El Perú necesita de Fátima La verdadera penitencia que Nuestro Señor ahora quiere y exige, consiste, sobre todo, en el sacrificio que cada uno tiene que imponerse para cumplir con sus propios deberes.
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«Tesoros de la Fe» Nº 73 > Tema “Sacramentos”

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El sacramento del Bautismo


PREGUNTA


Quisiera que Ud. nos diera una explicación a respecto del bautismo católico y sobre el bautismo de los protestantes.


RESPUESTA


Tales preguntas son muy oportunas, pues ellas nos dan ocasión para tratar de un punto de la doctrina lamentablemente muy olvidado hoy en día: los sacramentos — esos preciosos medios de santificación y salvación que Dios, en su misericordia, colocó a nuestro alcance.

El bautismo es un sacramento. Entonces, es necesario primero saber qué es un sacramento.

Vamos a comenzar por la definición, y después pasaremos a la explicación.

Sacramentos son signos sensibles instituidos por Jesucristo, que simbolizan una gracia y confieren esa gracia que simbolizan.

Expliquemos los términos:

Signo es una cosa que indica otra: el humo es un signo de que existe fuego en algún lugar; el besar la mano del sacerdote o el anillo de los obispos es un signo del respeto que se tiene hacia ellos; y así en adelante.

“En verdad, en verdad te digo: que quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3, 5). Y mandó a los Apóstoles: “Id, pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 19). “El que creyere y se bautizare se salvará” (Mc. 16, 6).

El signo tiene que ser sensible, es decir, algo que pueda ser percibido por uno de los sentidos externos del hombre (visión, audición, olfato, paladar y tacto). Puede ser un objeto concreto (por ejemplo: el agua, el pan, el vino, el óleo); o, si no, palabras que son proferidas y gestos que son hechos (por ejemplo, la imposición de las manos sobre la cabeza).

Gracia es un don gratuito o auxilio sobrenatural (es decir, que está por encima de la naturaleza creada) que Dios nos concede, por los méritos de Jesucristo, para el bien de nuestras almas, como medio para conducirnos a la vida eterna.

Estos signos fueron instituidos por Jesucristo, pues sólo Dios puede dar a una cosa material la fuerza de producir efectos espirituales.

Alguien podrá preguntar: ¿entonces Dios necesita de signos sensibles para concedernos sus gracias?

Claro que no. El Creador no está en dependencia de las criaturas. Dios puede comunicar sus gracias por un medio que no sean los sacramentos, y lo hace abundantemente. Pero, una vez que los sacramentos existen, normalmente es por medio de ellos que alcanzamos las gracias de santificación y salvación.

Nuestro Señor Jesucristo instituyó los sacramentos no porque necesitase de ellos, sino porque nosotros los necesitamos. Fue en atención a nuestra naturaleza y a nuestra fragilidad. Al ser el hombre compuesto de cuerpo y alma, necesita de las cosas sensibles o materiales para llegar a las inmateriales o espirituales.

El verdadero ministro de los sacramentos es el propio Jesucristo, en cuyo lugar actúa aquel que los confiere. Él es quien bautiza, consagra y absuelve los pecados. El sacerdote es sólo un instrumento de Cristo, a quien, por así decir, presta los labios y las manos.

Por eso, el valor y la eficacia de los sacramentos no dependen de que el ministro sea santo o pecador, pues el valor del sacramento viene del propio Cristo.

Como nuestras necesidades espirituales son múltiples, múltiples son los sacramentos instituidos por Nuestro Señor, cada uno de los cuales confiere cierta gracia que le es propia (gracia sacramental); y todos confieren la gracia santificante (aumento de la vida de la gracia).

¿Cuáles son los sacramentos?

Los sacramentos son siete y éstos son sus efectos:

Bautismo: nos comunica la vida sobrenatural;

Confirmación: nos fortalece en la profesión de la fe;

Eucaristía: es el alimento para la vida sobrenatural;

Penitencia o Confesión: restituye la gracia a quien la perdió y la aumenta a quien la conserva;

Unción de los enfermos: confiere al enfermo fuerza y ánimo, alimenta la esperanza y perdona los pecados, cuando la confesión no es posible;

Orden: otorga al ministro sagrado el poder y la gracia para su ministerio;

Matrimonio: une al hombre y a la mujer en una alianza santa e indisoluble y les confiere las gracias para cumplir sus deberes de esposos y padres.

Pues bien, estimado lector, recordadas estas nociones, pasamos a responder a las oportunas cuestiones que nos presenta.

Aquí también, comenzamos por definir, para después explicar.

El bautismo es un sacramento instituido por Jesucristo que, por medio de la ablución externa del cuerpo y bajo la invocación expresa de las Personas de la Santísima Trinidad, nos regenera espiritualmente y nos hace cristianos, hijos de Dios y miembros de la Iglesia.

La palabra ablución significa el acto de lavar. Así, el bautismo, simbólicamente, lava a la persona, la limpia; al mismo tiempo le confiere la gracia que nos lava, nos purifica del pecado original, que heredamos de nuestros primeros padres, Adán y Eva, y también de los pecados actuales, cuando el bautizado es adulto.

Esta ablución puede ser hecha por infusión (derramar el agua sobre la persona), inmersión (colocar a la persona dentro del agua) o aspersión (asperger o rociar a la persona con agua). Actualmente, en Occidente, se usa apenas la infusión, que consiste en derramar agua tres veces sobre la cabeza de la persona que se bautiza, de modo que el agua escurra sobre ella, invocando al mismo tiempo, de modo expreso, a las Personas de la Santísima Trinidad: “Yo te bautizo en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Sin bautismo no hay salvación

En cuanto a la necesidad del bautismo para la salvación, ella fue afirmada por el propio Nuestro Señor. Así, a Nicodemo, que no comprendía cómo un hombre podía renacer, le dijo el Salvador: “En verdad, en verdad te digo: que quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3, 5). Y mandó a los Apóstoles: “Id, pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 19). “El que creyere y se bautizare se salvará” (Mc. 16, 16).

Queda, pues, claro que sin bautismo no es posible la salvación.

¿Entonces las personas que no conocen la Iglesia y no tienen posibilidad de pedir el bautismo, se pierden irremediablemente?

Evidentemente no. Dios sólo condena a alguien por sus propios pecados. Si la persona no tiene medios de conocer la Iglesia y pedir el bautismo, pero vive en el amor y en el temor de Dios, queriendo hacer su santa voluntad, y arrepentida de sus faltas, aunque no reciba el sacramento del bautismo, ella se limpia del pecado original y de sus otros pecados. Es el llamado bautismo de deseo.

Lo mismo ocurre cuando alguien que conoce la fe católica (por ejemplo, en un país de misión), no habiendo sido aún bautizado, sufre el martirio por amor a la fe o a la virtud, teniendo atrición sobrenatural por sus pecados. Se llama bautismo de sangre.

¿Es válido el bautismo de los protestantes?

Y ahora la última pregunta: ¿qué hacer en caso de haber sido bautizado en una iglesia protestante?

Siendo Cristo, como dijimos arriba, el verdadero ministro de los sacramentos, el bautismo aunque conferido por un hereje (alguien que, llamándose cristiano y perteneciendo a una iglesia dicha “cristiana”, como los protestantes o los cismáticos orientales, era católico y no profesa más la fe católica), e incluso por un pagano (alguien que no fue bautizado), puede ser válido, con tal que tenga la intención de bautizar según lo mandó Nuestro Señor, proceda a la ablución con agua natural en una de las tres formas ya indicadas (infusión, inmersión o aspersión) y emplee la fórmula adecuada (o sea, la expresa invocación de las tres Personas de la Santísima Trinidad).

Sin embargo, no todos los ministros o pastores protestantes bautizan válidamente.

Algunos no consideran al bautismo como un verdadero sacramento, sino apenas como una mera ceremonia externa. En este caso, falta la intención de hacer aquello que Nuestro Señor mandó, que es administrar un sacramento verdadero.

Otros emplean fórmulas insuficientes o erradas, como: “Yo te bautizo en nombre de Cristo”; o: “Yo te bautizo en nombre de la Trinidad”; o, aún: “Que Cristo te bautice”; “Que la comunidad te bautice”, etc.

Los obispos brasileños hicieron hace algunos años una cuidadosa averiguación y llegaron a la conclusión de que algunas iglesias cristianas no-católicas bautizan válidamente, mientras que otras lo hacen de modo no válido, por alguna de las razones antes señaladas, además de otras. Y existen aún aquellas sobre las cuales existen dudas, sea por falta de datos, sea porque no todos sus ministros proceden del mismo modo. Como la relación de unas y otras es demasiado extensa para ser reproducida aquí, lo más acertado, cuando el caso se presente, es recurrir al respectivo párroco, el cual dispondrá de medios para una correcta orientación.

Bautismo de niños

Nos parece conveniente resaltar aquí la posibilidad de que cualquier persona pueda bautizar a niños recién nacidos, o sin el uso de la razón, cuando éstos corren riesgo de vida. Una enfermera o un pariente, por ejemplo, bautizando a tales niños, les asegura el mayor don deseable por un hombre: la bienaventuranza, es decir, la felicidad eterna en el Cielo.* Lamentablemente, hoy en día poco se piensa en la honra insigne que es ser bautizado y en la gran responsabilidad que de ahí deviene. Si meditásemos con frecuencia en la felicidad de haber sido bautizados, haciéndonos hijos de Dios y miembros de la Iglesia Católica, nuestra vida sería mucho más seria, tendríamos mucho más empeño en evitar el pecado y servir al Creador.

Pidamos a la Medianera de todas las gracias, María Santísima, que nos obtenga la entera fidelidad a esta insigne gracia, para que vivamos siempre de acuerdo con los Mandamientos de la Ley de Dios y alcancemos la felicidad eterna.     



* Cf. Código de Derecho Canónico:
Can. 861 § 2º: .... en caso de necesidad, cualquier persona que tenga la debida intención (puede bautizar);
Can. 867 § 2º: Si el niño se encuentra en peligro de muerte, debe ser bautizado sin demora.
Can. 868 § 2º: El niño de padres católicos, e incluso de no católicos, en peligro de muerte, puede lícitamente ser bautizado, aun contra la voluntad de sus padres.



  




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