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«Tesoros de la Fe» Nº 7 > Tema “Santos de América”

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San Francisco Solano

Música y penitencia
al servicio de la catequesis


San Francisco Solano, cuya fiesta conmemoramos el día 14 de julio —santo genuinamente franciscano a quien las fieras, las aves y los indios más feroces obedecían— tenía alma de poeta en cuerpo de asceta, animado por una ardiente devoción mariana y celo apostólico

Alfonso de Souza


Fue en el pequeño poblado de Montilla, cerca de Córdoba, en España, donde nació Francisco Solano, hijo de padres católicos ejemplares.

De temperamento pacífico y bondadoso, atraía a todos por su modestia y suavidad. Pero estaba dotado de una voluntad de hierro y de gran determinación. Sabiendo que la virtud no se adquiere sino con mucho esfuerzo, frecuentaba asiduamente los sacramentos, principalmente los de la confesión y comunión, y procuraba domar los malos impulsos de la carne por medio de la oración y rigurosa penitencia.

Pero eso no impedía que fuese un muchacho alegre y servicial. Estudiante en el colegio de los jesuitas, en las horas libres cultivaba el jardín de su padre, cantando mientras trabajaba.

A los 20 años entró al noviciado de los franciscanos de su ciudad, donde aumentó sus penitencias. Como dice un biógrafo suyo, “quiso realizar el tipo perfecto del franciscano, aunando la dulzura de San Francisco con la austeridad de San Pedro de Alcántara” (cf. Fray Justo Pérez de Urbel O.S.B., Ediciones Fax, Madrid, 1945, t. III, p. 184). Dormía sobre sarmientos, usando como almohada un tronco de madera. Durante el Adviento y la Cuaresma casi no comía, y tomaba disciplinas (se flagelaba) hasta sangrar.

Hecha su profesión religiosa, cursó filosofía y teología y recibió las sagradas órdenes, dedicándose al apostolado de la palabra.

En poco tiempo fue nombrado maestro de novicios de un convento, y después superior de otro, pero pedía dispensa de cualquier cargo para poder dedicarse enteramente a la predicación. Su palabra era persuasiva y penetraba profundamente los corazones. En breve tiempo pasó a ser conocido como el fraile santo.

Quiso huir de esa popularidad y, por humildad, ir a predicar a tierra de infieles, en busca del martirio. No obtuvo permiso para ir al África, sino para evangelizar el Nuevo Mundo. Así partió hacia Sudamérica en 1589.

En las costas del Perú, el navío encalló en un banco de arena durante una tormenta y amenazaba con partirse. Gran parte de la tripulación se salvó en los botes; pero no había lugar para todos. Fray Francisco escogió quedarse con los remanentes, para prepararlos para una posible muerte. Animó a los pobres colonos españoles a bordo y les habló de la vida eterna. Enseñó a los esclavos que iban a bordo los rudimentos de la Religión, y los bautizó.

El navío no soportó el embate de las olas, y al segundo día se partió en dos, llevando hacia el fondo del mar a gran parte de los esclavos. Los que tuvieron la dicha de permanecer en la parte del navío presa a la arena se reunieron en torno del misionero, aguardando su futura suerte. Él los animó y les predijo que una chalana volvería a recogerlos. Y así sucedió al tercer día después del naufragio.

Apaciguador, armonizó a colonizadores e indios

El grupo de franciscanos del cual hacía parte Francisco Solano llegó a Santiago del Estero (Argentina) en noviembre de 1590. Durante diez años debían recorrer aquella región levantando iglesias, formando villas, catequizando, bautizando, civilizando. Catequizó el Perú, gran parte de Argentina, de Bolivia y del Paraguay. Realizó todo eso andando a pie y descalzo a través de los bosques, desiertos, ríos, pantanos, selvas llenas de insectos malignos y enervantes. Además de eso, el más arduo trabajo de Francisco era hacer convivir a españoles e indios como buenos cristianos. Dificultaban esta relación la esclavitud, que estaba en los hábitos de la época, y las costumbres bárbaras de los indígenas, así como la codicia del oro, que a veces se sobreponía a los sentimientos cristianos.

Algo singular en este santo jovial es el papel desempeñado por la música en su apostolado. Con el violín (algunos autores hablan de arpa o de una especie de viola), que él tocaba con mucha elevación y sentimiento, apaciguaba los espíritus, incluso los instintos salvajes de los aborígenes. Con él también cantaba alabanzas a la Virgen o al Santísimo Sacramento.

Cierta vez en que acompañaba al Santísimo en una procesión, su espíritu se elevó, en un entusiasmo tan ardiente por Dios ahí presente en la Hostia, que comenzó a tocar y a bailar. Lo cual hacía también frecuentemente delante de imágenes de Nuestra Señora.

Don de lenguas y de milagros

Aprendió milagrosamente en 15 días el dialecto de una tribu indígena. Adquirió también el don de lenguas, hablando en español a indios de tribus diferentes, siendo entendido como si estuviese expresándose en el dialecto de cada una.

Desde este púlpito, que se conserva en la iglesia de San Franciso en Trujillo, nuestro santo predijo el sismo que asolaría esa ciudad quince años después de su muerte

Una vez, por ejemplo, estando en San Miguel del Estero durante las ceremonias del Jueves Santo, vino una terrible noticia: miles de indios de diversas tribus, armados para la guerra, avanzaban para atacar la ciudad. El griterío fue general. Sólo, Fray Francisco, calmo, salió al encuentro de los salvajes. Éstos, que lo respetaban, pararon para oírlo. Y cada uno lo entendió en su propia lengua. Quedaron tan emocionados, que un enorme número de ellos pidió el bautismo. Al día siguiente, se observó este portento: al lado de los españoles, estos indios ya convertidos participaban en la procesión de Viernes Santo, flagelándose por causa de sus pecados.

En otra ocasión, supo que los indios querían mudarse del lugar, por falta de agua en la región. Eso pondría fin al apostolado que el santo estaba haciendo con ellos, pues se dispersarían. Francisco los llamó y les dijo que no había motivo para mudarse, porque allí cerca había una fuente. Fue con los indios incrédulos hasta una área árida, y designando un lugar con su bastón, mandó que cavasen. Brotó una fuente tan abundante, que con el tiempo fue posible, con su agua, mover simultáneamente dos molinos.

En 1559, Francisco Solano fue nombrado custodio de toda la región de Tucumán (Argentina). Eso lo obligaba a viajar casi sin parar, lo que significaba también predicar casi incesantemente.

Cierto día, estando el santo en una aldea, surgió un toro furioso. Cada uno huyó por su lado; sólo Francisco permaneció calmo a la espera del animal. Cuando éste iba a agredirlo, le habló con voz suave pero firme, reprendiéndolo por su maldad. El toro bajó la cabeza y lamió los pies descalzos del franciscano. Debido a este hecho, San Francisco Solano fue declarado patrono de los toreros.

En la “Lima de los Santos”

San Francisco fue nombrado superior del Convento de Lima. En esta ciudad se dio el hecho sorprendente y sin precedentes, de presenciar la muerte de cinco santos en un espacio de 39 años: Santo Toribio de Mogrovejo (1606), San Francisco Solano (1610), Santa Rosa de Lima (1617), San Martín de Porres (1639) y San Juan Masías (1645). Por eso, la capital peruana también fue llamada la Lima de los Santos.

Cuando predicaba en la ciudad de Trujillo, de repente prorrumpió en amargos sollozos. Acababa de prever el terremoto que la destruiría algunos años más tarde.

Otra vez, en Lima, predicaba la reforma de vida, amenazando a la ciudad con los castigos y venganzas celestiales, a causa de los vicios de sus habitantes. Y lo hizo con tanta fuerza, que provocó una corrida a los confesionarios y a las iglesias, conmoviendo a toda la ciudad. Algunos lo denunciaron al Virrey y al Arzobispo por provocar aquel alboroto. Pero el Virrey conocía muy bien sus arrebatos y su lenguaje, y el Arzobispo era un santo que comprendía muy bien a otro santo.

Su lenguaje se hacía severo cuando era necesario, pues el santo vivía arrebatado con las bellezas de Dios. Una flor, un bello paisaje, una palabra, lo que fuese, a veces eran capaces de llevarlo al éxtasis. Frecuentemente, durante sus sermones, de repente permanecía inmóvil y como que arrebatado de Dios.

Cierto día preguntó a un enfermo cómo se sentía. A la simple respuesta, —“Ya estoy bien, gracias a Dios”— entró en tal alegría, que tomó dos bastones que había cerca y comenzó a danzar, con una felicidad celestial.

Pasaba horas de horas por las noches delante del altar, rezando, cantando y tocando. Él comprendía bien el dicho popular de que “cantar es rezar dos veces”. Conocía una gran serie de himnos litúrgicos y populares, y los cantaba, frecuentemente acompañado de su violín.

Su candor y su bondad atraían a los hombres y hasta a los animales. Los pájaros se posaban familiarmente en sus hombros o en la cabeza. Para los indios, era casi un dios, a quien obedecían los elementos de la naturaleza. Los españoles lo veneraban como a un santo.

Alameda de los Descalzos. Al fondo, la Recoleta de Nuestra Señora de los Ángeles fundada por San Francisco Solano, en 1592.

Santa muerte y glorificación póstuma

Su última enfermedad duró dos meses, durante los cuales mantuvo emocionantes coloquios con el Crucificado, con María Santísima y con los Santos. Su habitual dulzura no lo abandonaba un solo momento. Aceptaba todas las incomodidades de la fiebre en lugar de la disciplina, que no podía usar. Quien pasase por la enfermería lo oiría exclamar jubiloso piadosas jaculatorias.

En el momento de su última agonía, los frailes cantaban el Credo. A las palabras “Nació de Santa María Virgen”, y mientras la campana tocaba indicando el momento de la Elevación, durante la Misa conventual, rindió su alma a Dios.

Su muerte, acaecida el 14 de julio de 1610 —fiesta de San Buenaventura, a quien le tenía mucha devoción— fue un acontecimiento público. Multitudes hacían cola para poder pasar delante de su cajón. Los indios acudieron para ver una vez más al padre bienamado. Todos querían una reliquia suya, y fue necesario cortar en pedacitos varios hábitos en él tocados para atender los pedidos. Una mujer no se contentó con tener una reliquia indirecta, y, en un exceso, arrancó con los dientes uno de los dedos del santo.

El cajón del humilde fraile fue llevado, durante el cortejo fúnebre, por el Arzobispo de la ciudad, sucesor de Santo Toribio, y por el Virrey.

Los milagros se sucedieron en su tumba o por su intercesión. Sólo para el proceso de beatificación fueron presentados más de 100. Y para el de canonización, que tuvo lugar en 1726, otros 30.     


Obras consultadas.-

  • Les Petits Bollandistes, Bloud et Barral, París, 1882, t. IX, pp. 8 y ss.
  • Enriqueta Vila, Santos de América, colección Panoramas de la Historia Universal, Ediciones Moreton, Bilbao, 1968, pp. 93 y ss.




  




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