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«Tesoros de la Fe» Nº 92 > Tema “Títulos con que Nuestra Señora es venerada en el resto del mundo”

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La Virgen de la Nieves

y la Basílica de Santa María la Mayor


«Asperges me, Domine, hyssopo et mundabor, lavabis me et super nivem dealbabor» — “Me rociarás, Señor, con el hisopo y seré purificado, me lavarás y quedaré más blanco que la nieve” (Sal. 50, 9).


Pablo Luis Fandiño


La nieve está estrechamente vinculada con la idea de inocencia y de pureza, y ambas lo están con la Virgen Santísima. ¡Quién no se ha maravillado al ver nevar por primera vez! En muchos lugares de Europa, es común que caiga nieve en invierno, pero que ello suceda en el auge del verano es algo totalmente insólito. Sin embargo, esto fue lo que sucedió en la Ciudad Eterna, la noche del 4 al 5 de agosto del año 358. Lo más sorprendente es que no nevó en toda la ciudad, sino apenas en un espacio perfectamente delimitado del Monte Esquilino, una de las siete colinas sobre las que se erguía la antigua Roma.


Aquella misma noche, la Madre de Dios reveló a un patricio romano llamado Juan y a su esposa de igual nobleza el motivo de tal prodigio. El piadoso matrimonio, a pesar de haber sido bendecido por el Señor con una fe vigorosa y abundantes bienes, no había tenido descendencia. Razón por la cual declararon a la Santísima Virgen su heredera, suplicándole a través de la oración que les comunicara el destino que debían dar a su fortuna. La respuesta llegó milagrosamente, indicándoles durante el sueño que debían mandar a construir en el lugar señalado por la nieve una iglesia dedicada a la bienaventurada Virgen María. Simultáneamente, la decisión celestial le fue comunicada —nada menos que— al Papa Liberio.

Así fue que al día siguiente, el Soberano Pontífice y el ilustre matrimonio, acudieron junto al clero y el pueblo en procesión hasta la colina nevada. Agradecieron a la Madre de Dios por atender sus súplicas y trazaron el perímetro de la iglesia sobre la nieve donde, a expensas de Juan y de su esposa, se levantó el primer templo. Inicialmente recibió el nombre de basílica liberiana en honor al Papa Liberio, luego de Santa María del Pesebre —a causa de las reliquias de la gruta de Belén que Santa Elena trajo a Roma y que actualmente se conservan en la cripta de la basílica—, pero por mucho tiempo se la llamó de Nuestra Señora de las Nieves.

El Papa Sixto III emprendió su restauración del año 432 al 440, después del Concilio de Éfeso, que proclamó a la Virgen María como Madre de Dios. “Pero, habiendo sido construidas en la ciudad numerosas iglesias bajo la invocación de la Santísima Virgen María, para que la basílica —que excedía en dignidad a las demás del mismo nombre, debido al brillo de su milagroso origen— fuese también honrada por la excelencia de su título, la designaran con el de Santa María la Mayor”. 1 Se trata, pues, de una de las cuatro basílicas mayores, junto con San Pedro del Vaticano, San Pablo de Extramuros y San Juan de Letrán, que se caracterizan —entre otras cosas— porque en su altar mayor sólo puede celebrar el Papa.

En su interior se venera a Nuestra Señora bajo la popular advocación de Salus Populi Romani, por haber librado a la ciudad de Roma en diversas circunstancias de terribles calamidades.

Su devoción se irradió por los «cuatro suyos»

A la Virgen de las Nieves se la venera desde antaño en los más diversos lugares del Perú. Es titular de la catedral de Ayacucho; patrona de la ciudad de Huancavelica, de la provincia de Siguas (Ancash) y de San Bartolomé de Tinta (Cusco); es festejada en Tinyahuarco (Pasco), en la Tinguiña (Ica) donde posee templo, y en Mallay (Oyón-Lima) con baile de negritos; etc.

En el acta de fundación de la Villa Rica de Oropesa consta que, en 1571, ya existía en el lugar una capilla dedicada a Nuestra Señora de las Nieves, en la que se celebraban los oficios divinos. Según refiere el cronista Fernando de Montesinos en sus Anales, la noche en que se definiría el patronazgo de la ciudad de Huancavelica, nevó tan abundantemente que toda la comarca, con excepción de la mencionada capilla, se cubrió de una espesa capa de nieve de una vara de altura, acordándose su elección por unanimidad.

Sin embargo en Ayacucho, la Mamacha de las Nieves es particularmente celebrada en Coracora, capital de la provincia de Parinacochas. Ahí se venera una imagen de bulto que data del siglo XVIII, traída de España y destinada inicialmente al Cusco; pero que una tormenta de nieve y la piedad de unos indios hizo permanecer en Coracora. A la solemne procesión, que sigue a la misa de fiesta y que es de rigor, nunca faltan los fuegos artificiales, las danzas tradicionales y las corridas de toros, con gran derroche.

A comienzos del siglo XX, hubo en Yurimaguas (Loreto), donde evangelizaron los padres jesuitas, una acalorada disputa entre los devotos de la Virgen del Carmen y la Virgen de las Nieves, para determinar quién era la patrona de la ciudad. El pleito llegó hasta Roma, donde el Papa Pío XI ratificó en 1927 el patronazgo de Nuestra Señora de las Nieves. Una de las campanas de la iglesia matriz que data de 1764, lleva grabada esta inscripción: Santa María la Mayor.

Fiesta de Nuestra Señora de las Nieves en Coracora, Ayacucho


La Virgen de las Nieves y el obispo Avendaño y Paz

Pero la réplica más antigua de Nuestra Señora de las Nieves que hay en esta parte del continente, aunque fue confeccionada en Lima, no se encuentra en el Perú. Se trata de una imagen del siglo XVI que se conserva en la iglesia de El Sagrario, en la actual ciudad de Concepción, en Chile. Fue llevada allá en 1568 por el franciscano Fray Antonio de San Miguel Avendaño y Paz, primer obispo de la diócesis de la Santísima Concepción. Muchos años después, al ser designado para ocupar la diócesis de Quito, el obispo pretendió llevarse consigo la imagen, pero tal era ya la devoción que se le profesaba a la Virgen que “el pueblo (…) juntó cabildo, y en él resolvieron de ir a postrarse a los pies de su pastor, a pedirle que no los dejase desconsolados, llevándoles aquella prenda (…) El señor obispo (…) les dijo, que aunque le pedían la joya de su mayor estima, y un pedazo de su corazón, no se atrevía a negárselos, porque aquella imagen entendía había de ser el amparo de todo el Reino”. 2

Una reflexión para nuestros días

Diecisiete siglos después del milagro de la nieve sobre el Monte Esquilino, aún su historia nos atrae y encanta. ¡Así son las obras de la Santísima Virgen! Pero también nos debe de llamar a reflexión la generosa actitud del patricio Juan y de su mujer. ¿Quién estará dispuesto hoy en día a legar su herencia a Nuestra Señora? ¿A quién se le ocurriría destinar, aunque sea una parte de su patrimonio, para erguir una iglesia en honra de María? ¿O lo que tanto hace falta, como ayudar a su restauración?

Cuántas veces nos causa asombro el accionar de las sectas anticatólicas, que se financian con abundantes recursos del exterior. Cuando nuestra pobre caridad se ciñe a dejar caer un par de monedas...

No creo que todo esté perdido; tengo una firme esperanza en el triunfo del Inmaculado Corazón de María prometido en Fátima. Pero vayamos al fondo. Si esta misma noche nevara en Lima, ¿habría alguien que siguiera hoy el ejemplo de desprendimiento del patricio Juan y de su esposa?     


Notas.-
1. P. Rubén Vargas Ugarte  S.J., Historia del Culto de María en Iberoamérica y de sus imágenes y santuarios más celebrados, Madrid, 1956.
2. Alonso de Ovalle, Histórica Relación del Reino de Chile y de las misiones y ministerios que ejercita en la Compañía de Jesús, 1646.





  




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