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«Tesoros de la Fe» Nº 67 > Tema “Las más célebres apariciones de la Madre de Dios”

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La devoción al Corazón de María salvará al mundo


Procesión del adiós en el atrio de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de Fátima



Con este último artículo concluye el análisis de los acontecimientos de Fátima, abordados en los dos números anteriores de «Tesoros de la Fe». Aquí, el inspirador de la campaña «El Perú necesita de Fátima», mostrará los medios que la Santísima Virgen pone maternalmente a nuestro alcance para obtener la conversión del mundo y la enmienda de nuestras vidas.


Plinio Corrêa de Oliveira


La Santísima Virgen describió la situación del mundo como gravísima, señaló como causa de esa situación la espantosa decadencia moral de la humanidad, nos amenazó con terribles puniciones terrenas —una nueva guerra, propagación mundial de los errores del comunismo, persecuciones a la Iglesia— y con una punición eterna mil veces peor, el infierno, si no nos enmendásemos; y, por fin, prescribió los medios necesarios para que lleguemos a la enmienda y evitemos tantos castigos.

A pesar de algunas personas frívolas que cierran los ojos a la realidad más evidente y se complacen en afirmar que este mundo en que vivimos —de duda, de naturalismo, de indisciplina moral y de adoración de la felicidad terrena— está en orden con Dios, es necesario creer lo contrario, pues eso es lo que Nuestra Señora nos dice.

Es verdad que algunos sociólogos evolucionistas —mucho más evolucionistas que sociólogos— se deleitan en decir que el día de hoy es mejor que el de ayer, y que el de mañana será necesariamente mejor que el de hoy; sin embargo, la Santísima Virgen afirma que la verdad es muy diversa: el día de mañana sólo será mejor que el de hoy si nos enmendamos y hacemos penitencia. De otro modo, por más que el progreso material, la medicina, las finanzas, las diversiones —el confort de la vida, en fin— se desarrollen, caminamos hacia un gran y universal colapso.

También no faltan, lamentablemente, teólogos optimistas, que crean en torno de sí una agradable atmósfera de simpatía afirmando que casi nadie se condena al infierno. Nuestra Señora no obstante enseña lo contrario, y no lo hace tan sólo por medio de palabras, sino con el argumento invencible del hecho concreto: abre el infierno a los ojos de los pastorcitos aterrorizados, para que cuenten al mundo entero lo que vieron. Y es que se debe creer en la Santísima Virgen, y no en cierta teología tibia de agua de azahar.

La vida sobrenatural es la verdadera solución

Ya hicimos notar de paso que Nuestra Señora señala como remedios fundamentales para el mundo contemporáneo la oración, la penitencia y la enmienda de vida. Es de estas tres posturas meramente espirituales que Ella hace depender la manutención de la paz, la preservación de Occidente contra la propaganda comunista y la supervivencia, por tanto, de la propia civilización.

Podrán chocarse con esto muchos católicos mal avisados, que colocan todas sus esperanzas en medios meramente humanos. Se figuran ellos que todo estaría a salvo el día en que la Iglesia estuviese fuertemente dotada de seminarios, universidades, periódicos, revistas, librerías, cinemas, teatros, obras de caridad y de asistencia social. En esta concepción, todo se reduce al ámbito meramente natural. La descristianización tiene como causa la insuficiencia de nuestros medios de propaganda y de acción. El día en que hubiésemos remediado esta insuficiencia, habremos vencido la descristianización. Mientras tanto, la Santísima Virgen se aparece en Fátima, y sobre todos estos medios de acción no dice una sola palabra. ¿Cómo explicar este misterio? ¿Dónde queda la palabra de los Papas, que no han cesado de recomendar todo aquello sobre lo que Nuestra Señora silenció? ¿Estarán los mensajes de Fátima en contradicción con las directrices pontificias?

Dom Chautard, autor de la admirable obra El alma de todo apostolado


Sería fácil responder a todas estas cuestiones, si los católicos se diesen el trabajo de leer seriamente y por entero los documentos pontificios, en lugar de contentarse con citaciones que encuentran esparcidas aquí y allá, en ciertos libros y periódicos empeñados, según parece, en hacer un verdadero filtro de todo cuanto en la palabra del Sumo Pontífice eventualmente choque con sus preconceptos.

Los Papas no se cansan de recomendar el uso de todos los medios naturales legítimos para promover el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Con todo, no se quedan apenas en eso. En documentos verdaderamente incontables, muestran que los medios naturales no serán de ninguna eficacia si no hubiera en los que luchan por la Iglesia una continua vida de piedad, de mortificación, de sacrificio; si los soldados de Cristo no tuviesen en vista constantemente que los medios de acción naturales deben ser canales de la gracia de Dios, y que el apóstol —clérigo o laico— precisa ser él mismo un reservorio de las gracias que deben vivificar sus obras. En una palabra, las tesis esenciales del incomparable libro de Don Chautard, “El alma de todo apostolado”, han sido inculcadas de todos los modos por los Papas. Y son esos mismos los principios que Nuestra Señora nos enseña en Fátima. La Virgen Santísima no dice que no nos dediquemos por completo a las obras de apostolado. Pero Ella repite la enseñanza de Nuestro Señor en Betania: es necesario vivir en íntima unión de alma con Dios, pues todo el resto de ahí dimana, y sin tal unión las obras más sabias, más útiles, más oportunas resultarán miserablemente estériles.

Devoción al ángel tutelar de la Patria

Notemos ahora muy rápidamente otros aspectos de los mensajes de Fátima. La aparición del Ángel de Portugal nos hace recordar la doctrina de la Iglesia, de que cada pueblo tiene su propio ángel de la guarda. Hubo un tiempo en que cada nación tenía una particular devoción a su ángel custodio, invocándolo en sus tribulaciones, y especialmente en la lucha por la manutención del pueblo en el gremio de la Iglesia. ¿Hemos pensado en esto? ¿Rendimos culto al ángel de la guarda de nuestra Nación?

El ángel reza en presencia de los pastorcitos, profundamente inclinado, con el rostro en tierra. Es un ejemplo que debemos imitar. En nuestras oraciones, es preciso tener confianza, que seamos íntimos, filiales. Pero es necesario no olvidar que la verdadera piedad filial no excluye, antes bien supone el más profundo respeto. Éste es un punto más en que las revelaciones de Fátima contienen preciosas enseñanzas para el hombre moderno. Pues, a fuerza de hablarnos de democracia en todo y para todo, acabamos no raras veces por deformar de tal manera nuestra mentalidad, que introducimos un tono igualitario ¡hasta en nuestras relaciones con Dios!

Devociones que el progresismo combate

Últimamente, el liturgicismo [progresismo aplicado a la liturgia] ha instilado en las filas católicas preconceptos tenaces contra ciertas devociones, entre ellas el culto al Santísimo Sacramento “extra Missam” y el Santo Rosario.

Pues bien, ambas devociones son fuertemente inculcadas en Fátima.

Si hubiese en el culto eucarístico “extra Missam” alguna cosa de intrínsecamente contrario a la verdadera manera de entender la Presencia Real, sería imposible que la Providencia determinase que la adoración eucarística del ángel y la primera comunión de los pastores se realizasen del modo en que efectivamente se realizaron.

Ceremonia litúrgica progresista en una iglesia católica en los Estados Unidos


En cuanto al Santo Rosario, sería difícil recomendarlo con insistencia mayor. “Yo soy la Señora del Rosario”, dijo de sí misma la Santísima Virgen en la última de las apariciones. Y en casi todas ellas inculcó explícitamente esta devoción a los pastorcitos. ¿Cómo pretender, pues, que el Rosario perdió algo de su actualidad?

Se pregona aún que la meditación del infierno es inadecuada para nuestros días, y apenas capaz de infundir un temor servil. Esta afirmación cae por tierra estrepitosamente, en vista de lo que ocurrió en Fátima, pues la visión del infierno con que los tres pastorcitos fueron favorecidos se destinaba evidentemente a acrisolar su amor y su sentido de apostolado.

La devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y María

En Fátima se inculca igualmente, con expresiva insistencia, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que también ha sido puesta en la penumbra por cierta tendencia de espiritualidad muy en boga en nuestros días. El culto al Sagrado Corazón de Jesús fue considerado por todos los teólogos como una de las más preciosas gracias con que la Santa Iglesia ha sido confortada en los últimos siglos. Estaba destinado a reanimar en los hombres el amor de Dios entorpecido por el naturalismo del Renacimiento, por los errores de los protestantes, jansenistas, deístas y racionalistas. En el siglo XIX, fue por medio de esta devoción que el Apostolado de la Oración produjo un admirable reflorecimiento de vida religiosa en todo el mundo. Y, como los males de que el Sagrado Corazón de Jesús nos debe preservar crecen día a día, es evidente que día a día se acentúa la actualidad de esta incomparable devoción.

No obstante, es necesario añadir que, con la agravación de los males contemporáneos, la Providencia como que quiso superarse a sí misma, señalando a los hombres como blanco de su piedad al Corazón de María, que de cierto modo perfecciona y lleva a su plenitud el culto al Sagrado Corazón de Jesús. Los estudios y la devoción cordimariana no son nuevos. Nos parece, sin embargo, que la simple lectura de los mensajes de Fátima demuestra con cuánta insistencia la Santísima Virgen los quiere para nuestros días. La misión que Ella confió a la hermana Lucía fue especialmente la de quedarse en la tierra para atraer a los hombres hacia el Corazón Inmaculado de María. Varias veces esta devoción es recompensada durante las visiones. Este Corazón Santísimo se presenta inclusive, en la segunda aparición, coronado de espinas por nuestros pecados, pidiendo la oración reparadora de los hombres. Nos parece que este punto como que compendia en sí todos los tesoros de los mensajes de Fátima.

*     *      *

En su conjunto, pues, las apariciones de Fátima de un lado nos instruyen sobre la terrible gravedad de la situación mundial y sobre las verdaderas causas de nuestros males. Y de otro lado nos enseñan los medios por medio de los cuales debemos obviar los castigos terrenos y eternos que nos amenazan. A los antiguos, mandó Dios profetas. En nuestros días, nos habló por medio de la propia Reina de los Profetas. Así estudiado cuanto Nuestra Señora quiso, ¿qué decir? Las únicas palabras adecuadas son las de Nuestro Señor en el Santo Evangelio: “Quien tiene oídos para oír, escuche... ” (Mc. 4, 9).     



* Catolicismo, nº 30, junio de 1953.




  




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