exclusión.

Nuestra Señora meditando las palabras del Ángel

Comentando este singular privilegio, el cantor de la Virgen, San Bernardo, afirma:

“No hay sino una sola cosa en la cual María no tiene modelo ni imitadores: es en la unión de las alegrías de la maternidad con la gloria de la virginidad. Ella escogió la mejor parte. Y esto está fuera de dudas pues, si la fecundidad del matrimonio es buena, la castidad de las vírgenes es mejor. Pero lo que supera a una y otra, es la fecundidad unida a la virginidad, o la virginidad unida a la fecundidad. Y pues, esta unión es el privilegio de María”. 5

“Hágase en mí según tu palabra”

Para felicidad no sólo de los hombres, sino de todo el mundo creado incluyendo al angélico, esa Virgen fiel dijo sí. Teniendo verdadera humildad, sabía que, si fuera colmada de tantas gracias, no lo sería sino por una misericordia y por un designio de Dios. De ahí que la sublime respuesta que dio sea repetida por todos los siglos mientras el mundo fuere mundo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

A respecto de esta frase, comenta el P. Garrigou-Lagrange:“Santo Tomás añade que su sobrenatural y meritorio consentimiento fue dado en nombre de toda la raza humana, que necesitaba del Redentor prometido”. 6 Según los teólogos, en el momento de ese sublime “fiat” se operó la Encarnación.

Notas.-

1. Fr. Reginald Garrigou-Lagrange O.P., The Mother of the Saviour and our interior Life, B. Herder Book Company, Saint Louis, 1953, p. 99.
2. Fr. A. E. Breen, Ph.D., D.D., A Harmonized Exposition of the Four Gospels, Keystone Printing Service, Inc., Milwaukee, 1927, vol. 1, p. 69.
3. Fr. A. E. Breen, op. cit. p. 71.
4. Idem, ibidem, p. 75.
5. San Bernardo, Notre Mère, Colección Dieu et Moi, La Croisade, París, 1927, p. 23.
6. Fr. Reginald Garrigou-Lagrange, op. cit., p. 99.



  




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