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«Tesoros de la Fe» Nº 64 > Tema “Cuaresma y Semana Santa”

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La tristeza santa del Divino Crucificado


Estando la liturgia católica próxima a conmemorar la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, publicamos en este número algunas fotografías de un magnífico crucifijo barroco, que se veneró por muchos años en la Sede del Consejo Nacional de la TFP, en São Paulo (Brasil), comentadas por su recordado presidente. Tales ilustraciones se prestan admirablemente para la piadosa meditación de los inenarrables sufrimientos de nuestro Redentor.


Plinio Corrêa de Oliveira


Lo que más impresiona en esta obra de arte es el dolor y la tristeza del divino Crucificado. Contribuyeron para causar ese dolor los malos tratos infligidos por los verdugos que, sin torpe ayuda de carácter preternatural, no habrían sido capaces de llevar la crueldad a tal punto.

El Hombre-Dios sufrió en su naturaleza humana. Cualquier ser humano, sin un auxilio especial del Padre celestial y de los ángeles, no sería capaz de soportar tal sufrimiento. Y conviene acentuar que la tristeza del Redentor se debe más a los pecados de la humanidad, redimidos por su Pasión y Muerte, que a los tormentos físicos soportados por Él.

En épocas anteriores, como también en nuestro días, impresiona sobre todo a las almas fieles considerar a Jesucristo padeciendo en la Cruz. A pesar de haber ocurrido muchos otros hechos venerables y conmovedores durante la Pasión —por ejemplo, la Flagelación y la Coronación de espinas— lo que atrae sobremanera la piedad de los auténticos católicos es considerar al divino Salvador en el auge de su sufrimiento, clavado en la Cruz.

Esta disposición de alma se opone diametralmente a la alegría mundana dominada en nuestros días, de modo especial, por la atmósfera creada por los medios de comunicación social y por el cine: alegría artificial, agitada, que llega hasta el desvarío, sedienta de pecado o ya encharcada en él.

Hay quien diga que el católico debe ostentar siempre una fisonomía jovial y desbordante de contentamiento, invocando para fundamentar tal posición el pensamiento de San Francisco de Sales: “Un santo triste es un triste santo”.

Con todo, es necesario saber discernir entre la tristeza saludable y la malsana. Aquel mismo santo lo deja claro en su obra Pensamientos consoladores, al invocar la enseñanza de Santo Tomás de Aquino: “La tristeza puede ser buena o mala, conforme los efectos que produce en nosotros”.

Así, lo propio del alma virtuosa puede consistir en experimentar la tristeza buena y hasta dejarla trasparecer en la fisonomía, pues ella edifica al próximo. Esta tristeza Nuestro Señor la experimentó y la manifestó en el Huerto de las Olivos, cuando dijo: “Triste está mi alma hasta la muerte” (Mt. 26, 38). Y también de lo alto de la Cruz, mientras exteriorizaba tristeza y angustia, el Dios humanado tocó y convirtió almas como las del buen ladrón y la de Longinos.

Igualmente la tristeza que personas virtuosas dejan trasparecer en el semblante puede atraer y edificar. Es a esta tristeza que alude el Espíritu Santo: “Con la tristeza del semblante, se corrige el corazón del pecador” (Ecl. 7, 4).

Así como se pueden distinguir dos tipos de tristeza, análogamente se puede hablar de una alegría santa, que edifica, y de una alegría mundana, que escandaliza. Es a esta última alegría que se refiere el Espíritu Santo, cuando dice: “Porque las risas del insensato son como el ruido de las espinas, cuando  arden debajo de la olla; y así también esto es vanidad” (Ecl. 7, 7)

Lamentablemente, en los días de insensatez y de locura en que vivimos, esta falsa alegría predomina en casi todos los espíritus y ambientes. Época sacudida por una inmensa crisis de carácter religioso y moral, que ha arrancado lágrimas a varias imágenes de la Santísima Virgen, en diversas regiones del mundo.

Se comprende, en vista de ello, que el verdadero católico, aunque pueda sentir y externar una alegría edificante, no dejará de experimentar especialmente en su alma un toque de tristeza digna, varonil, propia de quien acompaña la Pasión de Nuestro Señor hasta lo alto del Calvario. Y aún, más precisamente, adecuada a quien se asocia a la Sagrada Pasión en nuestros días, a la Pasión de la Iglesia — Cuerpo Místico de Cristo. ¡Y para todo católico que sufre debido al “misterioso proceso de autodemolición” de la Iglesia, los dolores estampados en el semblante tan expresivo de este Crucificado ganan profunda significación!

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1

Hay dos aspectos de la escultura en que el trabajo artístico, y notadamente la expresión fisonómica, revela su maestría. Primero, son los labios abiertos, entre los cuales se pueden entrever los dientes. El mentón, ligeramente caído, da la impresión de tal abandono de fuerzas, que éstas no son suficientes siquiera para mantener cerrados los labios. Después, los ojos que fijan con tristeza algo. Sin embargo, paradójicamente, ellos parecen no percibir. La mirada está distante, como que considerando otra cosa muy distinta, que le causa desolación.

Pero, a pesar de lo extremo de ese dolor —de carácter más aún moral que físico— se nota, en el semblante del Crucificado, una paz, una misericordia, una delicadeza de sentimiento, en que el furor no está presente. La tristeza, sí, está presente en todo. ¡Pero es tal la tristeza de este condenado a muerte, es tan sublime su actitud, que ella transciende, de lejos, la majestad de un rey!

El artista supo muy bien representar los cabellos de Nuestro Señor. No están peinados ordenadamente, porque tal no tendría propósito después de todo cuanto Él sufrió. Sin embargo, están desgreñados lindamente, de manera que forman rizos bellísimos. La barba es tan pequeña, que difícilmente podría estar revuelta. Ella cae de modo ordenado, enmarcando el rostro.

Completando el cuadro, sobre la divina cabeza un resplandor de plata, en el centro del cual cintila un topacio, con el lenguaje mudo de las piedras preciosas.

Sin el topacio, algo estaría faltando, que no se sabría enunciar explícitamente. El topacio, piedra dorada, tal vez afirme que, por detrás del dolor y más alto que él, algo brilla, a pesar de todo: ¡la gloria!

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2

La expresión es, tal vez, aún más impresionante que la de la foto anterior. Fue ella sacada de un ángulo en que se tiene casi la impresión que se entrará, de un momento u otro, en el campo de visión de esa mirada. La nota de tristeza es aún más tocante. La corona de espinas puede ser vista mejor. Grandes espinas traspasan la frente de Nuestro Señor. En la frente, arriba del ojo izquierdo, se nota una llaga pungente. Se tiene la impresión de que una espina perforó aquel lugar, dejando una herida profunda representada por un rubí. También la sangre, que corre con cierta delicadeza, desliza por el cuerpo divino de manera que forman largos hilillos, en las puntas de los cuales una gota es figurada por un rubí.

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3

Aunque en una descripción como ésta entre algo de subjetivo, me parece que la impresión de desolación y de desamparo es más acentuada aquí que en las fotos anteriores. Es un dolor que se presenta como irremediable, sin límites, debiendo inexorablemente acabar en la muerte. Ésta se anuncia, no con las consolaciones que prenuncian el Cielo, sino envuelta en una profunda desolación. Porque el Crucificado tiene en vista la maldad de los hombres que se están lanzando contra Él.

Hay, por cierto, una diferencia entre esta fisonomía y la del buen ladrón cuando oía del Salvador la frase reconfortante: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc. 23, 43). Nuestro Señor, ante todo, aseguraba que también estaría allá, y que el buen ladrón se encontraría con Él. San Dimas fue, por lo tanto, el primer canonizado de la historia. El buen ladrón pidió perdón, y el Redentor lo perdonó. En aquel momento, Nuestro Señor quiso darle esa satisfacción para que él transpusiese con ánimo los terribles umbrales de la muerte. Tal alegría, sin embargo, no se nota en este rostro. Y ello es comprensible, pues Nuestro Señor quiso beber el cáliz del sufrimiento hasta el fin. Cáliz de hiel, Él quiso sorberlo todo, y sufrir todo cuanto era posible sufrir. Pero, al compañero de tormentos, el divino Maestro le quiso conceder una consolación en la hora del paso final.

Poco después, Él mismo experimentó la sublime alegría cuando su alma sacrosanta, hipostáticamente unida a la Santísima Trinidad, se separó del cuerpo y se liberó de los sufrimientos corporales y espirituales. Consummatum est! — “Todo está consumado” (Jn. 19, 30). El holocausto, voluntariamente aceptado por nuestro amor y soportado íntegramente, había llegado a su fin.

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4

En esta foto de perfil, la desolación parece aún más profunda. Se diría que no tardará en sobrevenir la muerte. Y la desolación moral, causada por los pecados de toda la humanidad, parece especialmente estampada en esta fisonomía. Los sufrimientos físicos fueron ampliamente sobrepujados por tal desolación, y la expresión fisonómica, reflejando cierta perplejidad, comunica una como que muda lamentación: “¿A este auge llegó la impiedad de los hombres?”.     



Catolicismo, nº 423, marzo de 1986.



  




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