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«Tesoros de la Fe» Nº 48 > Tema “De las páginas de la prensa para las de la Historia”

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Obedecer para ser libre

Plinio Corrêa de Oliveira


No, querido ateo. Dando un lejano eco a las palabras del obispo San Remigio al bautizar a Clodoveo, primer rey cristiano de los francos, te digo: “Quema lo que adoraste y adora lo que quemaste”. Sí, quema el egoísmo, la duda, la modorra, y, movido por el amor de Dios, ama y sirve y lucha por la Fe, por la Iglesia y por la civilización cristiana. Sacrifícate. Abniégate.

¿Cómo? –Como lo hicieron, en todos los siglos, los que combatieron por Jesucristo el “buen combate” (2 Tim. 4, 7).

Y muy manifiestamente lo harás si sigues el método definido y justificado por San Luis María Grignion de Montfort. Se trata de la “esclavitud de amor” a la Santísima Virgen.

“Esclavitud”... Ruda y extraña palabra, sobre todo para los oídos modernos, habituados a oír hablar, a todo momento, de desalienación, de liberación, y cada vez más propensos a la gran anarquía, la cual, como una calavera con una hoz en la mano, parece reír siniestramente a los hombres, desde el umbral de la puerta de salida del siglo XX donde los aguarda.

Ahora bien, hay una esclavitud que libera, y hay una libertad que esclaviza.

Del hombre cumplidor de sus obligaciones se decía otrora que era “esclavo del deber”. De hecho, era un hombre situado en el ápice de su libertad, que intelegía por un acto plenamente personal las vías que le tocaba surcar, deliberaba con varonil vigor surcarlas, y vencía el asalto de las pasiones deshonestas que intentaban cegarlo, doblegarle la voluntad y vedarle así el camino libremente escogido. El hombre que, alcanzada esta suprema victoria, proseguía con paso firme para el rumbo debido, era libre.

“Esclavo” era, por el contrario, aquel que se dejaba arrastrar por las pasiones desarregladas, hacia un rumbo que su razón no aprobaba, ni la voluntad prefería. A estos genuinos vencidos se les llamaba “esclavos del vicio”. Por esclavitudal vicio, se habían “liberado” del saludable imperio de la razón.

En 1973, Plinio Corrêa de Oliveira recibió en São Paulo a la Imagen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima, la misma que el año anterior había vertido lágrimas milagrosamente en Nueva Orleans, Estados Unidos. En esa oportunidad, el día 13 de mayo, fue suscrito a los pies de la imagen un mensaje a la Hermana Lucía pidiéndole que revele la tercera parte del secreto de Fátima. En la foto, el autor de este artículo junto a
la imagen, en el automóvil que los condujo al aeropuerto.

Estos conceptos de libertad y servidumbre, León XIII los expuso, con la brillante maestría que lo caracterizaba, en la encíclica Libertas.

Hoy todo se invirtió. Como tipo de hombre “libre” se tiene al hippy de flor en puño, deambulando sin ton ni son , o al hippy que, de bomba en mano, esparce el terror a su antojo. Por el contrario, por atado, por hombre no-libre es tenido quien vive en la obediencia de las leyes de Dios y de los hombres.

En la perspectiva actual, es “libre” el hombre a quien la ley faculta comprar las drogas que quiera, usarlas como entienda, y por fin... esclavizarse a ellas. Y es tiránica, esclavizante, la ley que veda al hombre esclavizarse a la droga.

Siempre en esta perspectiva estrábica hecha de inversión de valores, es esclavizante el voto religioso mediante el cual, en plena conciencia y libertad, el fraile se entrega, con renuncia a cualquier retroceso, al servicio abnegado de los más altos ideales cristianos. Para proteger contra la tiranía de su propia debilidad esa libre deliberación, el fraile se sujeta, en ese acto, a la autoridad de superiores vigilantes. Quien así se vincula para conservarse libre de sus malas pasiones está sujeto hoy a ser calificado de vil esclavo. Como si el superior le impusiese un yugo que cercenase su voluntad... cuando, por el contrario, el superior sirve de pasamanos para las almas elevadas que aspiran, libre e intrépidamente –sin ceder al peligroso vértigo de las alturas– a trepar hasta el ápice las escalinatas de los supremos ideales.

En suma, para unos es libre quien, con la razón obnubilada y la voluntad quebrada, impelido por la locura de los sentidos, tiene la facultad de deslizar voluptuosamente en el tobogán de las malas costumbres. Y es “esclavo” aquel que sirve a la propia razón, vence con fuerza de voluntad las propias pasiones, obedece a las leyes divinas y humanas, y pone en práctica el orden.

Sobre todo es “esclavo”, en esa perspectiva, aquel que para garantizar por completo su libertad opta libremente por someterse a autoridades que lo guíen hacia donde él quiere llegar. ¡Hasta allá nos lleva la atmósfera actual, impregnada de freudismo!

Fue en otra perspectiva que San Luis Grignion de Montfort, ideó la “esclavitud de amor” a la Santísima Virgen, propia a todas las edades y a todos los estados de vida: seglares, sacerdotes, religiosos, etc.

¿Qué hace la palabra “amor”, conjugada de modo sorprendente con la palabra “esclavitud”, ya que esta última es el señorío brutalmente impuesto por el fuerte sobre el débil, por el egoísta sobre el infeliz a quien explota? “Amor”, en sana filosofía, es el acto por el cual la voluntad quiere libremente algo. Así, también en el lenguaje corriente, “querer” y “amar” son palabras utilizables en el mismo sentido. “Esclavitud de amor” es el noble auge del acto por el cual alguien se entrega libremente a un ideal, a una causa. O, a veces, se vincula a otro.

El afecto sagrado y los deberes del matrimonio tienen algo que vincula, que liga, que ennoblece. Hay grilletes a los que se les llama “esposas”. La metáfora nos hace sonreír. Y a los divorcistas les puede causar escalofríos. Pues alude a la indisolubilidad. Hablamos también de los “vínculos” del matrimonio.

Más vinculante que el estado de casado es el del sacerdote. Y, en cierto sentido, aún más lo es el del religioso. Cuanto más alto es el estado libremente escogido, tanto más fuerte el vínculo, y tanto más auténtica la libertad.

Así, San Luis Grignion propone que el fiel se consagre libremente como “esclavo de amor” a la Santísima Virgen, dándole su cuerpo y su alma, sus bienes interiores y exteriores, y hasta incluso el valor de sus buenas obras pasadas, presentes y futuras, para que Nuestra Señora disponga de ellas, para mayor gloria de Dios, en el tiempo y en la eternidad (cf. “Consagración de sí mismo a Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, por las manos de María”). La Santísima Virgen, como Madre excelsa, obtiene a cambio, para sus “esclavos de amor”, las gracias de Dios que eleven sus inteligencias hasta la comprensión lucidísima de los más altos temas de la Fe, que den a sus voluntades una fuerza angélica para subir libremente hasta esos ideales, y para vencer todos los obstáculos interiores y exteriores que a ellos indebidamente se opongan.

Pero –alguien preguntará– ¿cómo podrá ponerse a practicar esta diáfana y angélica libertad un fraile, ya sujeto por voto a la autoridad de un superior?

Nada más fácil. Se es fraile por un llamado (“vocación”) de Dios. Es, pues, por voluntad de Dios que el religioso obedece a sus superiores. La voluntad de Dios es la de Nuestra Señora. Y así, siempre que el religioso se haya consagrado como “esclavo de amor” a la Santísima Virgen, es en cuanto esclavo suyo que obedece a su propio superior. La voz de éste es para él, en la Tierra, como que la propia voz de Nuestra Señora.

Bella estampa de la Virgen Peregrina de Fátima ampliamente difundida en todo el Perú

Llamando a todos los hombres a las cumbres de libertad de la “esclavitud de amor”, San Luis Grignion lo hace en términos tan prudentes, que dejan libre campo para importantes matizaciones. Su “esclavitud de amor”, tan llena de significado especial para las personas atadas por un voto al estado religioso, puede igualmente ser practicada por sacerdotes seculares y por seglares. Pues, al contrario de los votos religiosos, que obligan por cierto tiempo o de por vida, el “esclavo de amor” puede dejar en cualquier momento esa elevadísima condición, sin ipso facto cometer pecado. Y mientras el religioso que desobedece su regla incurre en pecado, el seglar “esclavo de amor” no comete pecado alguno por el simple hecho de contradecir en algo la generosidad total del don que hizo.

Dicho esto, el seglar se mantiene en esta condición de esclavo por un acto libre, implícita o explícitamente repetido cada día. O mejor, a cada instante.

Para todos los fieles, la “esclavitud de amor”, es, pues, esa angélica y suma libertad con que la Santísima Virgen los espera en el umbral del siglo XXI: sonriente, atrayente, invitándolos a su Reino, según la promesa de Fátima: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

Bien, querido ateo, conviértete y camina conmigo, con todos los “esclavos de amor” de María, rumbo a ese Reino de libertad supremamente ordenada, y de orden supremamente libre, a que te invita la Esclava del Señor, la Reina del Cielo.

Y desvíate del umbral en que está el demonio, como calavera que ríe macabramente, llevando en la mano la hoz de la libertad supremamente esclavizante, y de la esclavización supremamente libertaria. O sea, de la anarquía.     



“Folha de S. Paulo”, 20 de setiembre de 1980



  




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