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«Tesoros de la Fe» Nº 58 > Tema “Iglesia Católica”

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La doctrina del Cuerpo Místico de Cristo según San Pablo


PREGUNTA


¿Podría Ud. hacer un comentario sobre Romanos 12, 1 al 21, y decir cómo San Pablo nos muestra a la Iglesia en su epístola?


RESPUESTA


Debido a los estrechos límites de esta columna, y siendo muy extenso el trecho indicado, nos limitamos a los versículos 3 al 8, en que San Pablo expone las bases de la doctrina de la Iglesia sobre el Cuerpo Místico de Cristo. Así, pensamos atender al interés específico destacado por el consultante en su pregunta, es decir, “cómo San Pablo nos muestra a la Iglesia”.

Comencemos por reproducir el texto en cuestión, traducido de la Vulgata:

Rom. 12: [3] “Por lo que os exhorto a todos vosotros, en virtud del ministerio que por gracia se me ha dado, a que en vuestro saber o pensar, no os levantéis más alto de lo que debéis, sino que os contengáis dentro de los límites de la moderación, según la medida de fe que Dios ha repartido a cada cual. [4] Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, mas no todos los miembros tienen un mismo oficio, [5] así nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros. [6] Tenemos por tanto dones diferentes, según la gracia que nos es conferida; por lo cual el que ha recibido el don de profecía, úselo siempre según la regla de la fe; [7] el que ha sido llamado al ministerio de la Iglesia, dedíquese a su ministerio; el que ha recibido el don de enseñar, aplíquese a enseñar; [8] el que ha recibido el don de exhortación, exhorte; el que reparte limosna, déla con sencillez; el que preside o gobierna, sea con vigilancia; el que hace obras de misericordia, hágalas con apacibilidad y alegría”.

Para dar más autoridad a su exhortación, San Pablo comienza por alegar su condición de Apóstol, recordando que lo hace “en virtud del misterio que por gracia se me ha dado”.

Por lo tanto, que nadie se presuma más alto de la “medida de fe que Dios ha repartido”. Sin embargo, la “medida de fe”, a la cual alude San Pablo, no es la fe en cuanto tal, es decir, el asentimiento a la verdad divina, sino los dones o carismas que Dios distribuye de modo variable a los fieles conjuntamente con la fe —o sea, en la medida de fe— teniendo en vista la función que cada uno debe desempeñar en la Iglesia (cf. v. 6 ss.).

Representación del Divino Espíritu Santo. San Pablo muestra la importancia de los dones y de los carismas en la vida de la Iglesia.

La doctrina del Cuerpo Místico de Cristo

Para explicitar su recomendación, San Pablo se vale de una imagen sumamente expresiva —el cuerpo humano—, que siendo uno solo, tiene una gran variedad de miembros, cada cual con su función, y todos al servicio unos de los otros: “así nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo”.

Se trata de una realidad profunda, que constituye la doctrina revelada del Cuerpo Místico de Cristo, a la cual San Pablo alude de modo explícito también en otras de sus epístolas (1 Cor. 10, 17; 12, 12-27; Ef. 1, 13; 2, 16; 3, 6; 4, 4 y 12-16; Col. 1, 18 y 24; 2, 19; 3, 15).

Según esta doctrina, la Iglesia no es un conglomerado amorfo de individuos, sino un cuerpo organizado, con diversos miembros y sus propias funciones, sobre los cuales Jesucristo ejerce una acción unitiva y vivificadora. Así, es perfectamente adecuada la expresión Cuerpo Místico de Cristo para designar a la Iglesia.

En los diversos textos mencionados, San Pablo resalta ya sea uno, ya sea otro aspecto de esta divina doctrina. Cuando quiere inculcar la necesidad de unión y colaboración entre los fieles, destaca que nuestra unión con Cristo es tal que forma con Él una unidad o cuerpo único. Empero, cuando necesita denunciar a los falsos predicadores que cuestionaban la posición única de Cristo, insiste sobre todo en que Él es la verdadera Cabeza —aunque invisible— de la comunidad cristiana, o sea, católica, apostólica y romana, punto de partida de todo el influjo vital en la Iglesia y su Jefe indiscutible.

Aquí cabe observar —no sin asombro— que concepciones erróneas acerca del Cuerpo Místico de Cristo recorren toda la historia dos veces milenaria de la Iglesia, a tal punto que el Papa Pío XII se sintió obligado a escribir una encíclica especial para refutar las falsas doctrinas en curso en los medios católicos de su tiempo, y que llegan hasta nuestros días. Se trata de la encíclica Mystici Corporis Christi, del 29 de junio de 1943, cuya lectura recomendamos a quien quisiera profundizar en el asunto.

Dones, un hecho normal en la vida de la Iglesia

Esos dones o carismas (carísmata, en griego), de que habla San Pablo, no parece que deban concebirse como algo extraordinario y pasajero, propio de los comienzos de la Iglesia, conforme generalmente se piensa, sino como algo estable que durará mientras dure la Iglesia, por lo tanto hasta el fin de los tiempos (excepto, claro está, algunos carismas muy especiales, como el don de milagros). Según la concepción de San Pablo, todos los cristianos formamos “en Cristo un solo cuerpo” (v. 5), y cada cual tiene una función que desempeñar ordenada a la vida de ese cuerpo; y puesto que, según el mismo Apóstol, la adaptación de cada miembro para el desempeño de su función es obra de los dones que recibió, se deduce que éstos deben ser un hecho normal en la vida de la Iglesia.

Lamentablemente, a propósito de esta riquísima y también revelada doctrina de los carismas pululan hoy en día interpretaciones y aplicaciones extravagantes y abusivas, tal como ocurrió también con la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, hace poco referida. Excedería, sin embargo, los límites de este artículo refutar tales prácticas. Contentémonos, por ahora, con esta simple advertencia.

Significado o contenido de los dones

Los exegetas observan que en ninguno de los lugares en que habla de los dones o carismas, San Pablo pretende dar una lista completa de ellos.

En lo que se refiere a los siete dones mencionados en el trecho en cuestión, según el Prof. Lorenzo Turrado, de la Universidad Pontificia de Salamanca (cf. Biblia comentada, B.A.C., 1965, vol. VI, p. 350), su significado o contenido más probable sería el siguiente:

1. Profecía — Don ordenado a la predicación del mensaje evangélico, descubriendo a veces secretos del corazón y prediciendo el futuro (cf. Hch. 13, 1; 1 Cor. 14, 24-25). Hablando de aquellos a quienes les fue concedido el don de profecía, explica el cardenal Charles Journet (1891-1975): “Ellos sabrán discernir, a la luz divina, los sentimientos profundos de su época; ellos sabrán diagnosticar los verdaderos males y prescribir los verdaderos remedios. Mientras  la masa parecerá alcanzada por la ceguera, mientras hasta los mejores titubearán o avanzarán a tientas, ellos, con un instinto sobrenatural e infalible, irán directo al blanco” (L’Église du Verbe Incarné, Desclée de Brouwer, París, 1962, 3ª ed., vol. I, pp. 173-175).

2. Ministerio — Don de significado difícil de precisar, pero que probablemente engloba las cinco funciones o servicios a continuación mencionados.

3.  Ministerio de la enseñanza — Don para instruir convenientemente en las verdades de la fe.

4. Ministerio de la exhortación — Don para llegar fácilmente al corazón de los demás con palabras apropiadas.

5. Ministerio de la limosna — Don que estimula a dar de los propios bienes y hacerlo con simplicidad, con vistas a ayudar al prójimo y no por motivos inconfesables.

6. Ministerio de gobierno — Don para los que están al frente de las diversas obras de la comunidad, para que lo hagan con celo y diligencia.

7. Ministerio de la práctica de la misericordia — Don para atender con suavidad y buenas maneras el cuidado de los enfermos, peregrinos, personas moralmente debilitadas, etc.

Para terminar, un comentario colateral: cuando Lutero preconizó colocar la Biblia en manos de todo el mundo, ¿imaginaría él que cada fiel estaba capacitado para llegar, por “inspiración” directa del Espíritu Santo, a todas las explicaciones y comentarios hechos más arriba? Si el sacerdote responsable por esta columna, después de todos los estudios hechos en el seminario, tuvo que consultar libros, a reputados autores y documentos pontificios para responder a este consultante, claramente se ve cuán falso e irreal es el principio del libre examen, sustentado por el desencadenador de la Pseudo-Reforma protestante, también por eso herética y sacrílega.     





  




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