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«Tesoros de la Fe» Nº 113 > Tema “Eternidad”

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En realidad, las pasiones no son ni buenas ni malas

PREGUNTA

Acabo de leer su respuesta sobre la cuestión del purgatorio y sobre la naturaleza del pecado, y me vino a la mente la siguiente duda: en un estado de “ira”, rebeldía, nerviosismo, es fácil que cometamos pecados. Desde niño, muchas de las mis faltas ocurrieron en situaciones como ésa, y algunas veces en un estado muy consciente. Para que sean consideradas veniales o mortales, ¿vale el mismo criterio contenido en el Catecismo de la Iglesia Católica, que se refiere a los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Iglesia?


RESPUESTA


Si entiendo bien la pregunta presentada por la consultante, la duda es si el estado de “ira”, rebeldía y nerviosismo afecta el pleno consentimiento, el cual determina si hubo o no, en determinada circunstancia, pecado venial o mortal.

La ira es una pasión. El estremecimiento producido en la sensibilidad
por las pasiones suele ser intenso, no obstante varía de acuerdo
a la constitución fisiológica del individuo.


Al contrario de los ángeles que, por ser puros espíritus, tienen un discernimiento claro de las situaciones y circunstancias, el entendimiento humano depende de las informaciones de los sentidos corpóreos, y está por ello envuelto en nieblas y vacilaciones. Si, además, la persona se encuentra en un estado alterado por la ira, rebeldía o nerviosismo, la calificación de un acto practicado se hace frecuentemente confusa. De ahí la duda de la consultante, excepto cuando ella misma reconoce que, algunas veces, era bien consciente de lo que practicaba.

En este último caso, la calificación del pecado como venial o mortal depende apenas de la naturaleza de la infracción cometida: si la materia es leve, el pecado es venial; si grave, es mortal.

Pero no siempre el pecador tiene la conciencia tan clara de las circunstancias de la falta que cometió. En la confesión hecha a un buen confesor, éste muchas veces consigue discernir si hubo pleno consentimiento. Pero a veces es tal la confusión de la exposición hecha por el penitente, que el confesor no tiene condiciones de decidir por la afirmación o negación. Suele entonces remitir el caso al discernimiento de Dios, y dice que dará la absolución conforme el acto cometido se presenta ante los ojos del Altísimo. La persona sale de la confesión tranquilizada, pues el pecado está perdonado, sea él venial o mortal.

Conviene, sin embargo, decir una palabra sobre el estado de perturbación inte­rior­ descrito en su carta.­

En realidad, las pasiones no son ni buenas ni malas

La consultante habla de “ira”, y hasta coloca la palabra entre comillas, tal vez para indicar que no sabe bien cuál es el término exacto para expresar lo que sintió. Tanto debe ser así que, a continuación, añade la palabra rebeldía, mucho más fuerte, para después mencionar nerviosismo, que es más bien un estado pasivo e indefinido. Estos matices indican movimientos de alma muy diferentes —con repercusión en el orga­nismo, más o menos intenso— y corresponden a distintas reacciones de la persona frente al hecho que le afectó.

La ira es una pasión. El estremecimiento producido en la sensibilidad por las pasiones suele ser intenso, no obstante varía de acuerdo a la constitución fisiológica del individuo, de la fuerza de impacto del hecho que desencadenó el movimiento pasional y del mayor o menor dominio que la persona tenga de sí misma.

La doctrina escolástica enumera once pasiones (detalladas a continuación por números arábigos) a que el hombre está sujeto. Ellas resultan de un movimiento de la sensibilidad del alma —que en lenguaje filosófico se llama apetito sensitivo— frente a un bien o de un mal, presente o futuro. El bien da origen a tres pasiones. Su simple presencia genera:

1 – amor, si se trata de un bien futuro; 2 – provoca el deseo; 3 – su posesión produce el gozo. El mal, por el contrario, genera: 4 – odio, a partir del momento en que él se presenta; 5 – si aún está lejos, genera aversión o produce un movimiento de fuga; 6 – si nos alcanzó, produce tristeza o dolor.

Cuando se trata de un bien arduo, es decir, que exige un esfuerzo mayor que el normal para ser alcanzado, genera: 7 – esperanza;
8 – cuando él se vuelve imposible de alcanzar, produce la desesperación. Por otro lado, el mal arduo ausente, si puede ser apartado, despierta: 9 – audacia, es decir, la determinación de realizar todos­ los esfuerzos, hasta arriesgados, para vencerlo; 10 – si faltan fuerzas para vencerlo, sentimos miedo; 11 – si el mal arduo nos alcanza, sentimos ira o cólera (son sinónimos).

Estos once tipos de pasiones, según la doctrina escolástica, no implican en sí que ellas sean buenas o malas, lo que depende de la licitud del bien o de la naturaleza del mal. Así, el deseo de un bien al que no tenemos derecho es un mal. Pero sentir ira ante una injusticia practicada contra otro o contra nosotros es perfectamente legítimo, con tal que nuestra reacción sea proporcionada al mal producido por la acción. El gozo de un bien ilícito es un mal; pero el odio al mal es un bien.

La consultante, cuando habla de sus faltas practicadas en estado de “ira”, quiere probablemente referirse a una reacción desproporcionada ante una injusticia, o quizá al desagrado frente a una reprimenda justa, o a otra causa cualquiera. El sentido del bien y del mal, que todos tenemos, nos permite evaluar, en cada caso, si la ira que sentimos constituyó un pecado o no (a menos que los escrúpulos o la confusión mental obliteren nuestro juicio), y así la presentamos al confesor, como ya dijimos.

La cólera santa de Nuestro Señor Jesucristo

“Entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo”


En nuestros tiempos el mal triunfa y el bien es pisoteado, por eso es oportuno insistir en que la ira también puede ser santa. Y de esto nos dio ejemplo Nuestro Señor Jesucristo, expulsando a los mercaderes del Templo de Jerusalén.

Los cuatro evangelistas narran el episodio (Mt. 21, 12-16; Mc. 11, 15-19; Lc. 19, 45-48; Jn. 2, 13-17). Tomemos la narración de San Mateo: “Entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas. Y les dijo: «Está escrito: Mi casa será casa de oración, pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos»”. San Juan proporciona detalles interesantes: “Haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo”. Añadiendo: “Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora»”.

Es decir, Jesucristo hizo todo esto de celo por la casa de Dios, ¡no dudando Él mismo en confeccionar un látigo de cuerdas para azotar a los mercaderes del Templo! En esta época de ecumenismo indiscriminado y de celo excesivo por los derechos humanos de los malhechores, Nuestro Señor nos muestra que los derechos de los buenos, y sobre todo los de Dios, pueden y deben ser reivindicados con el uso de la fuerza proporcionada, si fuera necesario.

Energías orientadas hacia el bien

Resumiendo, un autor espiritual comenta: “En su sentido filosófico, [las pasiones] son movimientos o energías que podemos emplear para el bien o para el mal. En sí, no son buenas o malas: todo depende de la orientación que se les dé (cf. Santo Tomás, Suma Teológica I-II, 24). Puestas al servicio del bien, pueden prestar servicios incalculables, al grado que se puede afirmar que es moralmente imposible que un alma llegue a las grandes alturas de la santidad sin poseer una gran riqueza pasional orientada hacia Dios; no obstante, puestas al servicio del mal, se convierten en fuerza destructora, de eficacia­ verdaderamente asombrosa”­ (Fray Antonio Royo Marín O.P., Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid, 1955, 2ª ed., p. 372).

De ahí la importancia de que dominemos nuestras pasiones, orientándolas siempre para nuestro progreso espiritual, y sobre todo para los supremos intereses de la Santa Iglesia y de la civilización cristiana, ad majorem Dei gloriam.

Que María Santísima, modelo de equilibrio pasional perfecto, incluso ante el holocausto inaudito de su Divino Hijo en la Cruz, nos alcance la gracia de imitarla en todos los momentos traumáticos producidos por la incidencia de las más inesperadas pasiones en nuestras vidas.      





  




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