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«Tesoros de la Fe» Nº 5 > Tema “Santos de América”

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Santa Mariana de Jesús

La “Azucena de Quito”


Prodigio de penitencia y mortificación. Falleció a los veintiséis años, como víctima expiatoria, al ofrecer la vida para que Dios librase a su ciudad natal de la peste y los terremotos que la conmovían


Plinio María Solimeo


Fue en la ilustre Quito, entonces perteneciente al Virreinato del Perú, donde nació Marianita el 31 de octubre de 1618. Octava hija del Capitán Don Jerónimo de Paredes y Flores, originario de Toledo, y Doña Mariana de Granobles de Xamarillo, descendiente de los primeros conquistadores del país, que aliaban la nobleza de sangre a la de las virtudes.

El modo excelente por el cual practicó las virtudes durante su vida debe ser altamente admirado, aunque no sea paradigma a ser imitado por el común de los fieles.

A los cuatro años perdió a su padre. La madre, apesadumbrada de dolor, resolvió pasar algún tiempo en una casa de campo. Montada en una mula, llevaba a su hijita en brazos.

Cuando fueron a transponer apresuradamente un riachuelo, la mula tropezó y la criatura cayó. Pero su ángel de la guarda la amparó en el aire hasta que fue recogida por la afligida madre.

Poco tiempo después la niña quedaba doblemente huérfana, al fallecer su virtuosa madre. Mas, con anterioridad, ésta la había confiado a su hija mayor, casada entonces con el Capitán Cosme de Casso. Este joven matrimonio ya tenía tres hijas más o menos de la edad de Mariana, a quienes les dio la más esmerada formación. De una inteligencia muy viva y despierta, Marianita aprendía con facilidad todo cuanto le enseñaban, pero sobresaliendo principalmente en música y canto. Dotada de una bonita voz, sin embargo sólo quería utilizarla para entonar cánticos religiosos y alabanzas a Dios.

De una piedad precoz, organizaba con sus sobrinas de la misma edad procesiones, el Via Crucis, y rezaban juntas el Rosario. Sin embargo, la piedad de Mariana iba más allá. Desde los seis años, por penitencia, dejó de comer carne, pescado y lácteos. Se disciplinaba con hojas de ortiga, y una vez su hermana mayor descubrió que ella usaba un cilicio de ásperas hojas.

Un día en que las cuatro niñas jugaban en un determinado lugar de la huerta, súbitamente Mariana hizo que sus jóvenes sobrinas saliesen rápidamente. Apenas lo habían hecho, una pared se desmoronó exactamente donde ellas se encontraban.

La hermana y el cuñado, viendo que ella tenía una piedad muy por encima de su edad, intentaron conseguir que hiciese la Primera Comunión a los siete años, cuando la costumbre era entonces a los 12. Un jesuita llamado para examinarla se sorprendió con la madurez de la niña y lo aventajada que estaba en la vía de la virtud. Le dio la Primera Comunión y pasó a dirigirla espiritualmente. Fue entonces cuando ella añadió a su nombre el “de Jesús”, para mostrar que sólo a Él pertenecía. E, iluminada por una luz interior, hizo voto de castidad perpetua.

Inflamada por el amor a Dios, Marianita quería que todos participasen de su ardor. Le nació así el deseo de evangelizar a los indios Mainas, y convenció a sus sobrinas para seguirla en esa empresa. Había ya conseguido la llave de la casa para salir durante la noche, pero, contra su costumbre, se durmió hasta la mañana siguiente, y el plan fracasó.

Pensó entonces en ser eremita,  junto a un oratorio abandonado en el cerro Pichincha, erigido otrora a Nuestra Señora para que preserve a la ciudad de las erupciones de este volcán. Pero, estando ya en camino, fueron detenidas por un toro que obstinadamente les impidió el paso.

Fachada de la bella iglesia de la Compañía de Quito, en estilo jesuítico (grabado del siglo XIX)

Cuando Mariana cumplió 12 años, su cuñado y su hermana, viendo el trabajo que la gracia operaba en la niña, quisieron enviarla a un convento donde pudiese desarrollar todas las inclinaciones de su alma. Ella escogió el de las franciscanas. Por dos veces, estando el ajuar listo y, como era costumbre en la época, los parientes convidados para acompañarla, circunstancias imprevistas impidieron la realización del plan. Mariana entonces comunicó a su confesor que Dios le revelara que la quería viviendo recogida, pero en el mundo. El confesor habló con sus responsables, que concordaron en eso.

Más aún —y esto muestra un aspecto de aquella época de fe—, el matrimonio separó tres ambientes de la casa para que la adolescente llevara su vida de reclusión. ¡Ello a la edad de 12 años! Y amueblaron los aposentos de acuerdo con la posición de la familia. Mariana, sin embargo, hizo retirar los muebles y amobló los aposentos a su modo: un lecho con tablas de madera por colchón, una cruz cubierta de espinas, un cajón de difunto con un esqueleto de madera y una calavera. Una de las salas fue transformada en capilla, colocando ella misma en el altar las imágenes del Niño Jesús y de la Virgen María. Mariana adoptó entonces una túnica negra del mismo tejido que la sotana de los jesuitas, con una faja a la cintura y la cabeza cubierta por un velo de lana también negro.

Después de encerrarse en los nuevos aposentos, renovó el voto de castidad e hizo los votos particulares de obediencia y pobreza. No salía sino para ir a la iglesia y —a fin de practicar la humildad y mortificación— atender la mesa familiar. Mas no comía los delicados platos que eran servidos, sino que daba su parte a los pobres, contentándose con agua y un pedazo de pan. Algunas veces pasaba días sólo con la Sagrada Eucaristía.

Mariana no dormía sino tres horas por noche, siendo que los viernes dormía en el cajón.

Se levantaba a las cuatro de la mañana, tomaba larga disciplina, y después hacía meditación y recitaba parte del Oficio Divino. Se dirigía entonces a la iglesia para confesarse y asistir a Misa. Muy devota de las almas del Purgatorio, se dedicaba diariamente, de las 8 a las 9 de la mañana, a ganar indulgencias a favor de ellas. Recitaba después el rosario, haciendo enseguida algún trabajo manual en favor de los pobres. Servía entonces el almuerzo a la familia, y, regresando a sus aposentos, recitaba Vísperas y hacía su examen de conciencia. Trabajaba de nuevo hasta las 17 horas, cuando hacía su lectura espiritual y después rezaba Completas. De las 18 horas hasta la una de la mañana se ocupaba de cosas diversas, en general hacía otra meditación y lectura de vida de santos.

Su amor a los pobres no tenía límites. Como no poseía nada personal, pidió permiso a su cuñado para darles limosna con víveres de la casa. Y lo hacía generosamente. Pero como Dios no se deja vencer en generosidad, en la medida en que Mariana daba a los pobres, Él aumentaba las provisiones de la familia.

Claro está que una vida tan penitente y el ayuno casi continuo de Mariana la dejaron muy débil y macilenta. Esto atrajo el elogio del pueblo menudo, que veía en ella a una santa. Suplicó entonces a Nuestro Señor que le cambiase la apariencia, para evitar tales comentarios. Y realmente quedó con un aspecto saludable, rostro colorado, lo que no llevaba a suponer la severidad de sus penitencias. Éstas, sin embargo, no le quitaban la alegría, que ella demostraba tocando su guitarra y cantando para consolar y distraer a los infelices.

Además de las penitencias procuradas, Mariana quería sufrir aún más por amor a Dios. Recibió entonces como dádiva diversas molestias dolorosas, lo que la obligaba a ser sangrada muchas veces. Una empleada cogía esa sangre y la arrojaba en un hueco en el jardín, donde  permanecía roja como si estuviese fresca. Después de su muerte, en él brotó un lirio de admirable belleza. Mariana, a causa de la fiebre alta, era frecuentemente devorada por la sed; pero, para imitar al Divino Maestro, que tuvo sed en la Cruz, pasaba a veces hasta 15 días sin beber.

Persecución diabólica, profecías, milagros y resurrecciones

A esos sufrimientos se sumaron las persecuciones del demonio, que quería llevarla algunas veces al desánimo, otras a la desesperación.

Mariana de Jesús hizo diversas profecías, que se realizaron tal como ella había predicho. Por ejemplo, que la casa de su cuñado sería transformada en convento, y que el lugar de su alojamiento sería el coro de las religiosas. En efecto, más tarde las carmelitas descalzas allí se establecieron.

A los pies de Nuestra Señora de Loreto se venera la imagen de Santa Mariana de Jesús, en la iglesia quiteña de la Compañía

La Sierva de Dios recibió el don de hacer milagros, entre los cuales se refieren dos resurrecciones. Su sobrina Juana, por ocasión de un viaje, le confió a su pequeña hija. Un día en que la niña jugaba cerca de unas mulas, una de éstas le dio una coz en la cabeza, fracturándosela mortalmente.

Mariana hizo que la llevasen a su celda y rezó sobre ella, restituyéndole la vida.

Otro caso sucedió con la mujer de un indio, empleado de la familia. Suponiendo él,  injustamente, que su mujer le era infiel, la arrastró hacia el bosque, golpeándola salvajemente, la estranguló y arrojó el cuerpo en un precipicio. Todo esto lo vio Mariana milagrosamente. Llamó a un comerciante amigo de la familia y le pidió en secreto que fuese a buscar el cuerpo y lo trajese sigilosamente para su celda. Teniéndolo junto a sí, comenzó a frotarlo con pétalos de rosa. Inmediatamente la india volvió a la vida. Después reveló que, en medio de su suplicio, vio a Mariana diciéndole que tuviese valor.

Ofreciéndose como víctima, salvó a Quito del terremoto y de la peste

En 1645, una terrible epidemia se abatió sobre Quito, haciendo innumerables víctimas, al mismo tiempo que ocurrían terribles temblores de tierra. El día 25 de marzo, asistiendo a Misa, Mariana oyó a su confesor referirse, durante el sermón, a la necesidad de aplacar la cólera de Dios con sacrificios y penitencias. Movida por el Divino Espíritu Santo, hizo el ofrecimiento de su vida por la población de la ciudad.

Al día siguiente, fue atacada por diversas enfermedades, al mismo tiempo en que cesaban los temblores y la peste. Pero la población quedó consternada al tomar conocimiento del estado de salud desconsolador en que se encontraba aquella que veneraban como santa. Todos querían verla, tocarla, informarse de su estado. Pero sólo el Obispo fue admitido.

Mariana recibió los últimos Sacramentos con verdadera alegría, y quiso recibir la Comunión de rodillas, a pesar de la debilidad en que se encontraba. Para morir sin nada suyo, pidió para ser transportada al cuarto de su sobrina, a fin de morir en cama prestada.

El día 26 de mayo de 1645, a los 26 años, aquella que era llamada, en vida, la azucena de Quito entregó su alma a Dios. De inmediato una multitud acudió a venerar su sagrado cuerpo y obtener alguna reliquia.

Mariana de Jesús Paredes y Flores fue beatificada por Pío IX en 1850 y canonizada, 100 años después, por Pío XII.     


Obras Consultadas.-





  




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