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«Tesoros de la Fe» Nº 54 > Tema “Tradiciones Católicas”

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500 años de la Basílica de San Pedro

“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”



Luis Dufaur


La unicidad de la Iglesia Católica, la única verdadera, la única santa, la única sucesora de los Apóstoles, la única genuinamente católica —universal— es percibida al vivo en el excepcional complejo artístico de la Basílica de San Pedro y su plaza. Un ejemplo elocuente de ello se dio hace no mucho tiempo. Un pastor anglicano que había visitado la Basílica, estando aún en Roma, confesó a un amigo que la Iglesia verdadera sólo puede ser universal, y que la iglesia nacional —la anglicana— no tenía ningún valor. Poco después abandonó el anglicanismo, haciéndose católico juntamente con su parroquia, se hizo sacerdote y adoptó los ritos católicos tradicionales.

La grandeza y el esplendor del conjunto arquitectónico están intrínsecamente unidos a la glorificación de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles y cabeza de la larga serie de Papas que, como Vicarios de Nuestro Señor Jesucristo, han conducido y conducirán la Iglesia hasta el fin de los tiempos. La Basílica fue construida en función de la tumba de San Pedro. Y es un estupendo símbolo material de la promesa de Nuestro Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt. 16, 18). Pero, cuando San Pedro radicó su trono en Roma, en el año 42, las apariencias eran fundamentalmente otras.

Plantas superpuestas muestran la posición exacta del circo de Calígula y de la actual Basílica de San Pedro. Una flecha indica el lugar donde antes estaba el obelisco.

El lugar en la época de San Pedro

En el siglo I funcionaba en ese lugar el circo de Calígula, uno de los más depravados Césares paganos. Ese circo servía para carreras de cuadrigas y los más torpes espectáculos. ¡Cuántas veces San Pedro habría mirado con horror aquel lugar, que exaltaba lo opuesto de la cultura y de la civilización deseada por el Divino Maestro!

Su fe ardiente e inconmovible le hacía presagiar el día en que Roma, la capital del mundo, se prosternaría convertida a los pies del Redentor. Pero los hechos parecían contradecir esa certeza. San Pedro vio aquel circo ser restaurado, engrandecido y enriquecido por el criminal Emperador Nerón. El mismo San Pedro fue allí crucificado de cabeza en el año 67, después que Nerón desató el 64 la primera gran persecución contra los cristianos.

El cuerpo del Apóstol fue depositado en una escuálida tumba al lado del circo; y los fieles, en los intersticios de las persecuciones, allí lo iban a venerar. Podemos imaginarlos llenos de fe, eludiendo la vigilancia de la soldadesca y tal vez oyendo los bramidos de las multitudes en el circo, aproximándose cautelosamente para elevar una oración en aquella tumba sagrada y robustecer su certeza en el triunfo de la Iglesia.

Antigua Basílica de San Pedro, fresco del siglo XVI

Se levantan sucesivos templos

Se tiene noticia de un sencillo templo erguido sobre la tumba de San Pedro por los primeros cristianos. Nada restó de él, pues en el año 325, Constantino, a la cabeza de un Imperio cristianizado, mandó construir en su lugar una magnífica basílica en estilo romano, en honra del Príncipe de los Apóstoles. No se habían completado tres siglos del martirio del pescador, y él triunfaba en el ápice del mundo civilizado, como firmemente lo había creído.

A lo largo de los siglos esta basílica constantiniana sufrió sucesivas reformas y añadiduras, y también toda especie de calamidades. El 847, los sarracenos la saquearon. Para protegerla de los mahometanos, el Papa León IV la rodeó con un muro y torres fortificadas. El área así protegida fue llamada Ciudad Leonina, que fue el embrión de la moderna Ciudad del Vaticano. Alrededor de la basílica surgieron iglesias y monasterios. Los Papas construyeron uno de sus mejores palacios. En el interior, el venerable templo albergaba cuanto había de más precioso ofrecido por generaciones de peregrinos.

Cuando el Papa Martín V retornó a Roma, terminando con más de un siglo de cisma, la vieja basílica semi-abandonada amenazaba con derruirse. Nicolás V quiso edificar una nueva, pero falleció en 1455, habiendo concluido apenas algunos cimientos.

Famoso cuadro del Papa Julio II pintado por Rafael

Construcción de la actual Basílica

Era el tiempo del Renacimiento, de la embriaguez intemperante por el regreso a los estilos clásicos greco-romanos y por las realizaciones artísticas exuberantes. De ese punto de vista, se podrían hacer críticas fundadas al edificio. El Papa Julio II confió el plano de la Basílica y su ejecución al famoso arquitecto Bramante. Julio II en persona, en presencia de 35 cardenales, colocó la primera piedra hace 500 años, el 18 de abril de 1506.

La construcción de la Basílica duró más de un siglo, habiendo sido consagrada el 18 de noviembre de 1626 por Urbano VIII. Bramante fue sucedido por artistas como Rafael y Miguel Ángel —éste concibió la majestuosa cúpula, que se yergue a 136.50 metros; Maderna es el autor de la fachada; y Bernini, del famoso baldaquino sobre la tumba del Apóstol y de la conocida columnata que abraza la plaza.

Mientras Lutero y sus secuaces rugían de odio, el Papa Paulo V dispuso que la Basílica tuviese forma de cruz latina, para adecuarse mejor al espíritu de la Contra-Reforma.

Vistas de lo alto, la plaza y la Basílica forman el dibujo de una llave. Pues, efectivamente, el sucesor de Pedro ejerce el poder de las llaves: la llave de oro (el poder supremo en la esfera eclesiástica y en lo tocante a la fe y a las costumbres) y la llave de plata (el poder indirecto sobre la esfera temporal).

Peregrinando en su interior

Son tantas y tales las reliquias y tesoros que encierra la Basílica, que la simple descripción llenaría un libro. Peregrinemos, al menos espiritualmente, por ella. Besemos el pie de la multisecular estatua de bronce del apóstol San Pedro, gastada por incontables ósculos de los peregrinos; arrodillémonos piadosamente ante el Altar de la Confesión, sobre la tumba del pescador; veneremos la cátedra de Pedro en el Altar del Trono; recemos a Nuestra Señora ante la famosa Pietá de Miguel Ángel; veneremos las tumbas de los apóstoles San Simón y San Judas Tadeo; admiremos agradecidos la piedra sobre la cual León III coronó a Carlomagno, lanzando los fundamentos del Sacro Imperio; consideremos la maternalidad de la Iglesia dando sepultura, en la Basílica, a los remanentes de la casa real de la Escocia; a la reina Cristina de la Suecia, convertida a la fe católica; a la condesa Matilde de Canossa, gran apoyo de San Gregorio VII en la querella de las investiduras contra el Emperador Enrique IV; y a Pierluigi de Palestrina, que ornó a la Iglesia con sus composiciones de música sacra polifónica; recorramos en espíritu de oración las tumbas de Papas que tanto se distinguieron por su celo apostólico —como San Pío X y el bienaventurado Inocencio XI; de un obispo como San Josafat, que recondujo a los ucranianos de regreso a la Iglesia; contemplemos la sagrada imponencia de la construcción; reconstituyamos en mente la solemnidad de innumerables canonizaciones allí pronunciadas y de dogmas proclamados, como el de la infalibilidad pontificia y el de la Inmaculada Concepción. Habremos llenado una jornada densa e inolvidable, reverenciando apenas una parte de los tesoros espirituales sin fin de la Basílica.

Tumba de San Pedro en la cripta de la Basílica

Los pies de la estatua de San Pedro están gastados, debido a la veneración de los fieles

Amenazas y triunfal victoria

Hoy, tal vez más que otrora, la Basílica no es inmune a las amenazas e insidias. De un lado, se habla que el terrorismo islámico planea alcanzarla con un atentado. También hace décadas el progresismo católico, ostentando un falso celo por los desfavorecidos, viene difundiendo la idea insidiosa de que el Templo —con todos los tesoros artísticos del Vaticano— debería ser vendido en beneficio de los “pobres”.

La tumba de Pedro venció tormentas y amenazas que, en sus diversas épocas, pueden haber parecido invencibles. De todas ellas la divinidad de la Iglesia y la incolumidad del Trono de Pedro salieron más rutilantes en gracia y esplendor.

Símbolo eminente de ello es el multimilenario obelisco de 360 toneladas, que se yergue en el centro de la plaza. Fue él arrancado por las legiones romanas del Templo del Sol en Heliópolis, capital del antiguo Egipto. Este obelisco fue colocado en el punto central del circo de Calígula y Nerón, como señal de que Roma dominaba el mundo. El Papa Sixto V lo transfirió para la plaza, coronándolo con una cruz de bronce que lleva engastada una reliquia de la Santa Cruz, signo triunfal de la magnífica victoria de Nuestro Señor Jesucristo sobre todo el orbe.

Esta señal evoca el lema de los cartujos: “Stat Crux dum volvitur orbis” (la Cruz permanece de pie mientras el orbe gira). Otro tanto se podría decir de la Iglesia y de la gran Basílica de San Pedro en Roma.     





  




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