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«Tesoros de la Fe» Nº 67 > Tema “Objeciones más frecuentes”

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¿Las buenas obras deben ser vistas por los hombres?


PREGUNTA

En la Biblia, parece que hay numerosas contradicciones.

Por ejemplo, en el Evangelio de San Mateo (5, 16) se lee:

“Brille así vuestra luz ante los hombres, de manera que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Sin embargo, ya en el capítulo siguiente del mismo Evangelio de San Mateo (6, 1 y 3-4), se lee:

“Guardaos bien de hacer vuestras obras buenas en presencia de los hombres con el fin de que os vean; de otra manera no recibiréis su galardón junto de vuestro Padre que está en los cielos. [...] Mas tú cuando des limosna, haz que tu mano izquierda no perciba lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede oculta; y tu Padre, que ve lo oculto, te recompensará”.

¿Al final, nuestras buenas obras deben o no ser vistas por los hombres?


RESPUESTA

Buena pregunta, que está en la mente de mucha gente. Buena ocasión también para que comentemos cómo la insistencia protestante de poner la Biblia en las manos de todo el mundo, inclusive de personas sin mayor cultura exegética, y sin acceso a predicadores que esclarezcan sus dudas, sólo puede confundir aún más sus mentes. Por eso, la Santa Iglesia evita recomendar la lectura indiscriminada de la Biblia por cualquier fiel, sino solamente a aquellos que tienen instrucción suficiente para buscar en las notas explicativas, que nunca faltan en las buenas ediciones católicas de la Sagrada Escritura, los esclarecimientos necesarios para los pasajes difíciles y sólo aparentemente contradictorios. Además, es en la prédica viva, —por ejemplo, por ocasión de las homilías en las misas dominicales— que la Iglesia debe explicar a los fieles el sentido auténtico de la palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras.

La Tradición junto con las Escrituras y el Magisterio infalible de la Iglesia, forma el trípode que nos garantiza que la enseñanza que llegó hasta nosotros es verdadera

Es así que se debe propagar en la Iglesia la Buena Nueva que Nuestro Señor Jesucristo vino a anunciar a los hombres, en cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, confirmadas y completadas por los libros del Nuevo Testamento. En esa prédica ininterrumpida a lo largo de dos mil años, se transmite desde los apóstoles, de generación en generación, la enseñanza de Jesucristo, en una continuidad que debe ser vista sin ninguna deformación. Para esto la Iglesia goza de la asistencia continua del Divino Espíritu Santo, que le fue prometida por el mismo Jesucristo. Es lo que se llama la Tradición. Junto con el texto sagrado contenido en las Escrituras y el Magisterio infalible de la Iglesia, ella forma el trípode que nos garantiza que la enseñanza que llegó hasta nosotros es verdadera.

Pasemos, pues, a examinar cómo la Tradición de la Iglesia resuelve la aparente contradicción señalada por el consultante.

“Para que glorifiquen a vuestro Padre celestial”

La solución de la contradicción está en los mismos versículos citados por quien me escribe: si hago buenas obras delante de los hombres para ser glorificado por ellos, mi intención es mala, pues es pura vanidad; pero si las hago con la intención de que los otros se edifiquen con ellas y glorifiquen a Dios, mi intención es buena y fructuosa.

Como se ve, nada más simple de resolver.

Pero la enseñanza aquí contenida es profunda, y vale la pena explicarla más extensamente.

Una sociedad secularizada, vale decir, atea

No estamos viviendo en el mundo de la luna, sino en el año 2007, en una sociedad humana concreta, en determinada era histórica. Y las enseñanzas —divinas— de Nuestro Señor Jesucristo, hasta su segunda venida cuando tenga lugar el juicio final, son válidas para todos los tiempos y todos los lugares. El hecho concreto es que vivimos en un mundo secularizado —eufemismo para significar, en verdad, una sociedad atea que rechazó a Dios, si no teóricamente, por lo menos en la práctica. Y es frente a esa sociedad que debemos aplicar los principios recordados por nuestro consultante.

Ahora bien, en esa sociedad atea en que vivimos, es poco probable que las buenas obras que practiquemos nos acarreen alabanzas, si en ellas trasparece, por poco que sea, la intención religiosa de agradar a Dios y observar sus Mandamientos. Sobre todo si esas buenas obras consisten en la indispensable crítica y denuncia del mal como él existe hoy. Mucho más probable es que seamos ridiculizados, criticados o hasta perseguidos, por nuestra profesión católica ostensiva y por nuestra oposición a las costumbres depravadas de la época. Entonces, vivir conforme a los buenos principios frente a los hombres exigirá de nosotros muchas veces el acto de valentía de enfrentar la opinión pública mayoritariamente adversa. Pero si lo hacemos, algunos tímidos, alentados por nuestra católica altanería, se animarán, también ellos, a imitar nuestra actitud, y así glorificarán a Dios. De ese modo se aplicará, literalmente, la regla de conducta trazada por Nuestro Señor: “Brille así vuestra luz ante los hombres, de manera que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).

Los malos no tienen “respeto humano”

Hubo un tiempo en que practicar el mal abiertamente podía acarrear la censura de los buenos. Pero esa época pasó, o está pasando rápidamente. Nótese bien que no tenemos en vista aquí específicamente los escándalos e inmoralidades de la esfera pública-política, tales como “sueldazos”, coimas, propinas, comisiones fraudulentas, etc., tan comentadas en la prensa, y que ciertamente merecen nuestra censura cuando son debidamente comprobadas. Queremos referirnos más especialmente a la inobservancia de las leyes de la moral en la vida privada y pública, comenzando por la vida de familia, célula básica de la sociedad.

El otro día me enteré de una propaganda, divulgada en una radio, en que una madre jubilosa elogiaba las buenas notas de su hijo en el colegio. De tan contenta que estaba, le decía a su hijo que, como premio, podía traer a la enamorada para que duerma con él en casa... Cuando ese tipo de procedimiento inmoral y escandaloso sirve de tema para una propaganda de radio, es un claro síntoma de deterioración de la sociedad en general y de la vida familiar en particular. Dígase de paso, que la palabra “enamorada” prácticamente perdió su sentido antiguo de una persona que se prepara remotamente para el matrimonio, y adquirió uno nuevo, semejante al de concubina, amancebada, etc. ¡Es aberrante!

Representación muy viva de los “siete pecados capitales”. Casi tan viva como la presenta el noticiero diario...

No es necesario proseguir. Los hechos están ahí a la vista de todos. En tal ambiente, los pecadores públicos no sienten vergüenza alguna de practicar toda especie de violaciones de las leyes más elementales de la moralidad. Por el contrario, son los buenos quienes pueden ser tentados a tener respeto humano de mantenerse fieles a la moral evangélica predicada por la Santa Iglesia. Por lo tanto, ha llegado el momento de sustentar con absoluta firmeza los buenos principios, y de que no nos avergoncemos cobardemente de practicar nuestras buenas obras delante de todos, enfrentando con valentía y altanería al mundo que se apartó de Dios.

La persecución religiosa ya está desencadenada

Como no podía dejar de suceder, esa marcha hacia el precipicio tenía que acabar en una situación de persecución religiosa a los buenos. En un excelente y documentado artículo, publicado el mes de mayo en “Catolicismo”, bajo el título El Mensaje de Fátima y las persecuciones a la Iglesia, José Antonio Ureta describe las diversas etapas de esa persecución a lo largo de la Historia, que va alcanzando su clímax en nuestros días.

Por lo tanto, actualmente no se trata apenas de enfrentar el ridículo o la crítica del ambiente que nos rodea, sino muchas veces la propia persecución “legal” del poder público, que mandará a la cárcel (mientras no sea instituida la pena de muerte...) a quien permanezca fiel a los principios de la doctrina católica, como quedó demostrado en el artículo antes citado.

Debemos estar seguros de que Dios, que premia hasta el bien hecho en secreto (cf. Mt. 6, 4), con mucha mayor largueza nos recompensará en situaciones de persecución pública: “Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt. 5, 10).     





  




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